Caminos Cruzados

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Álvarez había nacido en Buenos Aires un 9 de enero de 1927. Pertenecía a una familia acaudalada, su padre era el español Saturnino Álvarez y su madre (nacida en éstas tierras) Ana María Perdriel. A pesar de nacer a dos cuadras del Observatorio del Parque Centenario, jamás observó las estrellas, tampoco se mudó  de barrio en toda su vida.

 

De Camargo se sabía muy poco, hasta sus conocidos más íntimos lo llamaban “Camargo” a secas y era como su marca registrada; nunca se escuchó que nadie lo tratara por su nombre de pila o por un sobrenombre que denotara un acercamiento familiar, siempre el rasgo que lo caracterizara era la distancia notoria que interponía entre él y los otros, aunque es justo decirlo, también era conocido por el respeto y la admiración que tenían por él, los jóvenes del arrabal. Su figura inconfundible; su cara angulosa como cortada a hachazos; su aparente rispidez con la que intentaba ocultar una ternura y sensibilidad especial. Desde muy chico se crió en el Parque, ya que para él, era como el patio trasero de su casa; hasta hoy puede leerse en un viejo árbol grabada una letra “C”,mayúscula, gótica , que según cuentan los que saben, allí era donde pasaba largas horas bajo su sombra y delimitaba su territorio. 

 

De Álvarez se conocía su bellísimo carácter, según decía De Vedia: “que tenía un talento epigramático sin amargura y que derramaba en sus escritos toda la savia exuberante de su juventud”. Álvarez había abrevado desde su tierna niñez en los pensamientos del Mahatma Gandhi y dicen que fue el fundamento basal de su carrera, por eso nadie creía que justamente él, joven culto y brillante, pudiese haber comenzado y hasta tal extremo, una rivalidad proverbial con Camargo y, con un final por todos vislumbrado; el barrio entero conocía el posible desenlace cruel e innecesario.

 

Una vecina que vivía en la casa que daba a los fondos, lindera con la de la familia Camargo, había aportado la noticia: ella en una oportunidad, lo escuchó suspirar por la hija del General Eustaquio Frías, una chiquilla rubia con trenzas de oro y ojos color de tiempo, que concurría al mismo colegio de los jóvenes en cuestión;  ella comentaba, que el entredicho nacía de la competencia por haberse enamorado de la misma persona, aunque en realidad otro vecino opinaba que ni siquiera, Vera Frías, se habría enterado de los ardorosos amores despertados.

 

Los memoriosos conocían de la existencia de un tal Gallardo que una vez se cruzó en la vida de Vera, aunque después quedase prendado de “La Ibarbourou“, otra de las gringas de la cuadra; el problema no era por falta de buenas mozas sino que cuando alguno se empecinaba…y era vox populi, que Camargo se había enamorado perdidamente de Vera Frías, y cuando Gallardo le contase de las virtudes y hermosuras de la muchacha ardió en celos y terminó distanciándose para siempre. Aunque Vera y Camargo tenían caminos paralelos o sueños similares, Corrientes de divergencias los distanciaban.

 

Álvarez aparentaba no importarle los dimes y diretes del vecindario, porque se sabía ganador, pese a Camargo o hasta el mismísimo Gallardo, esperaba confiado el día y la hora cuando por fin se encontraría con Vera, para siempre.

 

A veces los hombres proyectan pero el destino se cruza intempestivamente y tuerce el ritmo de la historia.

 

Aquello tan temido ocurrió en un frío día, rarísimo de otoño. Las hojas amarillas alfombraban las calles de este particular barrio y cansinos los pies de los transeúntes arrastraban soledades por sus calles. La trémula luz amarillenta de la esquina ambientaba la escena y el encuentro tan esperado sucedió como una tromba (como cuando se descarga la lluvia torrencial y los cuerpos sienten la liberación de tanta energía acumulada) las miradas se cruzaron esquivas, los silencios se hicieron voces, sonidos ahogados, a esas altas horas y el brillo de las facas, alumbro mortalmente la esquina trasnochada.

 

Fue un relámpago cegador seguido del trastabillar de las piernas de Camargo.

 

—Me ventajeó el muy hijo de puta — se le oyó decir, y cayéndose frente a la entrada de una casa pudo asirse de la cara del león tallado en la puerta de madera, mortalmente herido siguió, como podía, alargando sus pasos cuadra a cuadra, hasta que por fin tumbado sobre Humbolt miró por última vez el cielo de la Chacarita y le pareció oír lejano el sordo griterío de la hinchada de Atlanta. Sobre sus huesos caían las cenizas del crematorio.

 

De Álvarez se supo más tarde que sus pasos esquivos no pudieron eludir la cárcel de Las Heras y ese fue el final de su promisoria carrera, como los sueños de tantos que se estrellaron frente a sus muros.

 

            Hasta hoy puede verse circunstancialmente, a algún hombre mayor que al pasar frente al viejo árbol del Parque Centenario, lleve su mano al sombrero y salude respetuoso a los recuerdos de su niñez que aún continúan jugando a las escondidas.

 

La Vida por Perón

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

 

Se había levantado temprano. Para bañarse, tendría que calentar agua en la olla chica luego mezclarla con fría en el fuentón de plástico e irse tirando con el jarrito de aluminio, después calculaba unos minutos más, para el peinado y un discreto maquillaje. Eligió de su placard el tapado marrón con botones de carey, una chalina al cuello (por el frío del descampado). Combinó sus zapatos de tacos de cinco centímetros (para estar cómoda) con  medias de nylon negras; se había puesto lo mejor que tenía, la misma ropa que usó para el bautismo de su nieto.

 

Acostumbraba a tomar mate todas las mañanas, pero lo suspendió por si le daban ganas de ir al baño; temía por la duración del acto. Comió un sacramento, se tentó con pan y manteca con azúcar, recordó cómo le gustaba a su nieto, ella le preparaba el desayuno cuando lo tenía de visita.

