FIESTA III PARTE DE LA GALERA

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

  Fiesta

 

«Y ustedes al venir me dan más fuerza,
no habrá fantasma que se nos resista”.
Enrique Pinti

 

La noche del suceso, o lo poco que quedó de esa noche, nadie volvió a dormir. Cada uno en su cama, dio vueltas y vueltas hasta que, unos, decidieron que era mejor levantarse y preparar agua caliente para tomar unos mates,  otros, agarraron escobas de jarillas para barrer y acomodar el espacio que formaban los carromatos, alrededor del fuego. Sacaron la tierra manchada de sangre, tapándola con pasto o aserrín. Cuando la domadora se levantó, visualmente, parecía que nada había ocurrido en el circo. Fueron acercándose a desayunar y se improvisó una pequeña reunión, donde era palpable el desánimo de los artistas. Decidieron que, al otro día, levantarían la carpa y volverían; algunos, a Buenos Aires; otros, tomarían rumbos distintos buscando donde conchabarse. Fue un día triste, acompañado por un cielo gris, que caía a plomo en las almas.

Por otra parte y sin conocer lo resuelto por los cirqueros, la gente del pueblo tuvo una asamblea popular en el almacén del Turco, ahí se pusieron de acuerdo en pedirles que no debían suspender la función; esgrimieron argumentos sorprendentes: como que el “espectáculo debe continuar” o “el artista se debe a su público” y ellos mismos se comprometieron a llevarles su apoyo y ayuda. Invitarían a sus amigos, buscarían a la gente del monte, que jamás en su vida habían visto una función “en vivo y en directo”.

—Va a ser una Fiesta— dijo el Turco e hizo sonar un vaso para despertar la sed aletargada en los parroquianos y propuso un brindis y un aplauso y otro brindis, mientras anotaba febrilmente en la libreta negra, los vasos servidos. Para comunicarle su pedido a la gente del circo de los hermanos Rivero, se eligió al Gervasio, que aceptó gustoso, con tal de poder ver  a la domadora de cerca y que ella le dedicara una sonrisa.

Dando por terminada la asamblea, partieron presurosos a trabajar en las propuestas.

Gervasio, llegó hasta la carpa del circo, respetuosamente; para llamar, usó sus manos y el ¡Avemaríapurísimaaaa! De inmediato, fue atendido por el Sr. Rivero; como pudo, le trasmitió lo resuelto por la asamblea, habló  en su media lengua castellano-guaraní, además de los largos silencios acostumbrados, como que rumiaba las palabras antes de largarlas,

—Es decisión del pueblo de Cuchillas—dijo.

El dueño del circo, no daba crédito a lo escuchado, pero el mensaje fue tan claro y contundente,  que se quebró y buscó abrazar al Gervasio, a quien se le encendieron las mejillas de rubor. Luego, a los gritos, mientras lo sujetaba del brazo, llamó a todos los artistas para comunicarles que, a pedido de la asamblea popular, la función programada para el domingo por la tarde se hacía, con más fuerza que nunca. La gente del circo, se conmovió y todos apretaron las manos del Gervasio y hasta la domadora le obsequió un sonoro beso en el cachete sonrojado, entre las carcajadas generales. Inmediatamente, el circo tomó el ritmo de día de función, cada uno tuvo algo que hacer. Acomodaron las sillas, repusieron las lámparas de colores, inflaron globos; la domadora, peinó a su caballo alazán, eligió para lucir, esa tarde, un vestido de “Reina de las amazonas”. Luego, ayudó a la mujer barbuda y bañaron a Princesita y la peinaron, haciéndole trenzas con piedras coloridas y brillantes. El saltimbanqui, que también hacía de payaso, atendía el kiosco de golosinas y vendía recuerdos del circo, arregló su kiosco ambulante con globos de colores inflados con helio, que parecían sostenerlo en el aire. Eligió hacer dos cambios de ropa y maquillaje. En realidad,  todos estaban entusiasmados por las noticias recibidas y así, el circo se preparó para vivir su fiesta.

—Tenemos que brindarles una función inolvidable—decían, se lo decían a sí mismos, embargados por el espíritu de la musa de los artistas.

