Danza de fábulas

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Danza de fábulas

 

Anoche soñé con vos. Te encontré cambiada. Tenías una onda muy hippie; vestías  túnica de bambula teñida artesanalmente, de color violeta-lila; sandalias de cuero hechas a mano por un amigo en común; un morral con pequeños espejos redondos bordados sobre triángulos rojos y amarillos; tus cachetes brillaban rozagantes de tanto sol en tu piel. Sonreías tímidamente, mientras las cortinas del cuarto danzaban su propia fábula.

 

Estábamos en una de las habitaciones, pero no en mi vivienda actual, ni en la tuya, sino en una casa mediterránea, con sonidos de mar colándose por las ventanas. Apenas habíamos cambiado un par de palabras protocolares de bienvenida y de asombro, por tu inesperada visita, cuando me regalaste una obra de cañas tacuaras y penachos de juncos, de los que crecen al costado de las rutas y se usan en decoración. Yo te miré, con una sonrisa fingida entre dientes; no podías saber que tengo alergia ¡a demasiadas cosas!. Me insististe en que aceptara, que era obra de un amigo tuyo que trabaja en esculturas con cañas tacuaras, logradas luego de un largo proceso, de formas extrañas, en las cuales había calado (en algunas partes) y decorado en otras, pequeños altares o ventanas talladas: aves mitológicas, pájaros ceremoniales aztecas, espacios de cielos lejanos, de amaneceres perpetuos. Las cañas (generalmente muy rectas) forzadas a tomar curvas y enroscarse mutuamente entre sí, dibujando mensajes visuales: el símbolo de lo eterno, de la repetición interminable de sucesos incomprensibles. Acepté quedarme con el conjunto de la obra por el impacto de las cañas, las vi, en un principio, como un turbante en tu cabeza, formando parte de tu ser. Se me antojó pensar en gárgolas, en serpentarios, en laberintos borgeanos, mientras las cortinas del cuarto danzaban su propia fábula.

 

Después de saludarte efusivamente, Eugenia, tu ex amiga y ahora mi esposa, fue a la cocina a preparar el mate, acompañado seguramente por unas galletas  dulces o bizcochos salados. Nosotros nos quedamos charlando; vos recostada tu espalda en la pared, yo en mi sillón favorito, donde leo y escribo mis cuentos.

 

(¿Cómo se le dice— pensaba— a una mujer, que está gorda?

—Hola, ¿qué tal?, ¿Estás más rellena?, ¿estás haciendo dieta?…Imposible)

 

Entonces charlamos de tu bronceado, de tu piel rejuvenecida, de tus vacaciones…hasta que te acercaste y, casi en secreto, me dijiste que venías a contarme algo y, cambiando la expresión de tu cara, que querías hablar conmigo a solas.

 

—Estamos solos— te dije.

 

—No se cómo los vas a tomar— (me miraste a los ojos y como quien confiesa un crimen recién realizado en plena avenida, me soltaste a boca de jarro…)

 

—Estoy embarazada.

(Me hubiera gustado ver la cara que puse) Después, las caricias, los gritos, las carcajadas y un abrazo enorme, largo y sentido.

 

—¡¡¡Está embarazada!!!, grité, ¡¡¡embarazada!!!—

 

Eugenia escuchó mis gritos y compartió con nosotros tu feliz noticia.

 

Instintivamente, pensé en comprar algo importante para festejar, fui a buscar mi mochila sabiendo que no tenía un peso, pero en esos momentos es cuando suceden los milagros (en los sueños) y encontré mil cuatrocientos pesos doblados, acomodados en una billetera de cuero que casi nunca usaba porque no tenía nada que llevar, sólo fotos: de mi mamá, de los chicos, de Eugenia, o una estampa del Padre Pío con su reliquia, que me regalaron, traída de Italia.

 

—Eugenia: andá a comprar algo para festejar— le dije, para que se fuera.

 

Te miré y me contaste que te habías decidido a contarme lo del embarazo hacía tan sólo treinta y cinco minutos.

 

—Yo le regalo treinta y cinco pesos al bebé— dijo Eugenia, mientras bajaba las escaleras con ganas de ahondar…

 

Y yo, incrédulo, miraba tu cara y tu panza escondida durante meses, mientras me reiterabas que habías tomado esa decisión hacía tan sólo treinta y cinco minutos.

