DOUGLAS

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

DOUGLAS

 

Douglas calló y volvió a fijar la vista en el fuego. Nosotros nos miramos sorprendidos, expectantes, y, debo confesarlo, con temor, porque era de noche, porque estábamos en una mansión, porque hacía frío. Y cuando la temperatura baja y el corazón acelera su andar, el silencio hace que todo parezca inmenso, hasta la distancia, hasta el mínimo detalle.

Pero Douglas carraspeó, nos observó uno a uno y recomenzó su relato.

La historia, por lo menos al principio, no difería mucho de las comunes, con suspenso, aunque sabíamos que en cualquier instante iba a ocurrir una desgracia.

Como todo cuento, entendíamos que Douglas se perdiera un poco en descripciones insignificantes, sobre cómo estaban vestidos, o sobre sus peinados, o sus zapatos manchados de barro. Douglas, era un buen narrador y no escatimó en darle un marco lúgubre, diciéndonos que la noche se cernía sobre las pobres criaturas y su padre no había llegado del trabajo o que su madre había ido a entregar una costura, cuando en realidad nos estaba preparando para lo central del relato, mientras los chicos jugaban confiados  y distraídos (pero solos).

Quien no estaba distraído, era el hombre que espiaba por la ventana y abrió con sumo cuidado la puerta trasera, en la oscuridad de la noche.

Tampoco los padres de los niños sospechaban que, cuando llegasen a la casa, se sorprenderían al encontrar las luces apagadas y la puerta de calle abierta.

Aunque Douglas sabía perfectamente bien lo que había pasado, daba rodeos cerca de la misma idea, como si a él también le costara enfrentarse con la verdad.

—Eran cerca de las veintiuna horas cuando algo extraño pasó y los mellizos giraron bruscamente sus cabezas— dijo Douglas.

Mientras él pronunciaba estas palabras, yo cerraba el puño, clavándome las uñas en la piel y lastimaba mis labios, mordiéndolos.

Porque a esa hora y en ese lugar, se estaba por cometer un asesinato y, aunque Douglas no lo había mencionado, ya lo sospechábamos, porque era de noche y en las mansiones de todos los cuentos es la hora propicia para el asesinato y el terror.

Pero éste era otro caso, aquí, los mellizos iban a ser las víctimas. Y las sombras caerían sobre ellos para siempre y los padres llegarían con los brazos bajos, rendidos, aún antes de saber, antes de encontrarse con el destino desesperado y cruel de la desolación.

Cuando Douglas estaba por contarnos el final del  relato,  cuando ya se había preparado para rematar la historia, se escucharon gritos en el cuarto de mamá y sonó un estruendo seco. Mamá, tapándose la cara, salió corriendo hacia la cocina.  Recién ahí, le vimos las manos ensangrentadas.

UNA BOLA DE VIDRIO

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Una bola de vidrio

 

 

Teníamos las copas alzadas, cuando alguien dirigió unas sentidas palabras, porque de inmediato, seguramente, deberíamos brindar haciendo sonar el cristal, mientras la música envolviera el recinto y todos, al unísono, con enormes sonrisas en nuestros rostros, los ojos brillantes, nos besaríamos, deseándonos augurios venturosos.

Recorreríamos el salón, buscando a parientes o amigos para saludarlos, para estrecharnos en un interminable abrazo, como si hiciese mil años que no nos viéramos o como si alguno tuviera que partir a un puerto lejano y misterioso. Y algo de cierto tendría la ceremonia porque, como la existencia misma, todo es un ir y venir, y vivimos como náufragos, aferrados, cada uno de nosotros, a alguna tabla de salvación.

 

Después, cambiaron el ritmo de la música e imperativamente tomaste mis manos y me llevaste hasta el medio de la pista donde bailamos, o mejor dicho, danzaste por los dos, arrastrando  mis pies, manejando mi cuerpo acostumbrado a otras batallas menos cruentas. No sé cómo pude zafar de tanto entusiasmo juvenil, pero logré desaparecer en medio de un giro, me perdí entre un vals o uno de esos ritmos tropicales y sudorosos en que me soltaste, en medio de la muchedumbre.

Llegué hasta la barra y volví a llenar mi copa de un elixir fresco y burbujeante. Me acomodé en un sillón confortable, mientras la música mudaba a un tiempo de sueños, sonando lejana y somnolienta.

