POSIBLEMENTE, ÉL

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Posiblemente, él

Posiblemente, él tampoco sepa qué hacer. Ya se tumbó,  mal que le pese, frente al televisor, y trató de acomodar su cabeza con un par de almohadas, para evitar tener que mirarse la barriga, que le sobresale como una montaña, cuando está acostado. Mientras ella duerme a su lado, envuelta en la sábana.

 

Improvisó una mesa de luz, con un banco de plástico blanco, donde todas las noches apoya un vaso de jugo, diluido con agua de la canilla. Por si tiene sed o debe  tomar las pastillas, a las seis de la mañana. Tiempo atrás, decidió que el primer remedio del día, lo tomaría a las seis en punto. Es la hora en que  la casa comienza el ritmo cotidiano. Madrugar, es como una obligación impostergable  que debe cumplir, llueva o truene.

Pero hoy, es domingo, es demasiado temprano para comprar el diario de su suegra o las facturas para los chicos, y él no tiene sueño, porque ahora duerme en cualquier momento. Aprovecha las pocas horas de silencio que le quedan libres, hasta que los demás se despierten. Y sale sin hacer ruidos, a la puerta, a fumar un cigarrillo. Mientras ella duerme, envuelta en la sábana.

 

Los  días fueron oscureciendo más temprano y las noches se hicieron larguísimas y pesadas, salvo por el televisor. La televisión tiene para él un atractivo fatal, que lo desvela. En medio de la noche y cuando la casa entera reposa, él mira cualquier programa o unos pocos minutos de cada uno, el cambiador comienza en el camal dos y sigue avanzando  hasta el ciento veintitantos y vuelve hacia atrás, esperando una imagen que esconde en secreto. Sabe que, después de la una de la madrugada, ella aparecerá en una publicidad mexicana. La mujer ideal, la de sus sueños, la que emerge con las lolas turgentes en el mar del Caribe, promocionando una bebida. Y que cada noche la desea, en cuerpo y alma.

No conoce su nombre. Envuelta en su cabellera de fuego, camina por una playa. Después sentada en una roca, donde rompe una ola apacible y con la botella en la mano, mira fijamente la cámara y bebe poniendo los labios en una “o” de asombro. Mientras a él, la frescura de la bebida le da escalofríos y no puede dejar de pensar en esos labios, en esa boca, junto a la suya.

Todo comenzó hace un mes, cuando buscaba un canal de cable que pasa películas burdas. La vio sobre la roca, era la misma mujer, con la misma malla, la mirada maliciosa y esa boca abierta al abandono. Desde esa noche, se acomoda de la mejor manera posible, apaga la luz del cuarto y baja el sonido del aparato para no interrumpir el sueño de su esposa, que duerme a su lado, envuelta en la sábana.

 

Y le es infiel, demoníacamente infiel, porque él ama a esa mujer pelirroja que lo mira a los ojos desde la pantalla del televisor. Buscó hasta que encontró, la cerveza importada que ella bebe con tanto deseo. Y cuando ella levanta la botella, él hace lo propio y cuando ella mira, él la mira, y cuando ella bebe, él bebe, y cree estar haciéndole el amor, sentados en la piedra, junto al mar, donde las olas rompen en silencio y llegan a mojarlo con la blanca espuma que explota entre sus dedos. Mientras ella duerme a su lado, envuelta en la sábana.