 Puntualmente, a partir de las quince horas, comenzaron a llegar camionetas, cargadas con familias enteras,  desde sitios lejanos; todo tipo de carruajes con caballos: breaks, jardineras, sulkys,  berlinas, o el “carro ruso”, lleno de chicos de brillantes cabellos de oro y enormes ojos azules. Menuda sorpresa se llevaron los cirqueros, cuando la cantidad impensada de espectadores formó una fila entusiasta y bochinchera. Hasta entonces, en el pueblo, se encontraban sólo para las Fiestas Patronales o para algún acontecimiento importante. Organizaron la boletería, atendida por la domadora, que regalaba sonrisas y les daba la bienvenida; los hombres del circo, acomodaron hasta la última de las sillas disponibles en el interior de la carpa y, cuando estas se terminaron, pidieron ayuda a Don Abdulá que, con dos hombres, trajo los bancos de su boliche; a los más chicos, los sentaron en el suelo,  rodeando la pista y a las personas mayores, en sus lugares, para poder comenzar la función.

Fueron disminuyendo las luces, poco a poco, mientras la música de una gran banda invisible, se dejaba escuchar a pleno por los altoparlantes Un potente reflector de luz blanca, que iluminaba la cortina de entrada de artistas, comenzó a girar al compás de la música; al unísono, los plateístas, a dar palmas siguiendo el compás. En el interior del escenario, los artistas estaban realizando una antigua ceremonia, tomaban vino caliente con canela, brindando por el éxito de la función y se daban ánimo mutuamente. El dueño del circo, transformado en Director y Animador,  se santiguó, encomendándose a todos sus santos protectores y, calzando su elegante galera, dio un primer paso y luego el otro, en una corta carrera  hasta el centro de la pista, donde cientos de calurosos aplausos le pusieron la piel de gallina. Hizo una profunda reverencia, doblando su cuerpo y abrió los brazos, mientras llevó la galera a su corazón, conmovido; se le llenaron los ojos de lágrimas. Aparecieron,  después de él, la domadora, mostrando sus blancos dientes y singular sonrisa, la mujer barbuda, con su amplio vestido de terciopelo rojo, el saltimbanqui, dando cabriolas, los enanos, regalando flores a las mujeres y globos a los niños y los nuevos peones, luciendo sacos de botones dorados, corriendo alrededor de la pista, sintiéndose dueños de todos los aplausos.  Repitieron puntualmente la consigna recibida y a la voz de “ahora”, juntos, bajaron sus cabezas, mientras la extraña vida de los artistas, envuelta en la magia del circo, les llenó el corazón de sueños.

El circo, brilló como nunca, las risas, llegaban como cataratas y se multiplicaban en vivas y aplausos, desde toda la carpa. El primer número, fue ejecutado por el saltimbanqui. Acostumbraba a tomar carrera, daba un salto hacia arriba, giraba en el aire, caía dando vuelta en media luna y abría los brazos, para recibir algún aplauso y volvía con su rutina, aunque ahora, a mayor velocidad. Esta vez, el salto fue colosal, pasó por encima de varias personas  de pie, giró en tirabuzón y volvió a saltar, con enormes pasos de gigante.  Él fue el primer sorprendido; podía haber seguido girando, haciendo cosas increíbles, pero tuvo miedo y aminoró la velocidad y la altura, volvió a abrir los brazos y se llenó de aplausos. El dueño mismo, no podía entender y, asombrado, miraba sorprendido lo que estaba sucediendo. Todos los artistas, tuvieron una noche fantástica; la mujer barbuda, fue una eximia bailarina; el caballo amaestrado, hizo malabares, saltó triple vallas, se paró en dos patas, caminó por varios minutos, giró, danzó, a la orden de la domadora y deleitó a los hombres de campo, acostumbrados a conocer de animales amaestrados. Los chicos, se enamoraron de la inteligencia de la perra Princesita y sus simpáticas volteretas, creyendo que respondía correctamente a las cuentas de sumar o multiplicar, con las exactas cantidades de ladridos y se emocionaron cuando, disfrazada de novia, bailó el vals. De la platea, llegaban olas de ¡ah! Y se sumaban los ¡oh!, de las bocas abiertas y, del entusiasmo, volvían a batir palmas, hasta que terminaron, de pie, aplaudiendo a rabiar.  

