Cortando Vientos

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Para Mario Vucetich,

Telarista de la vida.

—Buenos días. Cuando Adán escuchó el saludo, giró su cuerpo hasta quedar frente a frente, sus ojos se perdieron en los de ella. La aparición imprevista de la mujer que estaba pensando, fue para él como un signo de los cielos. Sintió calor y atinó a sacarse la campera mientras la invitaba a entrar; recién cuando ella se detuvo delante del mosquitero, torpemente, le abrió la puerta, balbuceando un tímido— perdón. Buscó la mejor silla y se la acercó, para que pudiera descansar después del largo viaje. Eva, ya estaba en su casa. Acostumbrado a la soledad, la presencia de ella trastocó su vida, a partir de ese instante ya nada sería lo mismo. 

Como en todo pueblo chico, la noticia rodó, llevada por el viento chorrillero que soplaba en esos días; es bien sabido que, cuando se adueñaba de las calles, había que evitar salir; más de una abuela puntana, perjuraba haber visto las sombras de las almas en pena, que volvían al pueblo en busca de algún distraído o irreverente,  que no respetase a los muertos.

Eva, dejó primero el bolso de cuero sobre la silla; luego, buscó un alfiler que, prendido de su sombrero, sujetaba el largo pañuelo de tul alrededor del cuello, cubriéndole su nariz y su boca y por último se quitó el sobrero. Adán, respetuoso de las tareas de Eva, fue a buscar un poco de leña al depósito y calculó, con ojos de buen cubero, que no le iba a durar más de una semana. Con visitas es distinto, pensó, tendría que usarla más seguido; mientras, acercó la carretilla, para acarrear una buena cantidad de leños. Cuando retornó a la vivienda, Eva estaba doblando prolijamente su tapado y sacudiendo la tierra de la falda de su vestido, apenas lo vio llegar con los troncos de quebracho, le sonrío agradecida, realmente la casa estaba helada.

De la chimenea, fue subiendo a los cielos una leve señal de vida, visible desde lejos, para el vecindario. Doña Jovita, miró sin ver, como hacía siempre y llamó a uno de los nietos que criaba, a Jacinto, el mayorcito. —A ver m´hijo, dese una vuelta  por lo del Adán, a ver si necesita algo. El muchacho se alejó saltando piedras, bordeando el río el Volcán, pateando guijarros con un par de alpargatas bigotudas, hasta que, al bajar por la picada, vio que Adán sacudía un mantel blanco y se detuvo. Tiene visitas, se dijo, metió las manos en los bolsillos y siguió masticando un palito de carqueja entre los dientes, acercándose con aire cansino. Adán, ni lerdo ni perezoso, lo atajó con la mirada. —Dígale a su abuela que gracias, que no necesito nada—  le pareció escuchar al Jacinto, aunque Adán no hubiera abierto la boca; en las sierras, hay otros tipos de lenguajes.

Con el mate circulando entre ellos, las palabras fueron llegando a sus bocas, las noticias de los parientes de Buenos Aires: difuntos, casamientos, nacimientos, enfermedades, en ese orden y con un cuidado inventario de penas y alegrías compartidas. Eva, se ofreció a cocinar y él aceptó gustoso, hastiado de comer todos los días mate y bizcochos, mate y mortadela, mate y queso y mate, mate, mate. Pronto, la olla estuvo cargada de cebolla picada, carne en trocitos, zapallo criollo cortado en cuadrados, papas y los condimentos que aromatizaron toda la cocina y se colaban por el cuarto. Un rico plato de carbonada riojana, les alegró el corazón. Recién después del almuerzo y mirando por la ventana, cómo el viento de la mañana transformaba el paisaje, pudieron hablar seriamente. Ahí, salieron las razones, las preguntas, las respuestas.

El Jacinto, se dejó ver por la tarde, corriendo tras su perro orejudo, montado en un caballo que, de viejo, respiraba hondo y resoplaba después de cada pendiente o subida abrupta, luego, se empacaba, imitando a tanto burro de la zona. Estuvo un rato, hasta que descubrió unas faldas colgadas del alambre, puestas a secar al sol, entonces, con noticias frescas volvió al rancho de la abuela y ella, satisfecha, le pagó por los servicios prestados con unas monedas. Le servirían para comprar un cigarro en el almacén del turco del pueblo. La vieja, sin decir palabras, se metió en su tapera y, con un palo, reavivó el rescoldo y se sentó, murmurando bajito. Las noches serranas, con cielos absolutamente tremendos, con el latir de los planetas, el titilar de las estrellas, tan próximas, logran que, humanos y bestias, quieran refugiarse en sus cuevas; nadie se aventura a andar por esos lares, salvo que alguien, amparado por las sombras, trame, sin ser visto, algún hecho ocultable a la luz del día.

