ENOJOS

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Enojos I

 

Me enojo con vos, especialmente, cuando ni siquiera me mirás… yo estoy sentado en el anteúltimo asiento, al lado de la ventana, y vos te paseás muy oronda, te acercás a cada imbécil y seguís moviendo tu culo como si tal cosa y yo te miro, veo tu pelo que cae sobre tus hombros y enrulan tus sentimientos, lejanos a los míos.

Me enojo, porque cuando estábamos por acercarnos, sentí que ese día era “El día soñado”, pero no, vos saliste al patio y tras tuyo, la cohorte de idiotas que te rodea. Y me quedé solo esperando que volvieras a mirarme. Y dado que el amor puede convertirse en odio, siento que la bronca va ganando mi alma.

¿Cómo puede ser que no te des cuenta? ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué debo hacer?

¡¡¡Ya lo tengo!!! Mañana, cuando entrés por la puerta, no me vas a encontrar, nadie sabrá de mí. No me busqués, va a ser tarde… voy a faltar al colegio.

 Le voy a decir a mi mamá, que me duele la panza.   

    

Enojos II

Llegó sin hacer ruido. En medio de la oscuridad, se desvistió y después se acostó, al lado de ella, pero sobre la segunda sábana. Había bajado sensiblemente la temperatura. Se cubrió con el acolchado. Giró su cuerpo hasta acomodarse, mirando la pared.

 La celosía de la ventana, dejaba pasar una tímida luz desde la avenida Rivadavia. Trató de cerrar los ojos. A su lado, ella se movió, alejando la cola. Ninguno esa noche quería, ni siquiera, rozarse.

Una corriente de aire frío, les había congelado el alma. Él, no tuvo que esperar mucho para dormirse, hasta que el dolor lo despertó. El hombro derecho, no soportó aguantar la carga de su cuerpo y al amanecer, contracturado, trató de recuperar la movilidad. Intentó abrir los ojos. Recordó la noche anterior… la discusión.

Un gusto amargo en su boca. Estiró el brazo. Cruzó la frontera del espacio permitido, con su pie izquierdo…pero no obtuvo respuesta. Entonces, se dio cuenta de que estaba sólo, que era tarde para recordar el viejo consejo:

“No dejes que se ponga el sol sobre tu enojo”.

El sol, ya reinaba en un mundo lejano.

BONSÁIS

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

 

Meticulosamente, cuando anochecía y antes de que cerraran los locales comerciales, salía de su casa para hacer las compras del día. Jamás pasamos de un saludo rutinario,
él, inclinaba apenas la cabeza y tocaba con sus dedos la gorra (de pelo de liebre), hacía el ademán correspondiente y se retiraba. Juan, mi vecino, era una persona mayor, muy poco comunicativa, solitaria. Nos despertaba intriga su hosquedad en el trato tajante, era, al decir de mi señora, un viejo cabrón. 

Un día, el cartero nos entregó una carta por error y tuvo mucho que ver con las sospechas que despertaba en nosotros. Juan, tenía otra vida, la misiva era del “Club de Bonsáis del Principado de Asturias” a nombre de Don Juan Pérez, así creímos conocer su apellido y pasatiempo favorito. Esa tarde, esperé pacientemente que se asomara a la puerta para entregarle su correspondencia y poder cambiar unas palabras; cuando me acerqué, con la carta en la mano, me miró con recelo y, apenas si entre dientes, le escuché un tímido “gracias”,  giró sobre sus talones y se refugió en su casa nuevamente. Me quedé un rato en la calle mirando mi mano vacía, pensando que tal vez cuando se llega a viejo, uno cambia tanto, que hasta esa actitud, parezca normal.