 

Buscó la cartera negra, comprobó que tenía su pañuelo de mano, revisó el monedero por algo de plata, (para comprar al medio día ya que no le pareció correcto llevar una vianda), se miró en el espejo y en silencio se santiguó frente a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, pidió la protección divina y recordó la oración que le enseñara su madre: Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares, ni de noche ni de día. Anunció al resto de la familia que se iba. Salieron a despedirle en la puerta, como a un personaje importante.

 

El tiempo de las oportunidades había llegado.

 

El coordinador de su grupo le había prometido estar en “El Palco”. Estaba invitada y para ella era un gran honor. Un ómnibus escolar desde Esteban De Luca y Boulogne Sur Mer los llevaría hasta Ezeiza y los vecinos llegaron presurosos a tomar sus asientos, colgaron  banderas Argentinas y del Partido Justicialista en las ventanas del micro; llevaban un bombo, redoblante y una matraca gigante de madera, que aunque mucha gracia no le hizo al coordinador del grupo, éste consintió dado el fervor de los jóvenes que la portaban.

 

Luego de que los últimos rezagados habían llegado  y estaban todos preparados, el coordinador, con la mejor voz de mando, dijo:

—¡Estamos todos, compañeros, chofer en marcha!

—¡Viva la Patria!, gritó y todos respondieron con un ¡Viva! Que les nacía del alma

—¡Los muchachos Peronistas… todos unidos triunfaremos!…cantaban ilusionados.

 

En la avenida se unieron a una larga caravana de autos, colectivos, motos, bicicletas, a un pueblo embanderado de celeste y blanco. Pero era imposible avanzar. Cuando llegaron a la autopista Richeri, ya estaba cortada por la policía. No dejaban pasar ningún vehículo, desde allí tenían que bajar e ir caminando. Impresionaba la cantidad de miles de personas que marchaban hacia Ezeiza. Un joven, vecino de la unidad básica, encabezaba la columna con la bandera Argentina haciéndola flamear y dando unos pequeños pasos acompasados, quizás aprendidos en la murga del barrio.

 

Los tacos, la cartera, el tapado, todo se había transformado en una molestia, pero el entusiasmo de los chicos, la contagiaba. “Es un día histórico” decían por los altavoces. Querían llegar al palco desde donde verían toda la fiesta, pero a medida que se acercaban comprendieron que era imposible seguir avanzando, tuvieron que conformarse con estar en una lomada ¡apretados, pero felices!, entre miles de personas.

 

 —¡Si me viera el Tito!, pensó la Negra,  su marido fue en vida un militante del Partido Radical. Siendo obrero de una fábrica, se negó a participar en la colecta para la corona, cuando murió Eva Perón; el gremio gestionó ante los patrones y logró que lo  despidiesen. Había quedado marcado para siempre y tuvo que inventarse changas, aprender el oficio de electricista, revender en las ferias municipales artículos de segunda selección de una fábrica de platos, coimeando a los inspectores, o armado de un caballete y una tabla, en plaza Flores, vender trompos de plásticos, toda una novedad, en esos días. Ella había trabajado desde joven en una fábrica de alfajores y los patrones nunca aportaron a la caja previsional; ahora con los años vivía, a duras penas, con la pensión de su marido. En la Unidad Básica le habían prometido gestionar una jubilación y otorgar un crédito para terminar de construir “la casa digna” que siempre soñó: un cuarto para el nieto (para que se quede a dormir), con un patio lleno de flores, “el Poroto” su perro y” Mínu” el gato.

 

 

Desde donde se acomodaron sólo veían un mar de cabezas y banderas, ellos pensaron que junto a unos árboles tendrían mejor vista y buena sombra. Dirigidos por el coordinador, con el joven de la bandera, haciendo punta, se fueron acercando con muchísimo trabajo, envueltos en el fervor popular.. Llegaba el momento del retorno del “Gran Conductor” y comenzaría una nueva Argentina, con esperanzas, con justicia para los pobres como ella. Pasaron horas mirando al cielo, inútilmente.

 

—¡Viva Perón, carajo! Gritaban unos, —¡Perón, Evita: la Patria Socialista! Respondían otros y avanzaban, avanzaban, avanzaban.

 

Eran miles de jóvenes que empujaban la historia.

 

Cuando se escucharon los primeros disparos, el grito ensordecedor, las corridas y el desbande…creyó estar en medio de una pesadilla. La Negra no entendía lo que pasaba, ella sentía que no tenía nada que ver con todo eso. Corrieron todos hacia los árboles, a su lado, el muchacho de la bandera, se desplomó muerto, alcanzado por un balazo. Tirada en el piso, la Negra, se cubrió la cabeza con el tapado marrón.

 

Y llorando rezaba… por su nieto, por su hijo, por su vida, por la Argentina, comiéndose las lágrimas y mordiéndose la boca de amargura; de un terrible cachetazo la habían bajado a la realidad…

Mi Prima

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

 

Ella giraba sobre sus pies, sonriendo, moviendo la cabeza al ritmo de la música, jamás bailaba con ningún hombre, pero soñaba con el príncipe del cuento, danzaba en puntas de pie, queriendo alcanzar el cielo, mareando al sol con tantas vueltas, feliz, llena de luz, reía con enormes carcajadas que retumbaban en toda la casa.

Desde la habitación de los varones,  la escuchaba embobado, pero en esa risa intuía algo extraño, nunca había oído una risotada tan potente, tan fresca.

 

Tenía diez años y no comprendía del todo lo que sucedía.

 

Mi prima Lucía era el ángel que iluminaba nuestra casa. Le gustaba usar pollera larga con la blusa eslava de bordados rojos que le regalara la tía de Pigué. Un pequeño delantal con puntillas en macramé natural, las mangas levantadas, el brazalete dorado a mitad del brazo, haciendo sonar los dedos como castañuelas endemoniadas.

