Un viejo ciprés

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Un viejo ciprés

 

«La madera de ciprés resiste y dura mucho tiempo. / Parece como si desafiase la carrera de la mortalidad / El que mediante el espíritu de Dios se prepara para la muerte / Sabiamente guiará su navecilla hacia la vida verdadera.» (Holiberg 1675).

 

 

Puntualmente, a las diecinueve horas, en el atardecer del verano o en la oscura noche del invierno, atravesaba el claustro, mientras el ciprés se doblaba religiosamente frente al viento del sur. Sus manos, cruzadas entre el escapulario y la túnica; cubierto por una capa cuya capucha blanca, escondía su cabeza rapada, avanzaba en silencio por el largo corredor hasta el frío asiento del coro y se acomodaba esperando el rezo de la oración de Completas.

 

El hermano Antonio siempre fue el último en acostarse y el primero en levantarse; si el abad lo hubiese dejado, lo habrían encontrado despierto, durante toda la noche en la capilla, frente al Santísimo. Pero la regla exigía que debía acostarse a la hora estipulada y descansar en su duro jergón, en el amplio dormitorio comunal, donde a un anciano le sucedía un joven y a éste, otro anciano, con sus túnicas y cintos apretados a sus cuerpos, en una larga hilera de hombres acostumbrados al silencio. Volvían a reunirse en la madrugada para el rezo de las Horas.  Fueron años que le sirvieron para sosegar su cuerpo y alimentar el espíritu, tiempo dedicado a la lectura y meditación. El rudo trabajo del campo lo ayudó a templar sus bríos juveniles, aventureros y mundanos. En los días en que lo asaltaban negros presentimientos y sus fuerzas se veían superadas por las tentaciones, Antonio sacrificaba su carne con duros flagelos y penitencias. A mayores tentaciones, recrudecía su austeridad y abnegación. Pero en el fondo de su corazón, seguía inquieto.

 

Habían pasado  tres años desde que llegara a la puerta del convento, con un pequeño bolso de cuero en la mano. No venía huyendo de nada. Luego de un intenso año de discernimiento, había reflexionado y decidido con total claridad. Sus pocas pertenencias no concordaban con los cientos de registros que él traía estampados en su memoria. El hermano hospedero lo había recibido como a otro Cristo caminante, sin saber que aquel muchacho de aspecto citadino, de manos delicadas, pintor y poeta, tendría mucho que ver con la futura fama del convento.

 

Es sabido que, el viento cruzado, trae sobre sus ancas dolores de cabeza o influjos que ensombrecen el alma, por eso, en los días en que soplaba del sur con tanta fuerza, ninguno quería cruzar el jardín y optaban por los corredores internos del claustro. Antonio desafiaba los vientos y su túnica se embolsaba como la vela de una embarcación en plena tormenta, mientras sus piernas apuraban esos kilos de tela, túnica, espaldar y capa, doblemente pesadas, que arrastraba vigorosamente. Fue al cruzar, en una tarde desapacible, el jardín interior de la abadía, cuando se detuvo, por un minuto, al lado del viejo ciprés. Un perfume particular y la fuerte presencia de este árbol, le contaron los recuerdos de cientos de religiosos que bendijeron a Dios por su hermosura o por el significado descubierto de la inmortalidad y la resurrección, ocultas en su modesta presencia cotidiana.

Antonio había leído, en uno de los evangelios apócrifos, que el mismo Jesús frotó los talones con la resina del ciprés, para poder caminar sobre las aguas o que Matusalén consumía sus semillas para aferrarse a la vida.  La contemplación del viejo ciprés, lo llevó a meditar en lo fugaz del tiempo, su presencia en cementerios o los ritos funerarios de la antigüedad, en el significado de la muerte o la inmortalidad, del destino del hombre, del silencio de Dios; estos fueron solo algunos de los pensamientos que lo abordaron esa tarde. Lo primero que sintió, fue como un rayo que le atravesaba el cerebro y le dejaba instalada una duda en su alma ¿Dios todavía escucharía las oraciones? Al principio, rápidamente pudo sacarla de su cabeza siguiendo los consejos apropiados de su razón, no le pareció necesario consultarlo con sus superiores. Sin embargo sus ojos empezaron a perder brillo.