Fue entonces cuando, quizá por el alcohol o el cansancio, comencé a ver a todo el mundo al revés, cabeza abajo, como si delante de mis ojos hubiesen colocado una bola de vidrio  trasparente que invertía las imágenes. Supuse que estaba enfermo, grave, o borracho. Pensé, después de darle muchas vueltas al asunto, que mis ojos, demostraban en la práctica otra realidad. Era yo el que estaba cabeza abajo, al revés de las personas, como sobrando en medio de la vida, por más que sonriera, que levantara la copa, que celebrara y dijera a los gritos, en medio de la fiesta y mientras brindábamos: ¡Feliz Año Nuevo!

 

A LA HORA DE LA SIESTA

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

A la hora de la siesta

 

Se acomodaba junto a la ventana y extendía su cuerpo sobre un sillón, vencido por los años y el espanto. Con sus pies sobre un puf de cuero marrón, observaba la calle, la esquina, los transeúntes presurosos y se perdía mansamente en cavilaciones, esperando.

Ese día, la hora de la comida lo encontró desganado y,  por no prender el horno,  se contentó con un par de porciones de pizza que tenía de ayer, buscó una botella de cerveza negra en la heladera y volvió a tomar posición junto a la ventana. Vivía en un primer piso, lugar adecuado por la visión que le proporcionaba la altura  y  la tranquilidad de un vecindario capitalino con aire a pueblo de campo;  una rara mezcla, en una ciudad que fagocitaba a sus habitantes. Él esperaba, mirando la calle, desde su perspectiva de nostalgia.

Escuchaba con claridad el sonido de los trenes, los pitidos de las locomotoras aminorando la velocidad, que entraban resoplando en la estación.

Más tarde, destapó la botella de trescientos cincuenta y cinco centímetros cúbicos, lo suficiente para entonar los recuerdos, bebió un buen sorbo, hasta que sintió escapársele un pequeño chorro por las comisuras de sus labios. Lo saboreó con los ojos cerrados, mirando hacia un sentimiento que conservaba muy dentro de su alma. La bebida fresca y sabrosa recorrió su garganta y calmó la sed añeja, sólo por un instante. Su vida actual estaba compuesta por pequeñas partículas de esperas y sueños, esperas y olvidos, esperas y remordimientos. No era feliz.  Sus gestos duros demostraban que no había podido perdonar a tiempo ¿O él era el que tendría que haber pedido perdón en su momento?

Había cerrado la puerta con furia, y ahora, esperaba que volvieran una tarde.

Durante aquella jornada el sol no perdonaría ni a ricos, ni a pobres, no alcanzaron ventiladores, ni equipos sofisticados. Un corte de luz general había democratizado el calor ruinoso y todo el mundo optaba por apantallarse con lo que tuviese a mano, o a dar bocanadas con desesperación. El aire hirviente del medio día soltaba una extraña sensación de desamparo. Con el tiempo, hasta las más insólitas de las actitudes, se vuelven normales; aquél  hombre obligaba por curiosidad a levantar la vista hacia su ventana, sabiendo que él estaba ahí, escondido detrás de las cortinas.  A nadie le sorprendía demasiado  que observara a las personas en la estación. Los días, marchitos de soles o vientos, golpeaban sobre su vida detenida en una pequeña franja de tiempo y espacio.

Encaramado en su torre de vigía, se levantó sobresaltado del viejo sillón, se cercioró de la importancia de su descubrimiento y salió como  a quien lo lleva el viento. Bajó a la calle con la velocidad que sus piernas y achaques le permitieron, llorando y a los gritos; gesticulaba con sus brazos como las astas de los molinos de aquel viejo caballero del Toboso. El hombre había visto, con total claridad,  a la mujer que había aguardado por años, que con su hija tomada de la mano. Venían caminando por el medio de la calle en esa tarde calurosa y polvorienta. Exaltado, pronunciaba nombres desconocidos, mientras abrazaba llorando a una nube, a un sueño.

Cuando lo trajeron de vuelta a su casa, se encargaron de abrir las ventanas, correr cortinas, encender luces y limpiar un territorio devastado. Recién al otro día, ya sereno, volvió a sentarse en el viejo sillón mirando hacia la ventana. Se estiró a lo largo, pidió el puf para apoyar sus pies y una manta para cubrirse.