 

—¿Por qué?— te pregunté.

 

Y mirándome a los ojos, entre el asombro y la ternura, entre la risa y el llanto,

me dijiste sin apremios morales, sin reclamos:

 

—Porque hace treinta y cinco minutos, decidí continuar con mi embarazo…

para poder vivir… sin olvidarte…

 

Y nos abrazamos y lloramos juntos, mientras las cortinas del cuarto danzaban su propia fábula.

 

 

 

Otra germinación

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Otra Germinación 

 

Una ciudad desierta, es una ciudad sin alma. En aquel invierno o en este verano, da lo mismo, no tengo a quién llamar. Todos se pusieron de acuerdo, alguien dijo ¡fuera! y salieron corriendo hacia la costa. En la agenda, encuentro cientos de nombres, pero no las ganas de decirles: ¿Sabés lo qué me pasa? y vomitarles al oído la misma cantinela. No hay rostros, sólo números: cuatro cifras, del cero al nueve, guión, cuatro cifras, navegando entre más de cinco mil números posibles; estoy inmerso en la marca de la bestia.

 

¿Quién carajo habrá cortado primero la comunicación?, me pregunto, tengo que llamar a reparaciones y quejarme; lo grito para que comprendan. Busco en mi agenda “Emergencias: una línea directa con Dios”. Pretendo que me atienda personalmente, que me conteste con voz clara. ¡Quiero entender!, grito, mientras pateo la pared del cuarto.

 

Camino por Tres Sargentos, la ventana de Pajarito Zaguri, está tan cerrada como la noche, apuro el paso hasta llegar al “Cementerio oficial de cáscaras de maní”, al Bar o bar ; busco una mesa alejada de los ventanales, saco del morral la lapicera y me preparo a escribir en un cuaderno “Gloria”, mientras me sangra el alma.

 

—Buenas noches—me dice el mozo.

Ensayo una explicación filosófica sobre la red de espionaje mundial, mientras cae un hilo de baba por la comisura de mis labios.

— Nos están mirando desde el satélite, saben por las calles que caminamos, tienen todo filmado—le digo.

 

El viejo empleado me dejó hablando mientras fue a buscar un plato de maníes y una cerveza helada. La miro transpirar, helada, mojar el portavasos, descender entre espumas de mar y entonces, saliendo de mis cavilaciones, como puedo, levanto la vista y te veo, alzando del piso un viejo boleto de ferrocarril, brillando alucinada entre las sombras.

Y me pierdo entre tus pechos…

 

La inspiración, que había brotado con un torrente de voces lejanas, se paralizó pasmada. Ya no puedo volver a escribir, aunque lo desee, porque me tiembla la mano, se aceleró mi pulso y tus ojos traspasaron mi vida. ¿Cómo puede ser que tus ojos, que son apenas celestes, brillen y se muevan al compás del mar, en una tarde de Praia dos Angos en Arraial? 

 

Todavía creo soñar, que viniste a pedirme ser parte de uno de mis cuentos. Ahora pienso, o pensaba en ese momento, ¿qué me viste? Para venir a encararme con tanta seguridad. ¿Qué musa ebria y desvelada te hizo errar tu camino estelar?

Te jugaste la vida al venir a hablar conmigo, porque yo estoy más allá, la vida me pasó por arriba, a los tropezones.

Hace años que estoy empantanado en la misma mierda, creyendo que un día se  producirá el milagro y a Pinocho le funcionará el reloj del corazón, correctamente latiendo junto al tuyo.

Por favor, dejá un momento de caminar a mi alrededor y sentate tranquila y mirame. Matame con la espada resplandeciente de tus ojos. Es un placer morir en tus manos o en tus entrañas o a tus pies.

 

Ya es de madrugada y estoy calculando el instante donde sacarás tu puñal y atravesarás mis costillas, hasta el tuétano, hasta lo profundo de mis sentidos perdidos, mujer saltarina, infartante, sutil, de boca empalagosa, de suaves palabras de miel.

 

Me dijiste, como un cumplido, que era un “Stone”. No podés andar así, suelta de cuerpo, diciéndole a quien se te ocurra, lo primero que te salte a la cabeza, como tampoco caminar armada, por las calles de este barrio, apuntando a la gente y tirando a diestra y siniestra, hay muchos perros sueltos y te desgarrarán las carnes o te volarán los sesos en cualquier esquina.

