APUNTES DE UN NAUFRAGO

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Apuntes I

 

Mi lengua está pegada al paladar, hace tiempo ya que no puedo pronunciar palabras, desganado, taciturno, vago caminando por el barro y hundo mis pies en un enorme sumidero, sin horizonte. El haber encontrado una larga lista con nombres desconocidos, despertó mi obsesión por la búsqueda frenética de otros indicios, que me demuestren que estoy en el camino correcto.

El río me dio una señal inconfundible, en otro tiempo, otra civilización llegó a estos lares. Investigo pistas que me den ánimos para continuar, desfalleciente, pero esperanzado en alcanzar un objetivo tal vez  incierto.

 

Sólo unos pocos alucinados como yo, caminábamos por el espejo de agua más ancho del mundo, convertido en un lodazal primero, y en desierto ahora, donde afloraron las miserias humanas de una sociedad enferma e irreconocible.

 Entre las cosas que me entretuvieron, mientras buscaba algo que me orientara en mi búsqueda de las extrañas grafías y en cierto día que ya no puedo recordar con precisión, apareció una tabla pirograbada con un nombre, “Gibbon Wells”, en respetable estado de conservación pese a los años, cubierta por telas, ahora sólo hilachas. Recordé que, en tiempos de mi colegio secundario, yo había emparentado ese nombre con un “gibón”, un mono capaz de caminar en dos patas, que se movilizaba de rama en rama y a raíz de ese recuerdo, gracioso entre mis condiscípulos, nominado así también el primer globo aerostático que conoció el cielo de Buenos Aires. A poco de salir de plaza de Mayo, fue a estrellarse para siempre en el río color león, un hallazgo anecdótico, aunque falto de todo interés, en estos momentos, para mí. Estaba obsesionado con encontrar otros indicios, naves antiguas o de otros mundos, que avalasen la descabellada teoría que sustentaba. Mis pasos me empujaban hacia las costas de Montevideo. Estaba seguro que, de hallarse algo interesante, sería en sus cercanías, porque fue allí donde naufragaron el noventa y cinco por ciento de los navíos. Yo atribuía a esos barcos, la posible procedencia de mi hallazgo.

 

Los primeros que se lanzaron al barro, también lo hicieron con la peregrina idea de encontrar montañas de monedas de oro, como las que Collado descubrió en 1992, más de cuatro mil monedas, y casi setenta lingotes del mismo metal, del galeón portugués Nuestra Señora de la Luz que, al servicio de España, se hundió en 1752 frente a las costas Uruguayas, en el mismo río que ahora camino sediento. Poco después, enloquecieron de desesperación e impotencia. Llevados por las novedades que creían escuchar o imaginar,  se movían en turba famélica y desenfrenada. Con los ojos enrojecidos, clavados en la tierra cuarteada o en lodazales oscuros, hervideros de alimañas y objetos tajantes que los enloquecían y dañaban sin remedio. Las botas de goma, o los zapatones de acero, fueron desintegrados por el barro, por la podredumbre, por la cloaca inmensa que alguna vez llamamos Río de la Plata.

Insolado, me detenía ante cualquier montículo que sobresaliese y cavaba inútilmente, Un trozo de madera, un hierro herrumbrado, despertaba mi ensoñación y esperanza. La fiebre no me abandonaba, apenas podía avanzar unos pocos metros por día, el sol abrasador me impedía caminar a plena luz del día y lo hacía muy de madrugada o muy entrada la tarde. Con mis pocas fuerzas movía  basurales, descartes de una ciudad que se empecinó por años en eliminar, en el espejo de agua, cuanto desecho inconveniente tenía. Entonces, aparecían cientos de autos tapados de basura, que alguna vez sirvieron para cobrar seguros por robos. O que llevaron en su interior, vidas despreciadas y descartables de aquella ciudad tan culta, que para algunos parecía europea. Metrópoli ahora desaparecida y asolada por pequeñas hordas de vagabundos o delirantes, que buscaban tesoros enterrados a punta de pistola, asaltando a los carroñeros que caminábamos por un páramo desolado y abandonado. Unos pocos empecinados, arrastrando bolsas de arpilleras, refugiándose del sol que quebraba la tierra, cuarteaba en zanjas infinitas, convertidos en espectáculos de otro mundo, irreconocible. Y yo con la boca pegada, sin hablar desde hacía  muchos días, solo.

No había oro, no había tiempo, no había agua, la garganta seca, nubes de insectos tras mis cortaduras, tras las pocas gotas de sangre coagulada de raspones, revoloteando en mi derredor, tratando de que me diera por vencido y me dejara caer para siempre. Voraces, me vigilaban a la distancia, los unos y los otros.

