DESNUDANDO AL REY

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Desnudando al Rey

 

 

Cuando movió la pieza, mirando fijamente más allá de los tiempos, ya tenía calculado que el Pelado pondría cara de asombro o de nada y se sumiría en uno de los sesenta y cuatro casilleros, sin ver su suerte. Los tres movimientos posteriores, estuvieron escritos en aquel primer enroque y el cerrojo fue inexorable. El Pelado, obligado a evitar lo inevitable, se debatía, enredándose en la trampa. Su mano tiró al rey y barrió la pobre defensa, unos pocos peones indecisos. Consternado, se declaró vencido, aunque inútilmente, porque los pocos que aún estaban alrededor de la mesa, sólo calculaban cuántos movimientos más duraría. Y uno acertó con exactitud —a la cuarta se cae —dijo, y se cayó.

El 529, apenas sonrió a los habitué, tomó su sombrero del perchero y todos creyeron escuchar un:

—Buenas Noches—, cuando se retiraba.

 

—Es bravo el coso éste— dijo el Pelado— mientras buscaba unos pesos para abonar lo consumido.

 

—Es un mal bicho, un hijoeputa.

 

—Pero usted es un tierno, Pelado—dijo un parroquiano— no puede venir, tan dormido, a enfrentarse con uno, que es de avería.

 

Los comentarios eran siempre los mismos y siempre las mismas respuestas, ya sea en un bar de mala muerte, como El Imperial, o en el club El Progreso. El 529 no perdonaba ni a plebeyos ni a letrados. Siempre apostaba plata fuerte en lugares cajetillas; a los pobres les ganaba un par de copas y la mesa. Pero no perdonaba a ninguno.

Entre sus nuevas víctimas, apareció el Padre Echeconanea, vasco de pura cepa, testarudo y muy inteligente, que presentó duras batallas campales; no temía entregar alfiles o torres con tal de defender a su rey. El 529 le tomó cariño.

Después que lo midió, que desnudó sus saberes, que descubrió sus fortalezas, se dedicó a demolerlo sistemáticamente. Perdido  el respetuoso título de “Padre Echeconanea”, pasó a ser simplemente, “El Vasco”.

Los encuentros se anunciaban como quien invita a una noche boxística. La mesa, rodeada de expertos, que seguían atónitos cada movimiento de los contrincantes. El dueño del bar, feliz, servía y anotaba, servía y cobraba, cuidando escrupulosamente que aquella chusma consumiese o de patitas a la calle y sin chistar.

Inútil ahogar los asombros o los aplausos. Inútil evitar que los adversarios en cuestión,  se sintieran incómodos. Hasta que un buen día, sin explicaciones, dejaron de venir al bar.

Pero en un pueblo chico, las noticias están sujetas en los carteles de publicidad y todo el mundo se enteró de que los encuentros se realizaban, a puertas cerradas, en el despacho parroquial, lugar infranqueable. 

Con una botella de coñac en la mesa, como corresponde a un buen anfitrión, recibía gustoso, todas las noches al 529. El vasco se había obsesionado, robaba tiempo a la liturgia de las horas, que obligatoriamente debía recitar cada día para entregarse al estudio de  las aperturas conocidas, y tomaba la refriega encomendándose a los santos protectores de las batallas contra los infieles. El 529 representaba al enemigo de Dios y vencerlo iba a ser, como en las cruzadas, una muestra del poder del Señor contra los  sarracenos. Por esos carriles andaba la excusa que se había planteado el vasco, mientras el 529 tomaba coñac con una sed de años y las botellas temblaban ante tal ímpetu. Poco a poco, alguna palabra suelta trajo otra, al principio contrariado, pero el vasco se fue enterando de a quién tenía  sentado enfrente. También ensayó una serie de gambitos y de distintas variantes, pero en la contienda, su artillería se desplomaba ante el muro que armaba el 529.  

Se sabe que el alcohol despierta la lengua más cerrada y la noche se transforma en amiga y consejera. Los hombres, ya se sentían cómodos.

Cómo aquel caballero que retase a la muerte a una partida, los jugadores comenzaron a conocerse y a intercambiar sus puntos de fe. Una madrugada, cuando ya no podía volver a perder otra partida y el cansancio le pesaba sobre los hombros y los ojos se le cruzaban por la tensión  del esfuerzo realizado, el vasco lo acribilló con una pregunta sencilla, pero que hacía tiempo guardaba en su corazón: — ¿Porqué eso de 529?— le dijo— mirándolo a los ojos, como quien rompe un pacto imposible de mantener.

La pregunta descolocó al 529, luego, repuesto de la sorpresa trapera, revoleó los ojos, mirando más allá de lo que se puede ver   en ésta tierra, y aceptó el reto.

 

—Si usted me contesta porqué se hizo cura, yo le cuento.

 

—Hecho— dijo el vasco.

 

Pero no hizo falta, el 529 sonrió de una manera diferente. El vasco, pese  a que había estado tantas veces con él, creyó ver en su rostro una fisonomía que le era desconocida, o mejor dicho, que podía reconocer a las antiguas caras que lo perseguían en sus sueños. Se sintió enjuiciado en su fuero más íntimo, en aquellos lugares recónditos, disimulados por su profesionalismo, y en años de mentiras. Y lloró en silencio, como un niño descubierto robando unas monedas, en un bar de la avenida Corrientes. Las gruesas lágrimas, no pararon de bajar por los surcos de su rostro y cayeron pesadas sobre la vieja camisa de algodón.

