EXTRAÑO

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Extraño

 

«The answer, my friend, is blowing in the wind”

Bob Dylan.

 

Fue muy extraño que, justo debajo de su balcón, se encontrase un trébol de cuatro hojas, sobre la acera, en un día por demás agobiante. Levantó la vista e hizo un paneo sobre las macetas asomadas, que colgaban sus ramas por los tejidos. Pensó, era imposible que hubiese llegado volando solo por los aires, más bien, debe haber caído de un libro, un recuerdo de una tarde de verano (que es la estación donde con mayor facilidad pueden encontrarse tréboles de cuatro hojas), posiblemente, fue deslizándose con desgano de su cómoda página doscientos veintitrés, donde estuvo guardado por años. Indefenso, dio varias vueltas planeando por los aires, hasta que trató de depositarse sobre la tierra, cerca del árbol, donde podría sobrevivir hasta que sus fuerzas lo abandonasen, pero no, quiso una última ráfaga, dejarlo a la vista de Juan, justo bajo su balcón.  Lo tomó con extremo cuidado, como quien lleva algo sagrado entre sus dedos, lo depositó entre dos estampas, que guardaba en la billetera, e ingresó a su casa.

Juan, se olvidó por completo de su trébol de la suerte y hambriento, después de un duro día de trabajo, se preparó un plato caliente del guiso que había sobrado de la noche anterior y  cenó, mirando televisión; después, se quitó los zapatos, las medias, buscó bajo la cama las chancletas y dejó que sus pasos lo llevasen hasta el baño, para una ducha reparadora; unos minutos bajo el agua caliente, refregándose la piel con un alga marina, quitando todo rastro de sumisión, de hombre de corbata, sentado tras una computadora, durante ocho enormes horas de hastío. Cuando volvió a tomar conciencia, estaba sirviéndose un vaso de agua fría, con el pijama puesto, peinado y a punto de meterse en la cama. Por más que apagó la luz y cerró los ojos, el cuarto se iluminaba con cada auto que doblaba en la esquina y apuntaba con sus faros a la ventana, que daba al balcón donde, exactamente, había encontrado el trébol de cuatro hojas.

 

La premonición existe. La noche anterior lo había soñado, dando vueltas en una ciudad abandonada, donde el viento cruzaba las calles irreverente, tratando de hacer el mayor ruido posible, silbando, empujando, tirando y bramando; se alejaba, volvía y arremetía sobre los carteles que, sujetos por unos viejos clavos, alargaban su agonía, colgando desgajados, chirriando y bailando, desacompasados, la vidala del fiero destino. Alguna vez, fue un letrero de neón que supo brillar por las noches, en un hotel de encuentros ocultos en medio de una ruta, a la salida del pueblo que, de tan viejo, las parejas se olvidaron y quedó parpadeando en su soledad pueblerina: “Bienvenidos” (en verde), “Hotel el Trébol” (en rojo), “Vacantes” (en azul ultramar). Las muchachas, no tendrían que volver a mentir, ni los hombres a jurar amor eterno. Sobrevivieron: un perro flaco acostumbrado a perseguir soledades, un hombre en alpargatas, una escoba, a la que ya no le importaba la tierra acumulada y el viento, que desde hacía años perseguía implacablemente todo lo movedizo, para destruirlo, para arrastrarlo en su loca danza de polvo y sombra.

 

Juan, despertó en sobresalto, con sed, sufriendo, angustiado. Prendió el velador, constató que estaba en su cama y recordó, en parte, su sueño recurrente. Se dio vuelta mirando la pared, dándole la espalda a la ventana para tener mayor oscuridad y antes de que pudiera cubrirse totalmente, el sueño lo tomó por sorpresa y el viento volvió a zarandearlo, a llenarle los ojos de tierra y amargura. Otra vez, observaba desde el primer piso del  viejo hotel, mientras el viento danzaba por el centro de la calle, llevándose por los aires el cartel del peluquero, que hacía más de un año había desistido de la ocupación de retorcerse los bigotes yéndose por otros rumbos. El hombre, prefirió salir a la ruta y caminar al encuentro del destino, un día como hoy, donde el cielo era gris plomo y pesaba sobre el alma, como un lamento.

 

Juan, volvió a despertarse cerca de las seis y media de la mañana, un poco antes de lo acostumbrado para ir a trabajar, tuvo tiempo de preparar un buen té con leche y comer unas galletas con queso. Repasó su peinado, se ajustó la corbata, metió la camisa dentro del pantalón, se acomodó el cinto, el saco y la vida sobre sus espaldas y salió.

Afuera, el día era noche, la mañana, fría y destemplada, le sacudió el alma, apretó los dientes y pisó fuerte: taco…suela…punta, taco…suela…punta, taco… suela…punta.

Cuando llegó al trabajo, se acomodó en su asiento, frente a la pantalla de su computadora. El reloj, fue jugando, dando vueltas sobre sus sueños. A las seis de la tarde, salió corriendo para llegar a Plaza Constitución y tomar el tren de las dieciocho y quince: rápido hasta Lomas de Zamora. En la estación, alcanzó a manotear un diario gratuito y, con su tesoro bajo el brazo, intentó ganar un asiento, tarea imposible, a esa hora y rumbo al sur. Por no pensar en nada especial, volvió inconscientemente al trébol de cuatro hojas. Pensó que, cuando, llegase a su casa, lo sacaría de la billetera para ponerlo entre las hojas de un libro. Tendría que ser un libro de tapas duras, de muchas hojas, un libro importante, recordó un ejemplar de “El filo de la navaja” que reunía todas las cualidades requeridas; porque un trébol de cuatro hojas no puede estar en cualquier lugar; desde niño, había buscado infructuosamente uno; ahora, que había llegado a su vida, significaba una buena señal del cielo.

Lo colocaría en la parte superior y entre las hojas, casi al final, en una página impar, después de las doscientas; abriría el libro a ciegas y dejaría que el trébol eligiese. El azar sería el protagonista, caería  en la página predestinada y él se comprometería,  de vez en cuando, a buscarlo y  contemplarlo.

 

El tren, iba repleto, como todos los días, lo apretujaban de izquierda y derecha. Además, el calor sofocante lo adormecía, —un poco más y llego—, pensaba, rodeado por los olores de cientos de personas, que volvían después de un largo día lejos de sus casas, obreros, empleados, estudiantes, viajando como siempre, como ganado. Cuando las puertas se abrieron, la marea salió disparada, unos, buscando algún colectivo del lado norte, otros, cruzaron el puente sobre las vías para aparecer en el lado sur y dejarse llevar hasta la avenida. Juan, caminaría, casi al galope, hasta poder cerrar la puerta de su casa y entonces sí, respirar. Recordó, que el trébol estaba en la billetera, entre dos estampitas, San Expedito y San Jorge, prolijamente acomodado en el bolsillo del saco. Cuando quiso sacar de su encierro al trébol, no encontró nada, ni señales de la billetera de cuero que le habían regalado el día de su cumpleaños, hacía ya mucho tiempo. Se me puede haber caído, razonó, o me la robaron, reconoció con tristeza. Y en un último acto de esperanza, miró por el balcón y lo vio y se extrañó. Justo bajo el balcón de Juan, el trébol de cuatro hojas estaba depositado en el suelo, esperándolo.