Adán, acomodó el jergón cerca de la chimenea, para que estuviese abrigada y buscó en el arcón una frazada, limpia y sana, de cuadros rojos y blancos, la única de la casa. Eva, agradecida, esbozo una sonrisa, buscó un vaso de agua, que colocó en la silla cercana y sus labios musitaron un ¡Buenas Noches! Adán, limpió la cocina, retiró de la casa la basura en partes, una para el gallinero, otra para la porqueriza y el resto lo llevó al pozo cercano al baño, donde, horas más tarde, los carroñeros harían su trabajo nocturno. La luna, trataba de ocultarse entre nubes de ensueños. Eva, aprovechó el silencio de la casa para hacer sus oraciones al pie de su cama y, arropada para soportar la primera noche, lejos de su confortable casa de Buenos Aires, cerró los ojos, dejándose llevar por el cansancio de tantos kilómetros y tantas angustias. Él, entró, respetando su mutismo y se retiró a su cuarto, desde la cama escuchó la respiración de Eva, cómo daba vueltas hasta acostumbrarse, cómo, finalmente, dejó de suspirar. Sopló la lámpara y la noche ganó su alma.

Las mañanas, traen luz y frío. El viento de las sierras de los Comechingones, barría nuevamente el valle y arrastraba fardos de paja, diseminándolos a tientas y a locas. En esos casos, lo único que queda por hacer es, tomarse unos mates, mirar por la ventana o dormir. Cuando Adán estaba solo, esa era su rutina, dormía una interminable siesta hasta que aclarara, pero ahora, con Eva en la casa, la vida cambiaba. Se levantó en silencio y se acercó al baño, le tiró un balde de agua, vació el tacho de los desperdicios y juntó más agua para que cuando Eva despertara, encontrase todo preparado y prolijo. Juntó un par de medias sucias, la ropa de trabajo de la semana  pasada, y las llevó al canasto del lavadero. Buscó en el armario un jabón Palmolive, nuevo, y lo puso junta a la toalla, recién desembolsada. Parado en la puerta, vio que todo estaba en orden y recién comenzó la caminata por los corrales.   En el gallinero, se sorprendió al encontrar a Eva, que estaba buscando huevos para preparar, seguramente, un desayuno sólido y reconfortante. Se sonrieron como niños, jugando a agradarse. Uno, pensaba en el otro.

Con las compras de la mañana en el almacén de ramos generales, a falta de un diario local, todos comentaban que Adán no estaba solo. Apostaban a que era una prima de Buenos Aires o alguna parienta de la difunta, otra riojana, que estaría buscando quedarse en el pago. Arreciaron los informes; del Conlara, que anegaba las casas de la ribera, o el próximo encuentro contra el equipo de Potrero de los Funes, pero las noticias giraban y volvían al punto de partida, ¿Hasta cuándo se quedará? ¿Quién la trajo? ¿Por qué? ¡Si todavía no hace un año! Cuando, arrastrando los pies, como era su costumbre, el Jacinto entró al boliche, se le abalanzaron con preguntas y él, sediento siempre de que lo conviden, no abrió la boca hasta que no tuvo en sus manos una grapa Chizotti. Después, no había quién pudiera hacerlo callar. Contestó preguntas, describió con puntillismo, desde la  blusa hasta la pañoleta que usaba esa mañana o el color de las faldas. Describió, con maestría, el apretón de manos, las miradas encendidas, el juego de esconderse y dejar que el otro lo encuentre, las sonrisas alborotadas y el silencio de la siesta. Todos pudieron sacar sus conclusiones, menos Jovita, que en su rancho, seguía revolviendo unas pocas cenizas, mientras mascullaba un rosario infiel de sin sentidos.

La pesada neblina de la noche anterior, volvió a encerrarlos a cada uno en su casa, frustrando el plan de pasar cerca del  rancho de Adán e intercambiar alguna palabra. Su amigo Raúl, se ofreció para, con la excusa de llevar un poco de charque, convidarles unas botellas de vino patero y mantener un contacto certero con Adán, pero no tuvo suerte. Hasta el mismo tiempo, se puso del lado del misterio y la lluvia torrencial se abatió sobre el pueblo, ecos de un trueno sostenido, fragor de sonidos que se estrellaban en la quebrada, bajando por el valle, desbordando el río y rebotando en las paredes de los cerros. Nadie quería respirar fuerte. El viento, el frío y el aguacero, fueron el telón de fondo de la pasión, que clamaba por despertar. Doña Jovita, salió a la puerta y comenzó a hacer cruces en dirección al viento y a escupir el suelo con un jugo verde que sacaba de su boca, algo que ella misma trituraba entre sus dientes; por momentos, el viento se arremolinaba a su alrededor y partía, como enviado, a destruir otros sitios, después, la volvía a enfrentar y en un largo parlamento, se juramentaba con las fuerzas de la naturaleza, rito ancestral, el de cortar vientos, que recibió de su abuela y ésta de su abuela, desde las épocas remotas en que boleadoras y malones cruzaban por estos lares. En el pueblo, decían que la naturaleza sabía de Jovita y Jovita sabía quién enviaba, envuelto en las sombras, a los vientos y los desbordes. El señor de la noche y Jovita tenían un pacto. Cada tantos años parecía decaer, los parientes se trasmitían los pésames y, antes de que pudieran envolverla en mortajas de puntillas, Jovita abría los ojos y volvía, tiritando, a reclamar por fuego, contra las llamas heladas que le ganaban el cuerpo.