La tarde, se convirtió en noche y, cuando el último de los espectadores, terminó de estrecharles las manos o de pedirles una foto o de tocarlos,  notaron que las luces tintineaban y un viento suave del norte, movía las banderas y los aplausos iban y venían llevados por el viento, un viento de magos de galera, que les emborrachaba el alma.  

CARROMATOS (II parte de La Galera)

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Carromatos

 

Alguien no cerró

el candado.

Moris

 

Miguel, el hombre forzudo, pudo verlo, hasta que una de las típicas lomadas de la provincia de Entre Ríos ocultó al amigo y a su gesto de mano levantada. Luego,  la curva le cubrió los ojos con árboles oscuros. Javier, el mago, había salido de gira, pero esta vez, solo.

 

El día, se convirtió en noche cerrada y un largo rosario de mojones, en carretera. El siguiente poblado donde el circo se detuvo, fue en un pueblo de Corrientes, enclavado en un polvoriento camino de tierra, conocido como ruta provincial ciento veintiséis. Habían cruzado yerbatales y campos sembrados de enormes pinos blancos, perdidos en medio de la nada. Por fin, llegaron a “Cuchillas” una población con estafeta y Almacén de Ramos Generales, de don Abdulá Mússa, ahí concurrían a reabastecerse los trabajadores rurales de los alrededores. Pueblo de un par de casas frente a la misma calle y después, otra vez la tierra, el camino, el horizonte. Allí, aprovecharon a tomar un descanso y a preparar  la presentación del domingo, función de debut y despedida, pese a los reclamos de la domadora, que tuvo sueños premonitorios de desgracias. Decía que, un pueblo con ese nombre, tenía, desde la noche de los tiempos, una maldición de sangre, según le habían enseñado sus abuelos gitanos. El dueño del circo, aburrido ante los planteos de inminentes tragedias de la muchacha, se encogió de hombros y se fue al Almacén. De  los hombres que estaban ociosos, acodados en el mostrador del boliche del turco, conchabó al Cosido para que los ayudase con el armado de la carpa y otros menesteres. Lo llamaban así por la gran cicatriz que ostentaba, sin reparos, atravesándole la cara de oreja a oreja, hombre fuerte y silencioso acostumbrado a agachar el lomo. Les tomó un día completo de trabajo aplanar la tierra y delimitar la pista central, para luego levantar y apuntalar la carpa con sus cientos de banderines multicolores. Al final, cuando la tarde se volvió color violeta, recostada entre la luna y el lucero, la bandera roja, en el alto mástil, bailaba graciosa la danza del viento.

En la tarde del día siguiente, salieron a pregonar la invitación. El hombre forzudo, disfrazado de Sansón, sujeta a su cuello por un broche dorado, una capa roja le caía por los hombros y realzaba su brillante musculatura, gracias al aceite con que se ungía el cuerpo y sabedor de que despertaba oscuros deseos; los infaltables enanos, convertidos en gnomos verdes; la mujer barbuda y su mejor traje de noche con brillantes lentejuelas; el saltimbanqui, con su cara pintada de blanco y una estrella negra, que hacían más extraños sus ojos celeste-cielo. La perrita Princesa, para que no se ensuciara, iba en los brazos de la domadora de caballos y, el dueño del circo, de lustrosas botas negras y fino bigote imperial, pantalón blanco y jaquet rojo, se desgañitaba anunciando a los cuatro vientos: ¡“Una gran función, con destacados artistas de la televisión y circos internacionales. Por única vez, no se lo pierda. Este domingo en Cuchillas. El Gran Circo de los hermanos Rivero”!

Los chicos salieron de sus casas y en minutos el villorrio tomó tal febril actividad, sólo comparada a la llegada de la caravana del partido que, mucho tiempo atrás, había inaugurado la construcción de la ruta por asfaltar y algo más que nadie recordaba con claridad y tenía que ver con el resurgimiento del pueblo, pero que olvidaron pronto, como el político lo del asfalto.

