FORTUNAS

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Fortunas

 

La niña fijó los ojos en la cifra que tenía frente a sí. Tomó aire, miró hacia adelante, parada muy derecha ante el micrófono y, con voz clara y argentina, leyó  el premio mayor de la Lotería de Navidad. Los aplausos brotaron espontáneos en el salón y llenaron sus ojos de lágrimas, gesto que dio un toque tierno al evento y que no pasó desapercibido para los periodistas presentes. Cegada por los reflectores de la televisión, las filmadoras, y entre la maraña de cables y micrófonos de los noteros, pensó que su fotografía recorrería el país entero. Su imagen estaría en los vespertinos, noticieros y, seguramente mañana, en todas las tapas de diarios y revistas del país y en sitios de internet. Solicitada por la prensa, debió repetir el ritual, cantando el premio más importante del año. Se regodeó en cada uno de los números y su voz resonó en cientos de hogares, y otra vez, los aplausos, la turbación en sus mejillas, la mirada angelical fija en la cámara que la subyugaba, el abrazo con sus compañeros y la última foto, para recuerdo de todo el equipo, que había participado de un día memorable. Inmediatamente, se supo la dirección de la agencia vendedora y la certeza de un solo ganador, ahora multimillonario. —Ojalá sea un hombre generoso, se dijo esperanzada.

Después de que los apretones de manos y besos de los concurrentes al acto, se fueron apagando, como las cámaras, ella seguía de pie, en medio de la sala. Cada uno, volvió a sus quehaceres de la manera más rápida posible. En ese momento, notó que habían bajado la potencia de las luces en el gran salón. Se reunió con su madre, que la esperaba con el bolso preparado, donde guardó, envueltos prolijamente, los zapatos nuevos, el moño rojo y el saco (que tendrían que devolver al otro día). Bajando las escalinatas, se sorprendieron por la escasa cantidad de gente que había en las calles. Ocho minutos más tarde, llegó el ómnibus de la línea veintitrés y lograron subir; pidieron boletos de uno con veinticinco.

Se acomodaron entre los que volvían de sus trabajos y viajaban, codo a codo, rumbo a los suburbios, tal vez, soñando ellos también, con ser dueños de los millones de la danza de la fortuna. Pero nadie la reconoció.  Entonces, recién entonces, se sintió realmente extenuada; un larguísimo día para sus jóvenes doce años. Cuando pudieron sentarse, a mitad del recorrido, acomodó su cabeza en el regazo de su madre, cerró los ojos y soñó…  

 

Soñó que su hermano mayor estaba de vuelta, en su casa, esperando para abrazarla y decirle cuánto la quería. Su hermana Julia, sin novios, y preparando una gran mesa llena de platos y copas. Andresito, el menor, recién levantado y afinando su guitarra en un rincón del patio. Al que no encontró, en un principio, fue a su padre, hasta que sintió sus fuertes manos, envolviéndola en un  largo abrazo, con sonoro beso incluido. Contra su costumbre, estaba prolijamente vestido, afeitado y olía a perfume. La mesa, preparada como para una fiesta de cumpleaños; había copas relucientes, servilletas de papel con ribetes dorados, platos con saladitos, empanadas de copetín, emparedados de jamón y queso y una variedad de combinaciones entre lo dulce y salado, que no conocía. Las sillas, acomodadas alrededor de la mesa, eran todas de un mismo juego. Le sorprendió que no hubiera botellas de vino, o de cerveza. Ante la diligente mirada de su madre, todos se sentaron y comenzaron a comer, sin apuro, sin discusiones, ni escándalos, ni gritos. Como si tuviesen toda una eternidad para hacerlo, bajo un cielo de estrellas que brillaban, en la afortunada noche de sus sueños.

 

SUCESOS ARGENTOS

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Sucesos Argentos

 

Esa mujer, tiene el corazón

endurecido,

como una piedra.

Jagger

 

Ella canturreaba feliz, mientras se bañaba. Luego, envuelta en un toallón, sus cabellos recogidos con otra toalla, y sus pantuflas del mismo color prolijamente escogidas, emergió de entre la bruma. El vapor se escapaba   por la puerta abierta del baño,  como una nube del cielo.

 

Yo la esperaba.

 

Se acomodó frente a la mesa de maquillaje y encendió las luces a giorno. Abrió una valija plateada, que yo no conocía, llena de potes, pinceles, brochas y una amplia paleta de colores. Limpió su cara con una crema hidratante,  otra, como fondo de maquillaje; luego, un corrector de ojeras e imperfecciones; con un fino pincel, se pintó los ojos con eximio cuidado; alargó sus pestañas; delineó con un lápiz su boca, sus rojos labios, carnosos y deseados. Acertó con la elección del rubor color tierra en sus pómulos, para darle más glamour al make up, mientras no dejaba de mirarse en el gran espejo.

 

Yo la esperaba, pacientemente.

 

Desde la sala, se escuchó el secador de pelo. Dobló su cuerpo,  para que el cabello cayese en cascada, y aplicó aire caliente en su nuca para secar, desde el nacimiento, su cabellera. Sentí su estremecimiento, estaba contenta y ansiosa. Se ayudó con un modelador de pelo Gama para formar y acentuar los rulos que caían  sobre sus pechos.  Cuando estuviera vestida, un golpe de aire frío  fijaría el peinado.

 

Yo la esperaba, pacientemente, y en silencio.