Esa noche, Eva, asustada tal vez por los refucilos o por las circunstancias, abandonó su jergón y apareció en la cama de Adán, compartiendo el abrigo de su cuerpo. Juntos, exorcizaron la noche, los recuerdos. La trama, se encontró envuelta en la urdimbre, mientras el destino, dueño del telar, peinó las vidas, juntándolas para siempre.

Doña Jovita, con sólo mirar el cielo, comprendió.

 

Transferencia

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Golpeó la puerta con sus nudillos, luego, con el puño cerrado. Al parecer, no había nadie en la casa. Volvió sobre sus pasos para retirarse, bajó los tres escalones y, cuando estaba por llegar a la calle, tuvo la impresión de que lo observaban, desde una ventana del piso superior. Giró su cuerpo, corrió y embistió con toda su humanidad. Se partieron las tablas, las bisagras volaron sobre la acera y él, en medio del estropicio cometido, se encontró en la sala, con la luz apagada, pero dentro.

La vecina del frente, escuchó ruidos extraños e inmediatamente despertó a su esposo. Juan, escondido tras las cortinas del comedor, observó todo apagado. En ese momento, no divisó nada raro en el vecindario, sólo un perro, a lo lejos, aullaba lastimeramente. Por las dudas, pidió a su mujer apagar el televisor y todas las luces. Volvió a acostarse. Otra noche que no podré dormir, se dijo Raquel, buscó los auriculares en su mesa de luz y se conectó a los paraísos artificiales de una radio local, que la acompañaría durante toda la velada; por las dudas, con el teléfono inalámbrico al alcance de su mano. Después, lo único que recuerda fue la explosión, la luz roja de las llamas, los gritos de los vecinos. Apenas pudo calzarse las sandalias abrigadas, que usaba para levantarse de la cama, y el déshabillé que había dejado prolijamente en una silla cercana. Salió corriendo a la calle, notó que Juan no estaba al lado de ella, seguramente seguía durmiendo tratando de soñar nuevos amaneceres. Decidió despertarlo. Él, no podía perderse esto.

Cuando sus ojos se acostumbraron y en un par de zancadas, estaba encaramado  en el piso superior. Ahí comenzó a funcionar a pleno su instinto, olía a sangre, o a mujer, o a celo, o a sábanas calientes. Podía caminar con los ojos cerrados. Tanteó un picaporte y empujó la puerta; escuchó el grito. A sus espaldas, aquel que lo persiguiera durante años, había percutido un arma de grueso calibre y disparado sin piedad. Vio la silueta en el espejo de la puerta del baño, que se mecía suavemente; el sonido atravesó un cuerpo y murió sobre un colchón muy grueso, levantando por los aires plumas de ganso de la almohada traspasada. Sintió un fuerte dolor en su cabeza y cayó sin sentido. Todo le daba vueltas alrededor, las luces de los patrulleros en un caleidoscopio lejano, la sirena de un coche de bomberos, el humo. Se arrastró hasta la puerta y se dejó caer, rodando por los escalones, como un ovillo maltrecho. Lo encontraron voluntarios del escuadrón; la ambulancia partió la noche con su ulular desesperado. Despertó unido a una máquina por un cableado, tenía las manos sujetas, los tobillos atados y sobre su cabeza, una docena de médicos trataban de identificar lo desconocido.

Juan, llegó asustado, él había presentido, durante toda la semana, que se verían envueltos en una tragedia. Lo había anticipado, tenía un don especial. Su mujer decía que en realidad, él, atraía las desgracias, pero no, Juan sólo tenía la facilidad de soñar. Soñaba anticipando los hechos, predecía hasta las cosas más sencillas. Cuando aquella noche, su mujer lo despertó, él miró por las celosías y vio con toda claridad, que lo que había estado esperando, sucedía frente a su misma casa. Sus ojos rojos iluminaban la oscuridad, el fétido olor de sus entrañas, apestaban la calle. El vengador, había llegado. Por eso, Juan se fue a dormir, para tratar de soñar cosas bellas, amaneceres luminosos, caminos de esperanza.

Cuando lo zamarrearon para despertarlo, Juan, estaba doblado en medio del sueño, viendo cómo alguien que no conocía, en un atardecer, leía una hoja blanca del tamaño de una carta, anunciándole que  sería él, quien tendría que seguir soñando, por el bien de algunos de los pocos, que lograrían salvarse.