Yo la adoraba, quería estar a su lado, cruzarme en su camino, pero ella ni siquiera me miraba, no me dirigía la palabra a no ser para insultarme: “a ver el bebito” o “mariquita de mamá”. Nunca entendí como podía despreciarme y hacerme sentir tan mal.

 

Los árboles de mora eran un límite natural entre el campo y el pequeño casco familiar. Por la ventana de la cocina que daba a la huerta, se veía, el ir y venir de los peones que continuaban habitualmente con sus tareas hasta el atardecer. La hora de la siesta era obligatoria en la casa. Eran tardes calurosas donde algún diablo merodeaba en el jardín o se escondía entre las sábanas calientes.

 

Cómo era el mas pequeño de los primos, tardé en darme cuenta de la febril actividad, cuando se daba por sentado, que “no pasaba nada”. Fue en una de esas siestas que conocí “el pecado”. Sabía de las escapadas de mi primo Ricardo, el mayor, de dieciocho años, pero pensaba que tenía un permiso especial dado por el abuelo, por lo menos eso fue lo que dijo un día; con despótica autoridad me hizo jurar que guardaría silencio de sus fugas, bajo un pacto, que de romperse recibiría un castigo divino: me tendrían apretada la cabeza por el resto de mi vida sin permitirme crecer nunca jamás.

 

 Pero en una de esas salidas, tuvo tanta mala suerte que  cuando volvía con olor a cigarrillo, se cruzó en medio del patio, justo cuando el abuelo salía del cuarto de la muchacha. Quedó castigado sin postres ni permisos especiales por varias semanas.

 

Abiertos mis ojos a una realidad que desconocía, comencé a investigar, descubriendo que disimulaban tantas cosas… nadie en la casa mantenía quietos sus colchones. Los otros primos, tíos, hermanos, padres y hasta el mismísimo abuelo, solían desaparecer en el granero, perderse en el campo, en las moras o hasta volver dos días después con el típico olor a rancio de aguardiente de pueblo de campo.

 

Yo también fui tomando ciertas libertades impulsado por mis deseos de aventuras. El primer acontecimiento memorable fue robar la llave para asaltar la despensa, lugar celosamente guardado, contenía toda la factura que se había elaborado durante el año. El abuelo colgaba orgulloso de sus ganchos: chorizos, salames picado grueso, jamón crudo, quesos con pimienta (alineados prolijamente) cuidados por la nona; la vieja italiana traía de sus tierras el secreto de darles un inconfundible sabor especial, propio de la familia Migale.

También estaban los dulces caseros de higo, durazno, membrillo, y tomate. Pero además de esos tesoros, se almacenaban otros, comprados por mayor, que a mi me quitaban el sueño. Uno era: la lata de “Dulce de Batata”, una lata redonda, grande, brillante, con almíbar liquido, dulce, como mis recuerdos. Y en una siesta, me deslicé sigiloso, abrí la cerradura y escapé con el precioso cargamento a mí cuarto, cinco kilos del mejor dulce de batata de mi vida, temblé dos días seguidos antes de animarme a abrirlo y me contuve con mucho esfuerzo de contarlo a mis primos, era lo único que había hecho solo en mi vida.

 

Abrirla fue un duro trabajo, gracias a un abrelatas que conseguí en la cocina, a duras penas y sin la ayuda de nadie, como pude, a los tirones, logré sacar su preciado contenido. Me comí todo su contenido en varias siestas, aunque creo que por “castigo divino”, quedé empalagado para siempre con su sabor. El problema después fue hacer desaparecer la lata, prueba del delito. Mi abuela usaba las vacías para hacer unas riquísimas tortas caseras, éramos tantos, que horneaba una apreciable cantidad, pero no podía llevar mi lata a la cocina y decidí tirarla en el pozo de  basura.

 

Pasando por el gallinero, tuve la peregrina idea de convertirla en bebedero para transformar “mi pecado” en una “buena acción” y las batarazas pudieran tener agua fresca. Disimulé la lata arrimándole tierra, para tapar su reluciente color dorado, cuando consideré que había quedado perfecta me retiré con la alegría de la tarea realizada. Nadie se dio cuenta al principio, si no fuera porque el gallo apareció muerto degollado, el mismo día apareció una ponedora con idénticas características de saña y horror, degollada, pero no del todo, dado que se la vio saltando con el cogote abierto, perdiendo chorros de sangre a borbotones, la cresta ladeada, jadeando, a los tumbos, hasta que cayó a los mismísimos pies de la nona…Fue la gota que rebalsó el vaso, ahí constataron horrorizados que una de las famosas ponedoras del gallinero, despatarrada en el mismo bebedero que yo había disimulado; había cortado tan mal la tapa, que terminó siendo una trampa para degollar gallinas, hecho luctuoso que hizo que el abuelo comenzara una profunda pesquisa en toda la comarca para dar con el asesino serial. 

 

Vi mi muerte reflejada en la mirada del abuelo, habiendo descartado a todos, solo podíamos ser: el gato de la casa, que guardaba un odio acérrimo al gallo, nunca lo dejó pasar cerca del gallinero, o yo.

Cuando el dedo del abuelo me apuntó directamente, quería hundirme en la tierra, ni los cielos se conmovieron por mi miseria, seguramente dada la corta edad, inexperiencia o mi deseo de desaparecer lo antes posible, grité y salí corriendo.

 

Sentí el primer alpargatazo en medio de la columna cuando trataba de escapar hacia la casa, el tano tenía las piernas más largas que las mías y el trabajo riguroso lo mantenía en un excelente estado físico; la segunda, me pasó volando cerca de la oreja derecha.