Esa noche, como nunca antes, durmió en paz, abrazado a un recuerdo que no nos es permitido conocer, y con una sonrisa en los labios.

UN ONCE DE JUNIO

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Posiblemente, una vez que todo suceda, después de tanta espera,

no sepa distinguir lo correcto, lo esencialmente importante.

 

Necesitaba que llamaras, daba vueltas sobre la misma idea, e iba y venía pateando piedras,  fumando, mirando el techo, en busca del sonido interno que me calme. Pero era imposible, en realidad, esperaba, imperiosamente, tu llamado.

Y al fin, cuando reconocí tu voz, cuando apenas habías dicho: —Hola — yo ya estaba hipnotizado, sabiéndote cercana y amigable.

El reloj despertador, las campanas de la iglesia, el viejo cucú del comedor, los latidos de mi corazón, aceleraban entre sus cuerdas el tiempo del encuentro.

Luego cerré los ojos en busca de mi centro y respiré profundamente.

Esta vez, el tren se detendría en la plataforma.

Es imposible inmovilizar el mundo para que alguien baje o suba a su entera voluntad para torcer el destino, para volver atrás y corregir el pasado.

Allí estabas. Había sucedido. Llegaste una tarde a un andén de estación suburbana, con tu valija famélica en mano, y tu largo tapado marrón que cubrió otros inviernos y otros cuerpos. Caminaste hacia mí. Éramos invisibles para los que, empujados por la rutina, pasaban a nuestro lado, la multitud que rugía incongruencias cotidianas, vómitos contraproducentes, hieles de estío. Sin reparar en que, al mismo tiempo, estabas alargando tu mano y mis dedos se estiraban hacia los tuyos, bajo la conjunción de Tauro.

Sabía, muy dentro de mí, que tenías una piedra de jade (símbolo de nuestro amor) en tus bolsillos, o la guardabas en la valija, o en algún escondrijo del tapado. Y en el momento  preciso, el reflejo del cosmos, encerrado en la piedra, haría su magia. Entonces sí, nos rodearían ángeles y las fuerzas sempiternas girarían a nuestro alrededor, desencadenando una sucesión de acontecimientos sorprendentes e inimaginables.

Supe desde siempre que, para que ocurriera, deberían estar alineados Plutón, en una misma recta, con el Águila triunfante.

 

Pero no, no estaban dadas las coordenadas esenciales, todavía.

 

Puede ser que nada de esto suceda, o vaya a suceder, y vos sigas perdida en una estación de trenes, en un tiempo de sombras, esperando el repique de la campanada equivocada para correr hacia otro destino.

O yo, de tanto esperar y soñar con los hechos meticulosamente orquestados,  me pierda en el mar de las dudas y no pueda darme cuenta del pasaje de los planetas de agua.

Aluciné con vos cerca de mí, que descendías del tren y yo te estaba aguardando.

Y con  tu valija en el baúl del coche, partíamos al campo.

 

Mientras anhelo el gesto que destrabe el devenir del encuentro, a pesar de lo sórdido de los sigilos, estupidizado con los ruidos de una ciudad displicente, mientras vos permanecés suspendida entre una coma de silencios. Y yo,  miro por la ventana ésta noche invernal que alumbra amaneceres,  cielos perdidos, pasajes olvidados, sueños que escaparon de su molde para siempre. Y trato de sobrevivir entre aguaceros y lloviznas. Desolado.

VICIOS MENORES

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Vicios menores

 

San Miguel del Desierto, treinta y dos kilómetros. El cartel verde, con letras que alguna vez supieron ser fluorescentes, se movía acunado por el viento cruzado de la siesta. A lo lejos se veía una columna de humo. La carretera estaba desierta.