 

Voy a incluirte en mi cuento, en el preciso momento en que brotan a borbotones sueños mágicos y quedan lejanas las pesadillas, en una sempiterna noche de primavera.

 

Alguien, a quien yo no conozco, soltó una jauría de vampiros y buscan almas como la tuya, sos como un ángel perdido en el peor de los mundos, saltando de flor en flor ¿por qué apareciste?  Pasajera de violentas emociones. ¿Llegaste? ¿O sólo me imaginé que venías pisando las cáscaras del bar y llegabas a mi lado y me pedías que te incluyera en un cuento?…pero estoy trabado y no puedo parir ni una triste idea que tengo atravesada en las venas, porque soy un cobarde y no te madrugué y te hundí el cuchillo en la garganta. No podés, ¿me entendés? Presentarte así y presionarme con esa desfachatez, con esa cara de boluda astronómica, a reclamar nada. No te debo una mierda, nunca me vas a ver morir, porque lo voy a hacer sin que nadie pueda darse cuenta y van a pasar varios días hasta que huela a podrido.

 

Te pedí que te abrigaras, que el invierno es traicionero en Buenos Aires, (no, como en París). Sonreíste, no te importó y te sentaste a mi lado, a querer leer lo ilegible, porque este desborde no es arte, es solo eso, un sueño de trascendencia, un beso de los cielos en un triste bar de mesas y sillas de madera, de viejos perdedores profesionales, que juegan a llevar bajo los sobacos la sabiduría del mundo. Sólo almas en bancarrota.

 

¡Cómo te equivocaste, pequeña flor importada! Tu abuela te lo había anunciado, en su francés arrabalero, (por los años de puerto) con la sabiduría que da, haberse llevado tanta gente a la cama.

Germaine te lo había advertido: —Es un drogón, un negro de mierda.

 

No hizo falta que bajaran a la tierra, ni los ángeles ni los demonios, yo mismo fui y pagué por el infierno; pero ¿quién paga por mi?, ¿cuánto valgo?, ¿o soy capaz de seguir viniendo a este bar, que de viejo, huele a muerte? Vuelvo  a encontrarte en el fondo de un vaso de ginebra. Posiblemente, deje los cigarros negros, quiero probar algo más fuerte, algo que me produzca carraspera en las entrañas, que me lije las cuerdas del alma o que me explote el cerebro, algún room de barricada, una aguardiente de caña, como la que tomaban los pescadores, oteando el suave hervor  del mar, calculando, con la sabiduría heredada de sus padres, cantidad y calidad del cardumen, en las playas del  Arraial de los sueños.

 

 —¡Ah… si yo pudiera ser tan claro conmigo!

 

«In illo tempore»

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

“In illo tempore”

 

En aquel tiempo, yo tenía sueños:

creía que podíamos cruzar los cielos,

montados en un turbante azul,

arremetiendo sobre los tejados, corriendo sobre las nubes y saltando hacia un vacío, lleno de contenidos.

 

—La vida cambia— me dijo Juana, ( pero no  hice caso).

 ¿Que sabía ella de todo lo que iba a pasar cuando cruzásemos la puerta?

 

No vale espiar…

Hay que decidirse y saltar, aunque caigamos en una caja de zapatos.

 

Otro mundo  y otro  y otro  y cientos por descubrir;

Porque, mas allá de este cuarto, no existe  luz ni  oscuridad:

ni  abajo, ni  arriba; ni  afuera, ni  adentro,

es todo cielo, espacio, parte de la nada organizada.

 

En una de las miles realidades existentes,

 seremos otros o ninguno, sin sombras, sin tiempo,

 eternos,

 dioses.

¿Habrá un Parnaso?

¿Estarán esperándonos  los antiguos colonizadores?

 

Absorción del néctar precioso (el Soma de tiempos remotos), el cáliz que ocultaron, para aquellos dioses que llegarían un día, (sedientos de Nous) a sus orillas.

 

Contemplamos las estrellas, las lunas y sus firmamentos, girando despreocupadamente en las áreas silentes, durante milésimas de milésimas de espacios, fuera de toda partición de realidad.

 

La voz, inundando el cosmos,

 oyéndose en tierras lejanas:

a cientos, a miles de otras posibles visiones.

 

Una infinita fracción de eternidad,

condensada en un abrir y cerrar de cielos.