 

En medio del griterío generalizado, apareció mi prima Lucía, que creía que venían por ella. Subiéndose la bombacha, trataba inútilmente de esconder a alguien que se lanzó ágil hacia los fondos atravesando el campo.

El abuelo estaba rojo sangre, sacó una cachetada con toda su mano de chacarero que me obligó a cerrar los ojos y tirarme para atrás.

 

Por arriba mío, resonó como un trueno en medio de la pampa, sobre la cara de mi prima.

 

Me pasaron corriendo mi abuela, mis tías, mis primos, queriendo alcanzar a Lucía, que llorando, escapaba detrás del mozo.

 

En cuanto pude, corrí a escudarme en el árbol de mora y quedé quieto, como un pájaro dormido. Cuando vi que el peligro se había desvanecido me puse a comer moras, sólo, tranquilo, sonriendo…

 

Fue la primera vez en mi vida que conocí el dulce sabor de la venganza.

Té de Hierbas

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

La cocina era “su lugar en el mundo”, desde allí contemplaba un flamboyán, el árbol del amor, que había traído su padre de Cuba. Encontró en un libro las indicaciones necesarias, después de leerlas y memorizarlas, arrancó las hojas y las quemó en el fuego de la chimenea; suspiró aliviada. Ocultó el libro entre otros que tenía en la sala, junto al amplio ventanal. Miraba silenciosa la procesión de nubes que viajaban por sus cielos.

 

El ritual del mate compartido con su marido comenzaba temprano; Marcela conocía el secreto de una buena cebadora: el agua a punto y la preparación de la yerba más unas hojitas de hierbabuena y otras mezclas, que le había recomendado Juan el señor de la herboristería.

 

Cuando la idea comenzaba a nacer en su corazón, creyó que Juan (hombre muy amable y generalmente deseoso de entablar con ella largas charlas) sería el nexo necesario para implementar su objetivo. Generalmente con la excusa del mate, las hierbas y sus aplicaciones terapéuticas le pedía recomendaciones para cuidar la salud de toda la familia. Para su suegra le recomendó te de tilo(tilia tomentosa) para los nervios; para una prima que solía tener acidez estomacal:  Aloe (aloe vera); para el perro, un caniche mini toys,  que le habían regalado por el mal carácter: Lavanda (lavanda angustifolia).

 

La amistad entre los dos fue creciendo y un día Marcela se animó a solicitarle algo para la virilidad de su marido, Juan intuyo que ella le abría su corazón de mujer insatisfecha y aunque le recomendó pastillas con Guaraná (que además le harían quemar grasas) aumentó su deseo de intimar susurrándole al oído consejos y palabras halagüeñas. Las risitas cómplices y picarescas de Marcela aceleraron el desenlace, pronto Juan la invitaría después de que cerrase el local a almorzar y podrían hablar tranquilos de los verdaderos remedios que ambos necesitaban.

 

Así como caen las frutas maduras de un árbol cargado de verano, así también cayeron lágrimas de los ojos celestes de ella y él entendió la gravedad, los miedos y las inseguridades de una mujer indefensa ante un hombre avaro, cruel y violento en extremo.

 

Esa misma tarde Juan decidió ayudar a la mujer dulce de tiernos encantos secretos, que había conocido en la trastienda. Como quien se despierta de un sueño, Juan fue el que propuso un método para librarse de aquello que los trababa. Lo suyo se revistió de gesta de emancipación heroica, tomó partido por la débil y ayudó con sus conocimientos profesionales a preparar el campo de batalla desde donde alcanzarían juntos la libertad de Marcela y su corazón.

 

Durante ese mes, muy ocasionalmente se acercó al local o fue acompañada de alguna prima, siempre dispuesta a una charla inocente. Juan hablaba en silencio por sus ojos, sentía la brutalidad y el odio a ese esposo maligno que se interponía entre ellos. Marcela, cuando pudo al fin enterarse de lo tramado por Juan, no pudo ocultar su alegría y lo abrazó por unos segundos, rozando con sus labios húmedos la oreja izquierda, como en un descuido sin premeditación.

 

Cuando llegó la semana siguiente, fue con su tía a buscar un te de tilo. Juan le entregó un envase (muy discreto)  de rejalgar (una combinación de arsénico y azufre)

 

(debe rayarlo con su uña —le dijo— por lo bajo). Cuando le daba el vuelto por la compra del Tilo, le susurró

 

—muy poquito, con sumo cuidado.

La tía de Marcela no sospechó nada, creyó que todo el tiempo se había hablado de su té.  El plan empezó a dar pequeños pasos, pero estos iban dirigidos hacia un abismo.

Los otros encuentros fueron mínimos, siempre la discreción y el sumo cuidado de los complotados ante cualquier sospecha por la proximidad de algún vecino o amigo del esposo.

 

Juan bordeaba ya los sesenta años, durante más de veinticinco había estado con su mujer entre noviazgo y casamiento, y desde hacía tres, viviendo su viudez como algo natural. Prácticamente era un monje encerrado en su herboristería, su campo y la casa del pueblo donde apenas iba  a dormir y donde se notaba además, la ausencia de una mano femenina a su lado.

 

—la cama está siempre fría— le decía a sus pocos amigos de otros tiempos.

 

El haber conocido a Marcela, una joven mujer, había despertado todas sus ansias vitales adormecidas. Los días de la semana le parecían eternos y esperaba los jueves (como habían acordado) con una incontrolable ansiedad. Apenas ella entraba a su tienda, si estaba acompañado por alguien, preguntaba:

 

—¿cómo anda su marido?

 

Se interesaba por los riñones y si había tomado el te de barba de choclo que le había recomendado, arqueando sutilmente las cejas. Marcela parecía fría, distante y silenciosa. Cuando muy ocasionalmente llegaba sola se mostraba compungida. con una lágrima siempre atenta a desatar una tormenta de llantos en sus ojos celestes. A Juan, esas lágrimas lo conmovían. Al cabo de un mes le cambió el envase por otro con un contenido de color gris y brillo metálico (As 33), ella no pregunto que contenía el envase pero agradeció con una caída de ojos y un suspiro que le perforó el corazón.