Se terminaron de acomodar las sillas, colocaron una larga hilera de porta lámparas con sus correspondientes bombillas de colores, que transformaron la apacible noche pueblerina; se consiguió aserrín para cubrir el escenario propiamente dicho y, cuando ya todo estaba preparado, vieron que todavía faltaban los cientos de globos que debía inflar Miguel, el hombre forzudo.

—Algo debe andar mal— se dijo el dueño, y pegó dos potentes gritos llamándolo, pero Miguel no respondió. Entonces mandaron al Cosido a buscarlo, pero fue infructuoso todo trámite que se inició a partir de esa noche. Había desaparecido como tragado por la tierra. Nadie del circo, o fuera de él, lo vio pasar. Consideraron las posibilidades que tendría de salir del pueblo, alguien recordó el paso de un camión transportador de troncos rumbo a Esquina, pero no se había detenido. De haberse ido caminando, recién a unos tres kilómetros, cortando campo y monte agreste, en dirección al sur, se podía llegar a la ruta más cercana, con muchísima suerte y siendo conocedor de la zona, porque había sectores donde las alimañas o los esteros inundados, dificultaban la marcha. Hasta los enanos, conmovidos,  contaban que, en los últimos días, lo veían callado y se alejaba para encerrarse en la soledad del carromato,  a  revisar papeles viejos, cuadernos ya amarillentos, fotos de tiempos pasados, recuerdos de familiares y amigos.

Los acontecimientos empezaron a tomar un cariz trágico. La domadora, creía que sus designios se estaban cumpliendo tal cual ella soñara, lo contó en la rueda que hicieron, la noche antes del día de la función.

—Pero esto no es todo— dijo, y se cubrió la cara con sus manos, como quien no quiere ver la realidad, pero volvió a abrir los ojos con desesperación porque era peor lo que ocultaban, —¡¡¡Sangre!!!— gritó y cayó desmayada.

El frío de la noche, el descampado de un pueblo perdido a la vera de un camino provincial y el tremendo cielo ennegrecido sobre sus cabezas, terminó por decidirlos y todos se fueron a sus carromatos, a tratar de descansar. Mañana,  el día, con el sol calentando la tierra, traerá un poco de paz, pensó el dueño, apagó las últimas brasas, miró que todo estuviese guardado y le pidió al Cosido que vigilara la carpa y los alrededores. Por las dudas, cuando se tiró sobre el camastro y se quitó las botas, dejó apoyado en la silla su revólver cargado, pronto a disparar. Para las personas acostumbradas al ruido de la ciudad, la noche en el campo fue doblemente ruidosa,  escuchaban sonidos extraños, una rana que lloraba como un bebe abandonado en un zanja, las típicas lechuzas, los animales carroñeros que salían a buscar comida y se acercaban al pueblo en busca de desperdicios; los mínimos ruidos, se agigantaban. Durmieron incómodos, hasta que un ruido tremendo los hizo saltar en medio de la madrugada; alguien, desde muy cerca, había disparado un tiro. Fue la señal para que todos sacaran sus armas y dispararan, en medio de la oscuridad, a las penumbras que se movían alrededor del campamento. Luego, el silencio, roto por los gemidos y lamentaciones, de quienes se animaron a aparecer por la ventana o en las puertas de los carromatos. El griterío fue creciendo y cada uno de los que llegaba volvía a gritar y a tomarse la cabeza con las manos en medio de la desesperación. El cuerpo del hombre forzudo, disfrazado de mujer y el del Cosido, trenzado en feroz lucha, yacían en el centro de la escena. Miguel, el hombre forzudo, regresaba, después de dos días de juergas en un rancho cercano. El Cosido, a la luz de la luna, lo dejó venir hasta que lo tuvo a tiro. Había reconocido, en el disfraz del hombre forzudo, la falda de su mujer.   

LA GALERA

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

La galera

Cada cual es responsable

de sus demonios.