El sopor dominical, había influenciado, tal vez, a que pareciera más desierto de lo habitual. La camioneta se detuvo frente al único bar que aparentaba estar abierto. Dos hombres descendieron, sacudieron sus ropas y se acomodaron el pelo, uno, los pantalones, el otro, y adecentados (o por lo menos ellos así lo supusieron) ingresaron al establecimiento. La puerta chirrió molesta  al ser despertada con ese calor, o   desacostumbrada a los forasteros,

o anunciando que había gente, pero nadie se acercó a darles la bienvenida ni a preguntarles nada; en realidad el bar estaba vacío, ningún ser humano en la barra, ni en la caja, ni en la cocina. Recorrieron el lugar, asombrados, y fueron a dar con la puerta trasera que comunicaba al callejón con la esperanza de que allí encontrarían al cantinero. Nada. Volvieron a la calle principal, la cruzaron, para entrar en el almacén de ramos generales, pero tampoco hallaron a nadie. Otra vez, buscaron con los ojos un lugar habitado y amigable, siguieron el sonido de metal, que creyeron pertenecía a un reloj o a una persona trabajando o arrastrando algo suavemente; llamaron a la puerta sin suerte y se metieron en una casa particular, con idéntico resultado.

Uno de ellos creyó que estarían en un servicio religioso, tal vez por la muerte de algún notable del pueblo, o por un casamiento, e instó a su compañero a que fuera con él; cruzaron una apacible plaza de pueblo de provincia con jazmines en flor y canteros de flores, prolijamente cuidados.   Frente a la Municipalidad, haciendo esquina, la Parroquia, en cruz, la Policía y, enfrentados a ellos, el Banco de la Provincia de Buenos Aires. Comenzaron por revisar la Parroquia, pero estaba cerrada y nadie contestó a sus llamados, luego intentaron con la comisaría y lo único que encontraron fue a un pobre preso que, desesperado de terror, les rogaba que lo liberasen y lloraba a los gritos que no quería morir en una cárcel, pero no se animaron, el hombre deliraba con que iba a estallar una bomba mundial sobre sus cabezas y cuantas amenazas apocalípticas se le cruzasen por su pobre entender. Se compadecieron del preso, pero prefirieron no meterse en más problemas, bastante tenían ya, con un pueblo abandonado. Decidieron buscar la camioneta y alejarse del pueblo del interrogante, del pueblo sin repuesta, sin gente, sin música. 

Quiso el destino o el viento que cruzaba la tarde provinciana, que se moviese la puerta del banco, sospecharon que estaría abierto y cruzaron la plaza en diagonal decididos a entrar. No pudieron darse cuenta de que, efectivamente, en el medio de la plaza había caído una bomba de gran porte, que podría explotar en cualquier momento.

Así lo creían los pueblerinos que habían huido del pueblo y, atrincherados en las sierras, observaban el movimiento de los intrusos con un poderoso larga vista. Los habían visto llegar, recorrer el pueblo, entrar en sus casas, pero ninguno se movió de su guarida.

Vieron claramente cuando sacaron una botella de whisky del bar y caminaban bebiendo y brindando por su suerte. Los vieron cuando salieron con una gorra de oficial y con dos cintos y sus pistolas cruzadas sobre sus pechos al estilo Pancho Villa. Hasta rieron cuando se tropezaron en la plaza. Y quedaron atónitos cuando pasaron a pocos metros de la bomba, sin verla. Quisieron avisarles, pero nadie se animó a bajar al pueblo. Vieron cuando cruzaron la plaza y se metieron decididamente en el banco y sacaron plata y jugaban como Tíos Ricos que se bañaban en billetes y cargaban su camioneta con los ahorros de todos, recién ahí se decidieron y bajaron de la sierra con gran alboroto y enojo.

Los dos hombres, alcoholizados y confundidos, optaron por huir a gran velocidad, ya que por los gestos de los pueblerinos descubrieron que no eran bienvenidos. Tratando de detenerlos, los hombres del pueblo bajaron corriendo, seguidos por las mujeres y más atrás los chicos, entusiasmados con la contienda. El comisario no dejaba de hacer sonar su silbato, el dueño del bar revoleaba una servilleta percudida en su mano y hasta el cura se hacía cruces invocando a los ángeles de la guarda. La procesión entró de lleno en la plaza, a los gritos, mientras la camioneta salía disparada por la otra punta, buscando la calle principal  y acelerando a fondo.

No se detuvieron hasta ver el cartel  que anunciaba que, a  treinta y dos kilómetros, había un poblado. Mientras, a sus espaldas, la luz cegadora de un hongo nuclear, borraba de la faz de la tierra  a un pueblo, que alguna vez se llamó San Miguel del Desierto, ahora de la nada.