 

—Usted no puede seguir viviendo en ese infierno Marcela —había dicho Juan— y tomándole de las manos, sintió el temblor de ella, la miro y le pidió jugarse por su libertad y por su amor.

 

—No se ofenda, pero vendí el campo por muy buena plata, tengo el local y la casa apalabrada y si usted quiere la espero en Buenos Aires para comenzar una nueva vida—.

 

Ella volvió a llorar y a sonreír al mismo tiempo y salió presurosa, era la hora del mate de su marido y no quería dejar de dárselo ahora que él ya no se sentía muy bien.

Ante de los dos meses ya viuda, se mudó a Buenos Aires y prometió a sus amigas mantenerse comunicada.

 

.—No, no se ciertamente si vivir en la casa de mi tía o con  mi madrina. —les escribo.

 

Buenos Aires es una ciudad inmensa, cientos de personas transitan por sus calles. Juan se encontró como lo habían planeado con Marcela en la confitería “Las Violetas” tomaron un te con masas y a los pocos días compartían una casa en el barrio de Belgrano con una hermosa vista al río. En muy poco tiempo viajaron, recorrieron Europa y giraron sus bienes a nombre de los dos a Paris en un Banco de la rue Fontainebleau.

 

En los primeros dos meses de luna de miel visitaron ciudades hermosas, ella estaba fascinada, se lucía en bailes de hoteles y fiestas, cumplía sus sueños de princesa, había rejuvenecido y brillaba con luz propia.

Juan comenzó a sentirse cansado de tanta vida social pero no perdió la costumbre pueblerina de tomar mate todos los días, mientras Marcela cebaba, le sonreía y sus ojos azules se iluminaban.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sueños Posibles

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

 

Tomó la copa en sus manos, los dedos se entrelazaron sintiendo todavía el calor de su contenido, escuchó muy por detrás y por arriba de su cabeza, una voz que le indicaba que sólo debía olerlo, e inspiró tan profundamente que sus ojos acompañaron el esfuerzo centrándose en si mismo, le pareció que su nariz apuntaba al Ganges y su cuerpo al Himalaya.

 

En segundos, todo desapareció delante suyo, los párpados trasmitieron una oscuridad profunda, un fuerte aroma despertó a nuevos amaneceres, tierras vírgenes subtropicales y un suave temblor generalizado que nacía en su cuello y se trasmitía por la columna vertebral con la rapidez de un rayo. Aunque la copa le fuese arrebatada, sus manos ardían. Por las ventanas abiertas a la percepción de su olfato, ascendía un olor que no reconocía y que tampoco deseó decodificar, porque, extrañamente, le parecía que, en ese instante, él mismo, era el analizado por otros seres.

 

 Luego recordaría que olía a maderas perfumadas de oriente, a granos molidos que la Madre Tierra otorgaba a los más selectos druidas, siguiendo antiguas tradiciones que, algunos elegidos recibían de los maestros, en un bosque oculto a ojos humanos, desde tiempos inmemoriales.

 

Trás las arenas de los lugares más alejados del planeta, de sorprendentes colores, con que las hadas cubrían sus alas, en un segundo plano, surgían selvas concéntricas impenetrables, a las que era imposible resistirse, enormes paredes tornaban verdes los sueños y las vidas. Mundos de casas de flores, con sabor a tarta de chocolate, coronadas con grosellas frescas y aroma a azúcar quemada.

 

Todavía sin abrir los ojos, vio el polvo de las estrellas suspendidas en el tiempo.

 

Muy por detrás de la escena cotidiana, estaba la vía Láctea, en ciertas horas abierta como puerta mágica, por donde descendían  los dioses a pasear por la tierra rodeados de elfos, duendes, trols y hadas, que son los seres guardianes de la naturaleza.

 

Caminaban por el bosque y se mojaban los pies en la vertiente de la montaña.

 

Recordaba el color de tus cabellos y el brillo de tus ojos, cuando al fin se despabiló satisfecho. Su mente no dejaba de preguntarse por razones innecesarias, que atormentaron los sueños de aquellos que obtuvieron ésta copa con manos impuras. La llave para entender los secretos ignotos estaba suspendida ante la vista de todos, pero nadie lograba verla, aunque la estuviesen mirando, porque no podían comprender, si no se les había revelado “el camino”.

 

Cuando pudo abrir los ojos y entender, se dio cuenta de que nada había cambiado, miró a su alrededor con atención, el gato todavía seguía lamiéndose la pata. Estaba conciente de que, por unos segundos terráqueos, había tenido una conexión entre la realidad cotidiana y otra dimensión.

 

Volvió a tomar la copa, a cerrar los ojos, a inclinar la cabeza, volvió a sentir que sus dedos se entrelazaban y podían sentir el calor de su bebida, pero la copa había vuelto a ser pocillo y el soma de los dioses, el elixir de la eterna juventud, un buen café de Colombia.. Los aromas celestiales provenían de su efusión. Los dioses habían retornado a sus palacios

 

 Simplemente un mortal, perseguido por tus ojos negros, profundos, y el punto rojo pintado en tu frente.

 

Un hombre de sueños, fumando en su pipa de agua.

Una hoja en otoño

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

 

Me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez.

JAN CARLOS ONETTI

 

 

Supe del fuego antes que el fuego mismo. Estaba sobrevolando mi casa y vi las llamas rojas-naranjas sobre los techos a dos cuadras de mi cuarto, la columna de humo invadía el vecindario y fue entonces que llegaron los bomberos haciendo sonar su peculiar sirena. Recién ahí tuve conciencia de la tragedia, pero ¿cómo iba a explicarte que lo acababa de ver desde más arriba que el techo de mi casa antes de que pasase? En una simultaneidad que no dejaba de asombrarme, pero te juro que yo lo vi estando aún en la cama con los ojos cerrados, tratando de despertarme, antes que te fueras al colegio con tus alumnos.