El 529 se sirvió un vaso doble de coñac, se estiró en la silla, sintió sus huesos sobre el respaldo y exhaló un antiguo suspiro contenido.

 

    ¿Conoce el Chaturanga, padre? — le preguntó—, y antes de que pudiese responder, muy suelto de cuerpo, agregó— Yo lo aprendí a jugar en el año 529.

     

    ¿Después de Cristo? —le respondió el vasco mientras sonreía nervioso, sabiendo que era una chanza fuera de lugar, pero inevitable.

     

—No, por supuesto, fue antes de Cristo y en la India— le dijo— mientras largó una enorme carcajada, que resonó en la habitación, rebotó en el patio de la parroquia, ascendió hasta el campanario y volvió locas a las campanas que comenzaron a sonar, con un repique pascual de resurrección, en medio de la noche. Y entonces, el 529 se esfumó para siempre.

 

El vasco no volvió a ser el mismo. Un día, cerró todo con doble llave, tomó su auto y se dirigió hacia el centro. Lo vieron doblar las calles sonriendo con deleite como si hubiese descubierto, después de una larga noche, que al otro día, indefectiblemente, siempre sale el sol.

YO TENÍA…

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Yo tenía…

 

(“Si viene el cinco”

 de Bernardo Jobson,

continuación atrevida).

 

Cincuenta y ocho segundos después, me quedé mudo. Mis ojos estaban abiertos pero ciegos. Sé que la gente se arremolinaba alrededor y que algo me tocaba la cabeza, hasta que alguien dijo “al suelo…al suelo” y sentí que mi cuerpo se acomodaba pesadamente a lo largo y a lo ancho. Después, dejé de escuchar las voces. En la frente, percibía el aire fresco a intervalos acompasados y mis cabellos se despeinaban. El tiempo no existía; yo creo que tampoco. Todo era frío. Me desataron el nudo de la corbata y desabrocharon los tres primeros botones de la camisa blanca, planchada con esmero por la Charo; esa mina sí que es buena, para el que no la conoce, puede darse idea que es una cabrona, pero para mí, es una “mina gamba”; tiene sus cosas, como todos tenemos lo nuestro, pero es comedida y, en más de un problema, sacó la cara.

Se hicieron cargo de mi saco, primero lo sacudieron y después lo doblaron prolijamente, dejándolo a mi lado. Alcancé a escuchar “Permiso” y “Espacio”. Pensé: aire lo que necesito es aire…un viento fresco que llene mis pulmones de vida Me colocaron sobre algo de tela verde, me imaginé que era verde, lo veía desde arriba, por sobre las cabezas de los que estaban alrededor mío, aunque yo solamente veía sombras.

 

Ahora veo en colores, pude normalizar la visión; lo que me extraña es que no puedo hablar, intento, pero nadie me escucha, porque no se dan vuelta o porque no miran hacia el lado en donde yo estoy. Tengo límites. No puedo salir de un estúpido rectángulo. Tengo límites. Lo mío, continúa siendo un pequeño rectángulo, mal habido, ahora en el Paddock desde donde apenas puedo ver. Lo único que veo, en realidad, es al cinco que llega sudado y boqueando, apurado por la fusta de Gonzalito. Veo la arena que levantan las patas delanteras, la chaquetilla de vivos colores. El rumor de los gritos ahogados y el terremoto incesante de voces, acalladas por el sorpresivo arribo a la meta de mis sueños. Pasa, delante de mis ojos, un mandil con un cinco, rojo, gigante, bordeado de lauros, de glorias futuras y lejanas. Pero nunca deja de pasar. Ahora mismo, está salpicando arena. La fusta baja y sube. Las patas, apenas se entierran, y vuelven a surgir para el próximo paso de ballet. El mismo viento. Idéntica sensación de eternidad. El galope de los caballos retumba en mi cerebro y le da marco al instante perdido en la nada. Llegó la Charo, con un clavel rojo y lo puso en mis pies. El Ronco, con el sombrero en la mano, le mostró el lugar donde dejé de gritar para siempre; creo que a ella se le cayó una lágrima, se santiguó con recogimiento; él imitó el gesto torpemente, dibujando en el aire un cuatro. Después, se fueron callados, y yo, sin poder interferir, concentré mi mirada en el cinco, que no dejaba de pasar ante mis ojos.

 

En un pequeño instante de espacio temporal, volví a sentir mi cuerpo; el corazón aceleró sus latidos y la sangre volvió a fluir por mis venas y pude abrir los ojos y mis manos me obedecieron.

 —Ya se despertó.

—Señor, señor.

—Sí, ya está bien.

Y me aferré al saco de mi traje, como un náufrago a la tabla de salvación, y busqué el vale, la trifecta, en sus bolsillos…

Aquel que lo doblara prolijito, dejándolo a mi lado, también lo había limpiado previamente, y ahora mismo, estaría viajando a Bariloche, en un Caravelle.