Adolfo Bioy Casares

 

El ejercicio de sacar palomas de la galera tuvo sus propios errores. Circunstancialmente sucedió que, en vez de aves mensajeras, aparecieron murciélagos; los presentes entraron en pánico y salieron corriendo. O como sucedió cuando, atorada por la pequeñez de su circunferencia, una pantera negra no lograba salir, hecho que, además del desconcierto, dejó lastimados, contusos y sillas desparramadas en los bares de los alrededores, por la fragosa huida. Acostumbrado a las interrupciones abruptas del espectáculo, el mago Javier, tenía preparada una maleta de cuero marrón con esquineros de bronce, en realidad, habían sido de bronce, hasta que en algún poblado los cambió por un sándwich de salame y queso. Doblada prolijamente, llevaba una muda de ropa interior, más un par de zapatos de charol y, aunque envejecido, un reluciente frac que había conseguido, a cambio de ciertos favores realizados a la viuda de un artista de variedades. Acomodaba el equipaje al costado del escenario, por si debía desaparecer con cierta urgencia, para salvar su pellejo.

 

El trabajo de mago profesional se fue complicando con el paso de los años y la repetición de los trucos. Especialmente en los pequeños municipios, desde que apareciera la televisión. Con ella cambiaron las costumbres; los ojos enormes y las bocas abiertas por la sorpresa, se transformaron en rictus de duda y desparpajo. Había muerto la simple vivencia de una inocente tarde pueblerina de circo. Lo primero que preguntaban era, en qué canal había actuado y si conocía a Pipo Mancera. Por tal motivo,  se vio en la necesidad de armar una carpeta de recortes (falsificados) con comentarios elogiosos de sus actuaciones. Y otra de fotos, abrazando a celebridades de la radio y la televisión, lo que le llevo varios meses de guardia, en canales o en restaurantes, donde concurrían los famosos. Trabajoso emprendimiento, mientras tuvo plata para llevarles flores o cajas de bombones de regalo, a cambio de retratos autografiados o aparecer, junto a ellos, en alguna instantánea, tomada  por un fotógrafo previamente apalabrado y adornado, porque todo es posible con plata. El problema de Javier es que plata, lo que se dice plata, desde hacía un tiempo, no  veía ni pintada. Las complicaciones habían llegado hasta la pensión de Flores, donde viviera por años. Su dueño, se había puesto mañoso y ya no esperaba “a la vuelta de la gira, o en horas”; nada del viejo compromiso de “Palabra de caballero” se respetaba El polaco, fue cambiando por la única realidad que conocía, el efectivo constante y sonante.

 

Ante semejante cuadro de situación, tuvo que conchabarse en un circo trota mundo y compartir el carromato con el hombre forzudo y los enanos. Esos seres pequeños, deleitaban a la platea con toda suerte de disparates y equilibrios, cachetadas fallidas y el chiste fácil sobre sus alturas. En la convivencia, eran dos monstruos malhumorados y belicosos, amigos de la caña Ombú.  Si la bebida embrutece a las personas de altura normal, en ellos se duplicaban los  efectos malignos y sacaba a flor de piel lo peor de un hombre: la maldad, el rencor y el odio. Fueron tiempos difíciles para nuestro mago y eso repercutió en sus actuaciones. De su galera, en vez de palomas o pañuelos multicolores, comenzaron a aparecer rayos y centellas, tormentas y lluvias torrenciales. Que, aunque al principio entusiasmó al dueño del circo por la sequía del campo, luego mudó su

beneplácito en una tajante prohibición; le arruinaba la pista y la atracción del circo: la perra “Princesita” se ensuciaba el vestido de tul azul y estrellas de oro. Para colmo de males, en una nefasta noche, la mujer barbuda trastabilló y fue a caer sentada en medio del fango, con el sombrero de flores amarillas chorreando barro, cosa que los niños festejaron estruendosamente. Ella, enfurecida, se declaró en guerra por las ofensas recibidas, y juró que jamás se presentaría en un nuevo espectáculo, hasta que su nombre sea reparado de semejante burla. Con los resultados previstos, en menos de dos horas, los carromatos partieron del pueblo. Javier, quedó mirando el suelo, sentado en su valija, a orillas de un camino provincial.

 

—El tiempo todo lo cura y la vida da revancha— se dijo con voz potente, para que lo escuche el silencio y la eterna cinta asfáltica, que se perdía detrás de un monte oscuro, en esa noche fría y estrellada.

Cuando pudo ponerse en pie y dar por terminado tan aciago suceso, se le ocurrió calzar su

desprestigiada galera de mago de provincia. Y fue entonces cuando ocurrió la más extraordinaria de las magias y desapareció para siempre.