 

Cuando miré los ojos de Antonio y miró para el costado, pensé —este me cagó— y muy poco tiempo después me enteré que realmente le leí la mente o intuí que me sonreía y por atrás me mentía con suma delicadeza, con su sonrisa de dientes blancos y cuidados, a pesar de su investidura.

 

Sabés una cosa, pequeña niña de ojos de miel, ya todo no me parece tan raro, al contrario, creo que sigo siendo un cándido o un boludo o un volado. Estar adivinando el próximo paso es inmoral. Que yo te pare y te diga a boca de jarro, mirá, la cosa es sencilla, pero no me mientas, (aún sabiendo que vas a terminar haciéndolo) pero no porque seas una guacha de mierda, sino porque las cartas del mazo que nos tocó barajar están acomodadas así y el paso que viene dentro de la danza es que un día circunstancialmente te vayas y no vuelvas esa noche y a los dos días me entere que no querías verme destrozado.

 

Quedate tranquila, ya lo sabía, no me preguntés desde cuándo, ya lo sabía. Lo que no conozco es el día ni la hora exacta, pero sí el hecho, te vi llenando un bolso azul de Air France, te vi en Ezeiza partiendo sola y me alegré por vos, por la hermosa vida que vas a tener y porque te lo deseo de todo corazón.

 

            Please look at me y tratá de entenderme, my love.

 

            Pasé un período de oscuridad, encerrado entre cuatro paredes, sentado noche y día frente a un televisor al que no podía dejar de ver, desconecté el teléfono, anulé la ventana que daba al sudeste, a la otra le puse diarios, viejos de meses, tostados por el sol.

Hace rato, cuando estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez, cayó una pesaba venda que cubría mis ojos.

 

De repente, pude darme cuenta de todo, tomé una larga bocanada de aire, inflé los pulmones, tomé carrera y me lancé, como te lo había prometido tanta veces, por la ventana.

 

Sé que cuando te enteres vas a ir a misa y harás, a tu manera, una pequeña oración por mi eterno descanso y te lo agradezco, pero por favor no quisiera verte vestida de negro, ponete la chalina hindú de arabescos violetas que te regalé.

Y sonreí, que sos muy linda para guardar una lágrima de miel.

 

 ¿No ves que estoy volando sobre los techos de mi barrio, como una hoja de otoño?

Sr. Myers

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

 

 

El Sr. Myers mezcló los dados en un vaso de plástico y los arrojó  sobre el diario que oficiaba de mesa, como si en ello le fuera la vida. Los empujó con la vista, rodaron caprichosamente hasta que cayeron desmayados, el primero, quedó, después de rebotar dos veces, en un cuatro, el otro, siguió girando como un trompo, hasta que se dejó caer suavemente con un tres en diagonal. A Myers, se le iluminó la cara arrugada y agria; siempre había parecido agria, que nada lo satisfacía. Cerró el puño y lo levantó hacia el cielo con un ¡Vamos Carajo! que le salió del alma y resonó en el vagón trocando esperanza por certeza, desazón por alegría.

 

Cuando uno nace en un pueblo fundado a la vera de una línea de ferrocarriles, su destino queda atrapado también a las paralelas que llevan y traen todos los días los sueños pueblerinos.

 

Tomé el tren de las veinte horas, regresaba a mi casa y sabía que tendría que saludar a vecinos y amigos. Durante años, compartimos el mismo vagón, donde nos enterábamos de las noticias, noviazgos, casamientos, entierros e infidelidades, muchas veces relatadas por alguno de los protagonistas. También teníamos contadores oficiosos, como Tucho, que siempre aportaba substanciosas anécdotas y chimentos de primera mano. Pero esa noche era distinta, todos guardaban silencio y parecían conocer algo que yo no terminaba de captar. No entendía a qué jugaban con solo dos dados y tampoco sé, qué jugaron esa noche, en ese tren. No supe lo que iba a suceder hasta que todo hubo terminado, pero una frase que había escuchado al pasar, resonó en mi cabeza, Tucho había dicho:

 

 “A los viejos no les queda otra cosa que esperar…”

 

Y parece que al fin, estos dos, se habían encontrado frente a frente.

 

 

Ahora, Don Luis, era el que hacía bailar los dados entre sus manos en forma de cubilete.

Serio el hombre, soplaba infundiéndoles aliento, luego fue abriendo sus dedos dejando caer los dados,  infortunadamente, chocaron entre ellos y cayeron, sin ninguna elegancia sobre el tapete.

 

            Giraron sobre su eje una vez más y en la mitad de la otra, no les alcanzaron las fuerzas, entonces, aparecieron ante la vista de todos, un pobre par de dos que provocaron estupor en Don Luis y en los que se habían puesto de su lado.

 

La cara se le tornó amarilla, como el color de su camisa.

 

—Faltó una  media vuelta no más— dijo— y lamentaba su suerte, después, respetuosamente, pidió la revancha.

 

Como en todos los juegos, el ganador puede concederla o bajarle el pulgar a su competidor.

 

—No— le dijo Myers— aquí se terminó todo.

 

Hubo un generalizado murmullo de desprecio, al que siguió un pesado silencio.

 

Se miraron a los ojos. Don Luis, sacó de su bolsillo un papel doblado y se lo entregó.

Myers lo guardó en el suyo, sin un gesto.

 

Los participantes se retiraron, cada uno por su lado, a otro lugar.

 

Don Luis desapareció para siempre de ese vagón y de ese tren.