Por lo menos, sabemos que cultiva árboles enanos, me dijo Raquel, en un tono de poco amiga, Me imaginé que debería tener varios en su casa, viviría para ellos, los cuidaría como a mascotas, hasta les hablaría y así haría menos vacía su vida. Hace años, al ver una muestra, despertó también en mí el mismo deseo, lo sentí como una actividad noble, de sabios chinos o japoneses, de budistas, que manifiestan su fe en la vida. Cuidar un árbol, medir su desarrollo, buscar la perfección en miniatura. Juan, no parecía un hombre dedicado a la filosofía, pero muchos maestros zen se ocultaron en escenarios impensados. Desde ese día, sentí la necesidad de hablar con él y hasta urdí un plan, para hacerme su amigo, por medio de la inquietud hacia los bonsáis. El plan fue un perfecto fracaso; don Juan, cuando se dio cuenta de que me acercaba demasiado, que miraba por la ventana por si salía de compras, cambió radicalmente de rutina, cruzaba la calle, doblaba en la esquina, caminaba el doble para no pasar por mi puerta. Contrariamente a lo esperado, eso hizo que mi interés creciese, busqué un buen libro de budismo, otro de cuentos zen, otro de cuidados del bonsai y, desde mi calma pueblerina, viajé por los caminos del misticismo oriental. El arte de los bonsáis se originó en China hace unos dos mil años, como objeto de culto para los monjes taoístas. Para ellos era símbolo de eternidad, un puente entre lo divino y lo humano, el cielo y la tierra”, leía entusiasmado. Con el tiempo, creí ver en Juan al maestro perfecto que, desde su silencio, tenía mucho para enseñarme. Raquel, tan acostumbrada a verme perseguir molinos de vientos, me dejaba hacer, desde el silencio de su cocina. Me fascinó la idea de que aquel pequeño hombre desconocido, pared por medio, estuviese buscando la antigua sabiduría. Según la tradición, aquellos que podían conservar un árbol bonsai en una maceta, tenían asegurada la eternidad. Los monjes, disponían los árboles pequeños en vasijas a lo largo de las escaleras de los templos y hasta eran fuente de adoración. Imaginaba que Juan me conduciría por caminos iniciáticos, como el otro Don Juan de Carlos Castaneda.

Raquel tuvo la delicadeza de bajarme a la realidad cotidiana; una mañana, mientras me servía un mate en la cocina, me dijo:  ¿Te fijaste en la humedad del techo?, yo miré, como quien acaba de descender de un viaje interplanetario y, con la más inocente cara de extrañado, levante los ojos y obsevé el techo, la pintura descascarada, la mancha de moho verde, pensé en tejas partidas, en el invierno lluvioso que se avecinaba, en las hojas acumuladas en la canaleta, en el tiempo perdido. Tenés que hacer algo y urgente, me dijo sin mirarme, doblada sobre la pava, cebando un mate demasiado amargo. Esa misma mañana, tuve que dejar libros y sueños de eternidad, para llamar al estudio que edificó mi casa y ponerme en la firme resolución de corregir lo reparable, recuperar el tiempo dormido, en que estuve ocupado con sueños de Bonsai.

Al otro día, puntualmente, como acodamos, el arquitecto se presentó en mi casa. Lo conduje a la cocina, puso cara de entendido, me pidió mirar el resto de los techos, primero desde abajo y después desde lo alto. Busqué la escalera en el cuarto de las herramientas, detrás de la parrilla, y juntos subimos hasta el tanque de agua, colocamos un tablón de madera y llegamos hasta las tejas. Cuando ascendíamos, pegados a la pared del vecino, me di cuenta de lo alto del muro que nos separaba, solamente podía ver su jardín desde el tanque; el arquitecto me dio una mano para poder afirmarme bien y hablamos un poco del barrio, de la tranquilidad poco usual de los lugares periféricos, cercano al centro, conservando costumbres de antiguos barrios casi pueblerinos: la amistad, los conocidos, el trato cordial, donde todavía los chicos andan en bicicleta o juegan en la calle. Le estaba por decir algo, cuando vimos a Juan trabajando con sus bonsáis, esta vez no llevaba sus gruesos anteojos negros ni su gorra. Tenía colocados guantes de cirugía y sostenía en sus manos un bisturí, con el que cortaba una hoja cuidadosamente, entonces ladró su perro, que nos descubrió en los techos. Juan, elevó su mirada y antes de que yo pudiese decirle algo, despareció dentro de su casa, oímos cómo llamó al perro (un dogo alemán) y también éste entró presuroso. El arquitecto, mudó su rostro, serio, me pidió descender y argumentando una excusa tonta, notablemente turbado, se retiró de casa, prometiendo que, a la brevedad, mandaría a sus empleados a cambiar las tejas rotas. Le comenté a Raquel sobre el extraño proceder de Juan, pero a mi señora poco le importaba del viejo amargado, como ella lo llamaba; creyendo que ya había resuelto, en parte, el problema, volví a mis libros y pasatiempos habituales.