 

Luego, un fuerte viento cruzó la ruta y tumbó la valija que, en la oscuridad, se mimetizó con el asfalto. Fue aplastada por un camión que transportaba vacas al matadero. El camionero sintió un ruido extraño y pensó en detenerse, pero estaba escuchando la radio y comenzaba su programa favorito, “Una luz en el camino”, así que siguió como si nada.

El viento, se llevó algunas hojas amarronadas por el paso del tiempo. Un par de fotos rodaron en la banquina y terminaron acomodándose al costado de la ruta. Alguien las encontró y les acondicionó unas piedras alrededor. Así, nació un clásico de la ruta nueve. Desde ese día, los autos se detienen en una parada mística y obligatoria, prenden velas o traen flores y cintas multicolores y le piden milagros.

También el viento cumple muy bien su trabajo y, de vez en cuando, se roba algunos aplausos de grandes escenarios y se los trae al mago. En esas noches, las estrellas, titilan agradecidas.

 

 

DE LIBROS Y FLORES

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

De libros y flores

 

El mozo trajo un humeante café con leche, como le había pedido, dos partes de café y una de leche sin nata, (odio la nata desde que era un gurrumín), me preguntó por milésima vez, si lo voy a endulzar con sacarina y le dije: si, gracias y él me contestó algo así como ¡Qué lo disfrute! Pero en realidad no le presté atención  porque, en ese momento, había mirado hacia la puerta, sin diplomacia, pero tampoco con demasiado interés, sólo con el rabillo del ojo. Un viento helado me golpeó, como una corriente de otro mundo, en la espalda, fue lo que me hizo dar vuelta la cara, para verlo entrar al bar, con el libro y una flor en la mano.

 

Todavía no llegó, excelente, así elijo una buena mesa donde podamos charlar tranquilos, sin personas alrededor que nos molesten o la incomoden, deseo que venga o, si me mira por la ventana, se anime y quiera entrar. Espero no haberme equivocado en la elección del lugar, es un sitio típico de Buenos Aires y como ella es de Córdoba, le va a llamar la atención conocer un lugar famoso. Me dijo que tiene veintitrés años, confío en que no se enoje porque yo casi tengo treinta y a ella le mencioné veinticinco. En realidad, tampoco mido un metro ochenta, apenas llego al metro setenta y tres, pero sentado y derecho no hay drama; la cosa es poder hablar suelto, endulzarle el oído, me dijo mi primo el Cacho, endulzarle el oído es la clave, si lo lográs ya está, palo y a la bolsa. Mi primo es un bruto, el pobre, pero tiene un arrastre con las minas que a veces lo envidio, yo soy medio zonzo para eso, voy al grano, con la pura verdad y reboto como contra un frontón. Pareciera que los mentirosos siempre ganan. La mesa, acá, en este ventanal, cerca de la puerta, es perfecta, dejo la flor cruzada sobre el libro, como  le dije, para que me reconozca inmediatamente. ¿Y si mira desde la ventana y no le gusto? ¿Si se da cuenta que soy mayor de lo que le conté cuando chateamos? ¡Es tan hermosa y simpática! Si todo me sale bien, voy a tener que cumplir con la promesa y llevarle una docena de claveles a Santa Rita.

 

Son casi las veinte y cuarenta  y cinco minutos, ahora debe estar esperándome, el subte me deja exactamente en la esquina del bar en que acordamos encontrarnos. Me puse la pollera negra, la remera blanca con la flor plateada, el tapado y una chalina con flores rojas. Estoy nerviosa, como una quinceañera. Venirme del interior por un fin de semana, a la casa de mis tíos, sólo para conocer  a un hombre. ¿Valdrá la pena? O será otro de los tantos “adolescentes-eternos” con los que perdí el tiempo últimamente. ¿Será soltero realmente? ¿U otro “recientemente divorciado” que parecen poblar el universo o lo que es peor, uno de los que están a punto de “separarse inmediatamente”? ¡Yo también me meto en cada historia! Parezco “coleccionista de rarezas”, es como que todos los fracasados del mundo se sintieran atraídos por mí y deba salvarlos de la locura o la soledad eterna. Me parece raro que, si es tan joven, me cite en un bar de barrio, un lugar de tangueros y recuerdos. Voy a guardar el libro en el bolso de mano, entro, miro y si veo que me está esperando un bombón voy derecho y me presento, sino, doy una vuelta rápida por el local, pregunto en la caja cómo vuelvo a Constitución y me escapo y lo dejo con la flor en la mesa, esperando. ¿Estaré bien pintada? Tendría que retocarme en un lugar tranquilo antes de presentarme y decirle: Hola, soy Juana, la verdad es que no tengo veintidós como te dije, pero no pienses mal, realmente tengo veintiséis y no quiero sufrir. O nada, llego, me siento en la silla y chau, le dijo: Hola Ramón, soy Juana.