 

Myers se recostó en el asiento y cerró los ojos. Los hombres siguieron charlando y riendo. Las voces parecía venir de muy lejos; pronto se fundieron con los ruidos del tren.

 

Y poco a poco Myers se sintió llevado, y luego traído, por el sueño.

Está mirando…miro su ventana

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Recién despierto, me desperezo en la cama. En estos últimos días, me levanto más cansado que la noche anterior.

 

Abro las persianas metálicas, giro sobre su eje el primer postigo y luego empujo con fuerza las dos hojas sobre el gozne del marco, repito lo mismo con la otra mitad, el sol ilumina a pleno la vereda de enfrente y llena de luz  mi cuarto, tomo coraje y trato de no fijar la vista en su ventana que, a más de cien metros, en un tercer piso, aparece frente a mí.

 

Tengo la certeza de que me está mirando.

 

Durante todo el tiempo que lleva esta operación, no le muestro mi espalda, porque si tuviese un arma podría pegarme un tiro, pero estoy seguro que me apunta con su dedo. Siento su uña negra sobre mi frente.

 

El sol de le hará cubrirse los ojos con la mano, no creo que le permitan tener sus lentes ahumados.

 

El helado viento del sur me obliga a cerrar los ventanales, pero puedo observarlo tras los vidrios; acomodo rápidamente las cosas que dejé tiradas anoche antes de acostarme, enciendo la radio, me ubico en el escritorio donde hace dos semanas descansa un libro abierto en la misma página.

 

Desde que él llegó, cambió mi vida.

 

Podría tirarme a leer en la cama, pero es más fuerte que yo, quiero verlo.

Espío entre las cortinas y trato de adivinar algún movimiento extraño, agazapado detrás

de mis lentes y con el libro en la mano, me paseo frente al ventanal, disimuladamente miro el suyo.

 

Conozco perfectamente la entrada del edificio sobre la avenida Chiclana, con la excusa de pasear a mi perro Rafa, paso caminando despaciosamente  por la puerta, estudio los barrotes, el tejido de protección de cada una de las habitaciones que dan sobre la avenida, doy un rodeo. En la geografía de un barrio de casas bajas como éste, un edificio de tres pisos se destaca del resto, por eso puedo dar vuelta a la manzana y no perderlo de vista.

 

Tengo la seguridad de que su cuarto está en el contrafrente, sobre la calle Salcedo y de las seis ventanas que puedo observar, la de él es la última del tercer piso, porque es la más solitaria de todas y la única que da al vacío, con el tejido reforzado, también creo que sus paredes internas estarán cubiertas con un acolchado mullido.

 

Toda la casa debe girar sobre ese cuarto, como mis sueños.

 

Subo a la terraza a jugar con mi perro, que corre alrededor mío para quitarme uno de sus juguetes, me muerde la mano, se para en sus patas para abrazarme; le tiro una galleta bien alto y un poco atrás, de un salto, Rafa da vueltas sobre su cuerpo en el aire y cae de espaldas al piso con su precioso regalo en la boca.

 

Toda esta función es para él, que está oculto en esa ventana.

 

Pienso que no deja de mirarnos y, posiblemente, si entiende el mensaje, se le llenen los ojos de vida.

 

Se me ocurrió regalarle un libro de cuentos y llevarlo personalmente, con una tarjeta por el día del amigo, o mejor, buscar una tela blanca y pintar en aerosol rojo un mensaje para que pueda leerlo desde su cuarto:

 

“Charlie: say no more”.

 

 

Ruinas

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

No lleves ruinas en la mente.

RAY BRADBURY

 

Pensando en vos, busqué una copa, de las panzonas, de buen cristal. La repasé cuidadosamente con una servilleta de papel, mirándome en su reflejo, un poco más canoso, algún que otro surco sobre la frente, un tanto más serio que de costumbre. Fui hasta la pequeña bodega en el garage y elegí entre las opciones, un vino fresco del Valle del Tulúm, en el lado este de la Cordillera de los Andes, Provincia de San Juan.

 

Pensando en vos, mientras hacía girar el contenido en mi copa te imaginé llevando un largo vestido en rojo cereza, danzando a mi alrededor. Todavía, en mi memoria olfativa, encontraba rastros del café  que compartimos, el humo de las maderas quemándose en el hogar de la cabaña, la leña trepidante y la chimenea lanzando mensajes a las estrellas en un cielo despejado e infinito, donde nos perdíamos embelesados.

 

Pensando en vos, después de un último beso con sabor a frambuesa, un beso frutal, amable, redondo, como el vino Merlot, con cuerpo y sofisticado, que tomamos.

 

 El Merlot es un vino sencillo, fácil de catar, sabe a frutas, rosas, pimienta negra y canela.

 

Lo aprendiste muy rápido, durante esos seis meses en que hablábamos, nos reíamos y al amanecer, rendidos, dormíamos en un abrazo, hasta el sol fuerte del medio día.

 

Pensando en vos, me encontré llevando tu mochila hasta la terminal, mi mano no dejaba de balancearse estúpidamente mientras el autobús, un gigante súper pullman, te alejaba de mi cama, te raptaba hacia la capital de los desencuentros.

 

Pensando en vos, tengo las manos llenas de buenos recuerdos pero vacías, te llevaste tu sexo y se me escapó la magia de la vida, ya no te puedo cobijar, calentar tus pies, envolverte con mi poncho salteño, hoy más rojo y más negro.

 

Posiblemente, para tus jóvenes sueños, mi amor fuese una cosecha tardía.

 

Rutas Argentinas

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

                                                                          “Pero esa imagen, ¿es lo bastante clara para mí?”

                                                                                                                         

      Julio Cortazar

  

 

Se me perdió una frase dentro de un libro de páginas amarillas, una edición especialmente preparada fusionando dos o tres libros de Cortazar, para el Círculo de Lectores. Yo la había separado porque cuando estaba leyendo me golpeó el alma, son momentos que pasan, no muy seguidos, pero suceden. Cuando uno es un lector empedernido se transforma como un jugador vicioso, y hay algunos días en que te sonríe la diosa fortuna y encontrás una frase que te conmociona.