Un martes, volvió a llamarme el arquitecto, para avisarme que el techo requería de un nuevo vistazo y me enviaría a dos empleados de la empresa a sacar una fotos, cosa que hicieron el miércoles, casi a la misma hora que cuando subimos con el arquitecto, sólo que esta vez, me dijeron, por seguridad, subirían solos, que no me preocupara. Me inquieté, al notar que permanecieron más de una hora, en absoluto silencio. Sólo cuando yo mismo les hablé del tiempo transcurrido, me pidieron una escoba que les alcancé y estuvieron otra media hora, uno por lo menos, limpiando la canaleta y tirando hojas secas al patio. Después, bajaron, agradecieron y se retiraron en una traffic con vidrios polarizados, estacionada durante toda la tarde a media cuadra, frente a la casa de Martita; yo pensé que ella tenía visitas, pero resultó ser la camioneta de estos muchachos que estuvieron en casa. Volví a mi quehacer de jubilado, leer el diario. Estaba inquieto, no podía interesarme en ninguna noticia, había días en que, asqueado de tanta vulgaridad y mentiras politiqueras, quería tirarlo a la basura, tomaba la firme decisión de no comprarlo nunca más, pero otra vez, por Raquel, por los chimentos o por la quiniela, volvía a leer y a putear.

En mi mente, persistía la imagen de los guantes de látex y del bisturí. Nunca había leído que se usara ese tipo de instrumental, revisé los textos explicativos “Poda de mantenimiento: se podan las ramitas cuando tienen 7 u 8 pares de hojas, cortando por encima de los 2 ó 3 primeros pares de hojas”.  Claro que, como dice “cortando”, pueda entenderse que se trate de un arma filosa, pero yo preferiría pensar en las manos delicadas de los monjes, respirando acompasadamente y, mientras con un leve flexionar de las rodillas, realizaran la tarea. Aunque miles de personas laicas tienen un bonsai y lo cuidan con orgullo, en mi interior, lo relacionaba al camino espiritual.

 Poda drástica o de formación: se debe cortar el tronco con una navaja afilada en bisel o cóncavamente para que las ramas que surjan lo hagan desde el mismo punto… técnica del pinzado: con una pinzadora de corte muy limpio que evita las infecciones. O con una podadora de corte cóncavo que poda ramas y facilita la cicatrización, herramientas éstas adecuadas para eliminar las hojas interiores”. En ningún lado encontré el uso de un bisturí. La idea de los guantes de látex giraba en mi mente con signos de interrogación, con demasiadas preguntas sin respuestas.

La calle comenzó imperceptiblemente, a tomar una actividad inusitada, creí que, producto de la paranoia informativa de la televisión y las campañas en la radio, encontraba autos sospechosos, parejas desparejas que caminaban a distintos horarios y pasaban por la puerta de mi casa. Yo, desde mi ventana, presentía, como quien ve la tormenta antes de la lluvia,  que algo en el barrio ocurría; un día escuché un patrullero detenerse a la puerta de Juan, bajé un poco la persiana, apagué la luz del cuarto y  sin hacer ruido, vi cuando entraban en la casa; el patrullero estuvo bastante tiempo con las luces apagadas, en seguida apareció otro auto azul de vidrios polarizados y descubrí que era Juan el que se iba con ellos, por los anteojos negros y la gorra de piel de liebre. Esa fue la última vez que vi a mi vecino.