 

La noche viene de primera cita o una cita a ciegas, porque él está nervioso y parece que la silla tuviera hormigas, se arregló dos veces los anteojos, mira la ventana, la puerta, la ventana, la puerta y no puede parar de mover la pierna izquierda, como si siguiese un ritmo africano, o tiene un negro candombero dentro del cuerpo. Al pobre, le duele el alma, el saco, la corbata, la vida misma. Alguna vez yo también esperé en un bar, a Rosa, como ahora él, lo entiendo, pero este chico es un manojo de nervios, le recomendaría que haga una respiración profunda y trate de relajarse, que le cuente a su cara que tiene que conquistar a una dama y no invitarla a un velorio. Para eso ya habrá tiempo, viene con los años y el aburrimiento y la soledad, que por más que uno lo niegue, un día te da vuelta la cara de un sopapo y quedás  mirando hacia el norte. Como mi Rosa, que se me marchitó entre las manos.

 

Me gustó su nombre: “Juana”, lo busqué en internet y descubrí que significa “la llena de gracia”, como la virgen María. Espero que no llegue embarazada. Me hizo bien conocer el  significado, la pinta perfecta, por lo menos lo que sé de ella, las cosas que me contó que le gustan, sus sueños, concordamos en muchos ideales. En la foto se ve hermosa, una muchacha de su casa, muy pegada a su familia, a sus parientes, a sus amigas. “Ramón y Juana”, ¡suena bien!

Son las nueve menos cuarto y no llega. ¿Le habrá pasado algo? ¿Se habrá perdido? Qué tonto soy, me dejé puestos los anteojos y ahora caigo en la cuenta de que la foto que le mandé estaba sin lentes, puede ser que ella haya mirado por la ventana y no se diera cuenta de que era yo. Mejor paro el libro y pongo la flor apoyada entre las hojas y la tapa. Estas citas a ciegas nunca fueron mi fuerte. Tengo que sonreír, tengo que sonreír, distenderme, ponerme canchero, cruzado de piernas, con cara de hombre interesante, para colmo, tengo ganas de ir al baño, justo ahora que es la hora. Mejor llamo al mozo y le explico que me cuide la mesa, el libro y la flor, que ya vuelvo en un minuto y voy rápido y descargo y vuelvo volando. Va a pensar que soy un estúpido, mejor voy y no digo nada…

 

Miro de reojo y no veo a ningún muchacho, es un bar de viejos, cerca de la barra están charlando animosamente, serán habitué  del lugar, seguramente; me miran con curiosidad e insistencia, lo mejor que puedo hacer es dar una vuelta por las mesas y salir. No vino, es inútil, no vino. Se paró un viejo de pelo blanco y camina a mi encuentro, me voy rápido, la puerta.

 

Señorita, disculpe, le dije, ella no terminaba de abrir los ojos enormes y negros que se le salían de las órbitas. Le hice un gesto y la calmé, ya viene, la estuvo esperando más de media hora, pero ya viene, el muchacho que la citó, ya viene, por favor, siéntese y ella, aunque no entendía nada, se sentó en silencio, cruzó las piernas,  me miró asustada y se quedo esperando, haciendo una mueca de disgusto, pero agradecida.  Y yo volví a mi mesa y me puse a leer el diario, pero de reojo, porque no podía dejar de mirarla ¡tan parecida a mi Rosa!

 

Ramón, sale del baño y la ve, sentada a su mesa, con la flor en la mano…