 

Hace tiempo que me dedico a coleccionarlas. Primero las recorto y luego las pego en una carpeta de frases heroicas, ¿heroicas? Claro, porque son frases que pese a quien las haya escrito tienen la audacia de saltarme a los ojos y movilizarme, no todas tienen “la verdad revelada”, las hay sencillas, humildes, insignificantes o algunas realmente sonsas.

 

Cuando comencé con la manía de juntarlas, coleccionaba sólo aquellas de grandes pensadores, pero después comprendí que ya había muchos libros llenos de esas frases y que otros las usaban, muchas veces sin decir de quien eran, a gusto y piacere, aparecían mezcladas en parlamentos largos y eruditos. Años más tarde descubrí otra que decía “vanidad de vanidades…” y esa me golpeó como un mazazo dado por un experto boxeador, entonces me decepcionaron todas las que había reunido, un día, cómo sin querer, fui a un bar del barrio de Boedo y las deje olvidadas sobre una silla.

 

Jamás volví al lugar, no sea que el mozo o el dueño me reconozcan y quieran devolvérmelas, además lo hice con toda la intención de que alguien, más necesitado que yo, las encuentre y con ellas un tesoro. Me escapé contento por mi buena acción del día.

 

Las que me ocupan son otras, tienen un destino de puñalada. Ahora que recuerdo hace mucho tiempo, cuando escribía el diario de mi vida, coleccionaba frases de grandes santos, esos cuadernos deben estar guardados en alguna de mis cajas, pero también les perdí el rastro. Lo que nunca se me dio por guardar fueron las letras de canciones, (aunque pensándolo bien ya hay cancioneros de todos los cantantes), pero lo que hubiese sido útil es haber guardado las que tuvieron que ver con algún momento de mi vida, como las de cuando estaba enamorado o despechado, las que cantaba cuando estaba alegre o triste, pero uno no puede andar guardando pedazos de corazón en todos los rincones.

 

La frase que se me escapó ésta noche tiene que ver con otra cosa (ya no depende de si me gusta o no), no tiene que ver ni quien ni cuando se escribió, son como las cajas de sorpresas que abrís y sale un payaso y te asustás o te reís de vos mismo.

 

Cómo lo que me pasó el otro día cuando la palabra “carcajada” me llegó de repente y tuve que atajarme de tantas “a” sonoras, son muy fuertes, la “c” más la “a” suena como una “ka”, la jota tiene de por sí una limpieza musical sorprendente, repetir carcajada, carcajada, carcajada, me hizo descostillar de risa, reía sólo en mi cuarto sentado ante el escritorio lleno de libros, tarjetas, lapiceras y soledades.

Me reí tanto que terminé llorando por culpa del rebote subversivo de esa  palabra, porque hay muchas que aparentan ser una cosa y luego te salen disparando una molotov en las manos.

 

También las hay suaves, trémulas, pacíficas. Pero generalmente las que me llegan como anuncios de primavera son raras, no tienen que ver con lo que digan sino con lo que ellas quieren decir en un lenguaje íntimo y personalizado.

 

Por eso es que estoy preocupado: la frase que se me perdió puede no ser importante para muchas personas, pero no puedo perderla, es como perder la memoria o no acordarme del nombre de mis hijos, hay veces que las páginas comienzan a borrarse solas, a desaparecer, a evaporarse. Sé que hay tintas de mala calidad pero no es posible que me ocurra ahora cuando hay tantas cosas por descubrir, tantas vidas por vivir, intensamente.

 

 

Un día estaba abocado a la lectura de un cuento lleno de recovecos y frases ambivalentes, cuando me asaltó: “Un recodo del ombligo primordial” y entendí que si había algo por lo que yo había pasado años en esta tierra era para que en ese momento donde los cielos se abrieron y fulgurantes estrellas se abalanzaron sobre mis ojos a la velocidad de la luz, yo pudiera entender algo de la iluminación de los Budas.

 

Cuando comentaba esta experiencia con un amigo de muchos años y de un largo recorrido en los cielos de las letras, me miró a los ojos, sonrío dulcemente.

 

—No entiendo— me dijo.

 

—Yo tampoco —le contesté, y nos abrazamos largamente, plenos, felices, transfigurados.

 

Hace poco que descubrí que las palabras tienen magia, tienen una fuerza interior, que transforma.

 

Aunque por más que lea cien veces la palabra “agua” sé físicamente que no voy a mojarme. Pero un día me ocurrió, un día como el de hoy, cuando se me perdió una frase entera dentro de un libro, ese día la palabra agua no estaba presente pero si el vocablo “ardiendo” que tomó sentido primordial de realidad. La frase decía: “Ardiendo en fuego” y al terminar de leerlo, (era en un cancionero), comencé a sentir que algo bullía en mí, primero suavemente, luego fue creciendo hasta arder realmente, no pude quedarme quieto y salté de donde estaba sentado, me acuerdo que hice parar el transporte en el que viajábamos por una carretera larguísima e interminable en el Sur Argentino, mis compañeros también cantaban. (usábamos todos el mismo cancionero), enloquecí en el instante en que escuché “Ardiendo en fuego”.

 

A los gritos, pidiendo que parasen comencé a empujarlos para bajar de inmediato, detrás de mí salieron corriendo, como cincuenta metros, jadeando, sin saber que ocurría.

 

Todos me miraban sorprendidos, seguramente pensaron que estaba loco, que me había dado otro de esos ataques de pánico que últimamente tenía, cuando se escuchó una explosión y el ómnibus completo, en medio de la más desolada de las rutas argentinas, comenzó a arder en fuego.