Tres días después, una tarde calurosa de marzo, aparecieron repentinamente en el barrio, una cantidad de muchachos con pancartas, redoblantes, bombos y banderas. Luego otros con piedras y caras tapadas, pintaron con aerosol “Represor Asesino” en la puerta y paredes, cantaron consignas contra los militares y la represión, las cámaras, de todos los canales transmitieron todo lo sucedido en vivo y en directo.  A la orden de alguien que no pude ver, apedrearon la casa. La casa vacía, sin Juan, que resultó no llamarse ni Pérez, ni Juan.

Yo entré, encendí la tele y no me perdí detalle de las declaraciones de mi arquitecto sobre uno de los más sanguinarios torturadores: mi ex vecino, ahora famoso y escrachado.

Tal vez, alguno de los bonsáis que quedaron en el interior de la vivienda, crezca fuerte y libre, algún día.

Arraial do Cabo

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Desde lo alto del morro, teníamos un balcón  natural, sobre “Praia dos Anjos”. Nos hallábamos en una antigua barraca de pescadores, bautizada por Vinicius (en una de sus poesías) como “Casa Amarela”, construida hace muchos años con viejos tablones de quebracho, con restos de barcos anclados o maderas recuperadas del mar, ahora convertido en nuestra “Pousada”. Habíamos llegado el domingo  a   Arraial do Cabo, y no conocíamos, todavía, los movimientos ni los sonidos propios del lugar, cuando  nos despertaron gritos angustiados.

Eran las seis horas quince minutos de la mañana, aunque descolocados por la luminosidad del cielo, pensábamos que era mucho más tarde. Nuestra instintiva curiosidad hizo que prestáramos mayor atención. Las exclamaciones provenían de la playa y se elevaban con claridad, voces gruesas, de hombres:

 

–Joao, pra mi, Joao, ¡amigo! Joao, Joao a mi…

 

Me calcé aceleradamente las ojotas, mientras María terminó de ponerse el corpiño de la malla, saqué la tranca de madera y abrimos presurosos la ventana.

 

Los candidatos extendían sus manos haciendo flamear los cartones amarillos que los acreditaban como operarios de carga y descarga; los ojos de todos buscaban los de Joao y las voces se alzaban reforzando el gesto; se empujaban entre ellos por trabajo, por llevar un poco de pan para sus casas. El capataz buscaba hombres esforzados y sumisos que no estuviesen a esa hora con signos de alcohol en sus cuerpos, aceptaba las tarjetas de algunos e ignoraba la de otros. Finalizada la selección, éstos lo seguían dócilmente, les abrían el portón y entraban en silencio al puerto para cargar los barcos anclados que venían en busca de sal. Los rechazados se sentaban a la sombra a esperar la llegada de algún otro caporal que quisiera contratarlos. Uno se acurrucó en la pequeña tarima que antes había ocupado Joao, y se durmió. Otros compartían un cigarrillo entre varios, o charlaban en voz queda, mirando resignados al mar, pero sin perder la esperanza.

 

Tuvimos que decodificar la escena que contemplábamos para poder entender lo que pasaba. Recordé una imagen similar, en el evangelio de Mateo, capítulo 20, que había descripto hace más de dos mil años la escena de los jornaleros, en un poblado de Judea. Allí también los desocupados permanecían en el lugar esperando ser buscados en la plaza de un pueblo para trabajar en el campo.  

 

En una ciudad como Buenos Aires, María jamás había visto obreros pidiendo a gritos que un encargado los contrate. Yo en cambio conocía la plazoleta de Caballito donde las muchachas, que se ofrecen por horas para limpieza, se reúnen deseando que lleguen las patronas a contratarlas, o en el bajo Flores, donde desocupados Bolivianos, que viven en la villa miseria, llegan hasta la avenida Cobo, al encuentro de los empleadores Coreanos que buscan operarios para sus talleres de costura. Esa misma mañana nos desayunábamos en Latinoamérica.

 

Ella dejaba atrás la seguridad de la casa paterna y sus comodidades, yo extrañaría caminar por la avenida Corrientes, perderme en las librerías de usados buscando joyas perdidas, sentarme en bares a leer, a divagar con amigos por horas…

El sol brillante de Arraial do Cabo, iluminaba el cuarto.