 

La desnudez de su perfecto cuerpo tostado resaltó  la elegancia de su figura. Aunque ya lo tenía decidido, dudó unos segundos, de pie, frente a la puerta de su guardarropas. Para una noche especial, todo debería ser prolijamente pensado y llevado a cabo, como quien planea un asalto o un asesinato. Las medias negras, el vestido de generoso escote, pero sobrio; antes que nada, era una señora, joven, y muy elegante. Una Lady.

 

Yo la esperaba, pacientemente y en silencio, oculto.

 

Para esta ocasión, eligió ponerse un par de zapatos color negro, de nueve centímetros de taco, con aplique de moño, y una plataforma interna; cómodos, para bailar o estar calzada muchas horas. Se calzó los negros, luego otros del mismo modelo, en reptil rojo. Se miró en el espejo y decidió, definitivamente usaría los negros. No podía dejar al descubierto ni el más mínimo detalle. 

 

Yo la esperaba, pacientemente y en silencio, oculto tras el cortinado.

 

La cartera a usar, ya estaba determinada por el tipo de zapatos y el color del vestido. Acostumbrada a cargar todo su mundo en carteras enormes, apenas tenía espacio suficiente como para llevar un mínimo set de maquillaje, perfume, peine de brushing, documentos, y su medicación por las fuertes jaquecas que, esporádicamente, le asaltaban; especialmente en días de extrema tensión o de gran ansiedad.

 

Yo la esperaba, pacientemente y en silencio, oculto tras el cortinado. En mis manos húmedas…

 

Cuando estaba por salir, después de mirarse en el espejo por enésima vez, escuchó la bocina de un auto llamándola. Caminando hacia la puerta, tomó el celular y dejó un mensaje grabado, que todavía se encontraba en el trabajo… diferencia de la gente de tesorería… que todos debían permanecer en el edificio… que pareciera que es un faltante importante… justo hoy, que la disculpe… que no faltará otra oportunidad, que no la llame porque volverá tarde, y seguramente cansada, y que era su bombón.

 

Yo la esperaba, pacientemente y en silencio, oculto tras el cortinado. En mis manos húmedas, se marchitaban las flores recién compradas, y  mi corazón.

UNA PILA DE LIBROS

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Una pila de libros

 

A los apurones, terminé de ponerme el saco, afuera me esperaba el patrullero. Había cargado con todos los menesteres que necesitaba para ejercer mi oficio. Hace diez años que empecé a trabajar en esto, porque existía una vacante que nadie quería ocupar o por la necesidad de tener un sueldo fijo y la relativa seguridad que me brindaría. Aunque nunca hay demasiado futuro en la actividad estatal. La cuestión es que me fui acostumbrando y me quedé. Creo que esa es la palabra exacta…me quedé.

 

Hacía frío y era una de esas noches de mierda donde ocurren este tipo de cosas. Anteriormente había estado en una vivienda en la Boca, un día de lluvia y era real el peligro de que la inundación llegase hasta la habitación de chapas donde tenía que hacer mi labor. Y no hay nada peor que andar chapoteando, en esas situaciones. O trabajar con hambre;  cuando  tuve que hacerlo así, me dolió el estómago y la pasé muy mal. Dejé de comer por tres días seguidos,  lo único que aguantaba eran los cientos de tazas de café que me terminaron de reventar el hígado. Y el cigarrillo. Y el asco; la madre de todos mis vicios.

 

Poco ya puede asombrarme, pero esta noche me detuve en las uñas, parecían cimitarras negras. Los pies, habían tomado la forma de un calzado tres números más chico, al que nunca se acostumbraron; las medias rotas; los zapatos, un viejo par de cordones, hechos de hilo de embalar y la suela con agujeros. Al pantalón, no le faltaba ninguna de las manchas que pudo juntar a través del tiempo; tuve que bajárselos, doblarlos y meterlos en una bolsa negra de consorcio. Generalmente, reviso los bolsillos por las dudas, pero el aspecto era de tal indigencia, que ni lo intenté. El procedimiento con la camisa fue un tanto más sencillo, dado que, sumada la ausencia de algunos botones al tiempo de uso, quedó hecha jirones en el primer toque.

 

Primero colocó una silla, para poder subir a la mesa y luego una pila de libros, desde la que se tiró para quedar balanceando, en el medio de un sucio cuarto de hotel, del centro de la ciudad. Decía que nada puede sorprenderme, pero en este caso, sí. Me llamaron poderosamente la atención, los libros que había elegido. Pude leer sus lomos, comenzando con los filósofos griegos, latinos, alemanes; títulos de la tradición infantil y juvenil, o los más famosos escritores de la literatura universal. Entonces, entendí que no los había amontonado, estaban reunidos de ex profeso. Todos los clásicos, representados en esa  precisa selección. Era, como si su vida misma,  hubiera estado fundamentada en la búsqueda del saber y en ese último acto, su postrer legado.

 

Y ahí estaba yo, cumpliendo mi tarea; cuando ya no aguanté más el olor fétido, a cuerpo descompuesto, busqué la puerta, me quité los guantes y, saturado de podredumbre, fui hasta la calle a tomar una bocanada de aire fresco.

Un hombre joven, tal vez un pariente lejano, un compañero de trabajo o un amigo, observaba con los ojos fuera de sus órbitas y no decía palabra, sólo le alcanzaba el aliento para pitar un cigarro negro, en la oscuridad de la noche y de sus pensamientos.

  ¿Sabe cómo se llamaba?— le pregunté.

—Miguel, alias Dío Fetente— me dijo. Y partió, con su destino a cuestas, en silencio.

 

Volví a calzarme los guantes y entré.