 

La hora Nona se anunciaba. Con el sonar de las campanas, cada uno podía rezar lo establecido por san Benito desde su lugar de trabajo y luego continuar con su tarea respectiva. Antonio, tuvo la necesidad de ir corriendo a la iglesia y arrodillarse en su reclinatorio. El abad, que en ese instante bajaba de su celda, lo cruzó saludándolo con una inclinación de cabeza, a la que él respondió doblando en dos su cuerpo; pero fue suficiente ese cruce de miradas para que el abad  notara que, en el ánimo de Antonio, algo lo estaba perturbando. Los días y las horas en una abadía, están marcados por encuentros en la capilla o en el refectorio o en el campo donde se trabaja por horas, o en la biblioteca donde se estudian las Sagradas Escrituras y fue allí donde el Abad confirmó su sospecha. Al mirar a Antonio, éste  bajó la vista y se perdió entre los arabescos de las letras de una antigua edición de una biblia, “La Vulgata”, entre las ramas de olivos dorados y letras capitales ornamentadas con flores azules. Sus labios se movían recitando el Salmo noventa y cuatro, versículo diecinueve Cuando estoy cargado de preocupaciones, tus consuelos me llenan de alegría y lo repetía para hacérselo entender a su corazón,  a su mente y a su cuerpo, que se doblaba, amargado y enceguecido.

 

La voz en su interior, comenzó a hacerse mucho más clara a medida que él fue prestándole oídos. Como una fisura en la piedra, cuando se le puede introducir una cuña y poco a poco va cediendo por causa de la presión que ésta ejerce, Antonio se había permitido escuchar al enemigo y dudar de Dios. En los momentos en que estaba distraído, aparecía reclamando su atención y siempre horadaba su alma con la misma cantinela. En reiteradas oportunidades, fue literalmente asaltado por la voz en medio de la santa misa o en el momento de comulgar, entonces, se retraía o trataba de aumentar la dosis de ofrecimientos, de sacrificios, de dolores ocasionados a su cuerpo con la dureza de los flagelos. No podía permitirse dudar. Su mayor dolor, era sentirse despojado del impulso de amar a Dios. Ahora, la voz le instaba a  que entendiese que no existía para él lugar de consuelo o de paz, ya que el Dios al que él servía no lo escuchaba y ese Dios lejano que se ocultaba en las sombras, lo consideraba indigno.

Antonio veía sus manos sucias y las lavaba refregando con furia, pero nunca terminaba de sacarse lo negro de las uñas; la marca del traidor, de Judas, estaba representada en las manos del campesino, ajadas por la tierra y los años de trabajar en la intemperie. No tenía deseos sexuales ni rencores, no envidiaba, no deseaba lujos ni placeres, pero tampoco soportaba pensar que su Dios había muerto, que todo se hubiera convertido en una larga escenificación trágica.

 

Cuando una tarde, la comunidad estaba entregada a las tareas manuales del campo, Antonio envuelto en la más terrible de las tristezas, en el desierto de su alma, abandonó su lugar y subió, con cuidado de no ser descubierto, hasta lo más alto de la torre del campanario. Apareció por una de las ventanas, en donde generalmente se posaban las palomas y continuó escalando desde el lado de afuera, hasta aferrarse a la cruz de hierro. El sonido de la campana, llamando a la oración, hizo que los monjes elevasen sus ojos y vieran a Antonio envuelto en su túnica blanca, flotando como una bandera arriada con furia antes de ser azotada contra el piso del patio exterior, entre las flores de la entrada del camino, aquellas que un día lo vieran llegar, con su bolso de cuero, a golpear la puerta.

El abad, desde el sendero de los naranjos, venía caminando hacia el refectorio, cuando vio caer a Antonio y en su desesperación, elevó sus manos con la autoridad de su espíritu y ordenó a los vientos que lo sujetasen en los aires, hasta que él llegase a bajarlo.

 

 

El abad, con voz clara, repitió su nombre en tres oportunidades; Antonio lo escuchaba lejano, sin entender ciertamente qué ocurría. Parado frente al ciprés, como hace un minuto atrás, cuando veía pasar ante sus ojos toda su vida, hasta que se sintió flotar y ser recibido en los amorosos brazos del Padre.

Antonio perturbaba el paso de los monjes, que en perfecta formación venían marchando con el estandarte para celebrar la misa por acción de gracias, a Santa María en sábado,.

 

Antonio dio dos pasos hacia atrás e inclinó su rostro del que brotaban incontroladamente gruesas lágrimas de agradecimiento, mientras en su alma nacía el envolvente calor del amor.

 

 

Ya anciano Antonio, pinta en la abadía, cuadros de personajes beatíficos a los que les brillan los ojos.

La extraña sensación que uno tiene al mirarlos, es que el amor de Dios parece brotar de sus miradas.