 

Me dolían las piernas. Caminar, me exigía un esfuerzo extraordinario, hundirme en un barro espeso, levantar el pie, despejar el paso arrastrando inmundicias. Todo acentuaba el cansancio.  En algún claro de tierra seca o firme, descansaba,  tratando de ver en la distancia, el próximo. Llegué a un pequeño espacio cubierto de madera y varas, en medio del mar de los juncos por los que caminaba. Me apoyé sobre las maderas con cuidado, estaban un escalón más alto que el resto, crujieron y estuvieron a punto de romperse en mil astillas pero me aguantaron,  me acosté de panza,  las sentía húmedas,  pero firmes. No puedo recordar cuanto tiempo estuve inmóvil, descansando en el pequeño paraíso. Por las formas de los tablones, reconocí un antiguo casco que sobrevivió a los años y a los embates de las aguas, buena madera y mejor curada, pensé, del mil ochocientos, tal vez. Descargué la mochila, que para ese entonces formaba parte de mi cuerpo, y mi lomo pudo respirar libremente. Me quité la camisa y sequé mi espalda. Ya había olvidado la suavidad de una toalla, o de un baño con agua dulce. Repuesto y reconfortado, aunque fuera por unos segundos, no dejaba de luchar con las nubes de mosquitos que disputaban  mi sangre. Tomé una pala de campaña y busqué el límite, el borde exacto de mi hallazgo. Este río de barro, en su mejor tiempo, fue la tumba de más de dos mil naves que se engañaron con sus aguas, en apariencia calmas. Buscaba afanosamente cualquier indicio, algún nombre o inscripción que delatase su procedencia. En medio de los rayos del sol, que alargaban las horas de una manera distinta e irreconocible para un citadino, trabajaba con desesperación, pero también con sumo cuidado. No podía despertar las sospechas de nadie porque, pese a estar completamente solo, en medio de la nada, como perdido por el estuario, ellos vigilaban mis movimientos y caerían como hordas en cuanto encontrase algo que brillara.

Buscaba con mis dedos un resquicio, una abertura que me permitiera llegar a la bodega, o que conectase directamente con algún cofre lleno de monedas de oro y plata. Estaba afiebrado y tiritaba. A lo lejos, divisé a otras personas que aparecieron de repente en el horizonte y venían rumbeando en mi misma dirección.

 

 

Apuntes II

 

Un fuerte retorcijón en mi estómago, que crecía silencioso y persistente, me quitó el último aliento. Envuelto en la neblina, sentí muchísimo frío y caí nuevamente sobre las maderas y ahí quedé, no sé por cuantas horas, con un fortísimo dolor. Cuando desperté, había transcurrido demasiado tiempo, estaba amaneciendo y yo aún temblaba. Largas horas en la misma posición, adormecían mis piernas, y sentía un fuerte dolor en el hombro derecho, el brazo me colgaba inerte y sin fuerzas. Un olor insoportable, fétido, proveniente del gran charco, me inundaba y todo en mí, hedía a estiércol. Tuve que sacarme los pantalones, sucios de excrementos y revolearlos lejos, no se podrían volver a usar en esas condiciones. Me senté con  dificultad sobre las tablas. En ese momento deseé, con todo mi corazón y mis entrañas, un poco de agua dulce, límpida y fresca. Y volví a desmayarme.

 

No podría decir que soñaba, las imágenes eran terriblemente vívidas: gritos, personas heridas, descuartizadas vivas, el olor a sudor de caballos, la huida, tropezándome entre las piedras y el miedo y el humo renegrido que se levantaba sobre el horizonte. Sufría, me retorcía de espanto, o trataba de escapar y me seguía arrastrando en medio de esa otra realidad, tan semejantes entre sí. La diferencia consistía en que aquella era en marrón sepia como el río, como la tierra misma, (pero de eso no me di cuenta hasta mucho tiempo después).

Primero, unas pequeñas gotas, me mojaron la cara, luego, como ondas que llegaban y me acariciaban y volvían a irse, se escurrían  entre los dedos de mis manos. No recuerdo haber pensado en nada, sólo instintivamente bebí hasta despertarme, sin pensar en las consecuencias. Era agua sucia, llevando restos de ramas podridas, animales muertos, desechos de una sociedad que se consumió a sí misma. Sumergí la cabeza  y me restregué los ojos, y cuando pude comprender que aún vivía, me abandoné en el lecho de barro. Entonces, recordé que debería tener cerca mí la mochila y la pala de campaña, pero no pude hallar nada. Era muy posible que me la hubieran robado aquellos que caminaban perdidos por la tierra. Con sumo cuidado,  volví a mi tabla de salvación y traté de  incorporarme hasta que logré hacer pie y mirar a mi alrededor.

Salvo el montículo donde estaba parado y hasta donde alcanzaba a ver con la escasa luz del amanecer, todo era ahora un páramo de chocolate. El agua abundante había cambiado radicalmente el panorama y de a poco subía el nivel en lo que había sido el lecho del río. No tuve que pensarlo mucho y tomando por guía el nacimiento del sol, me decidí a caminar hasta las antiguas costas de la ciudad. Tratando de llegar antes que todo se convirtiese en un río indómito y porque a medida que caminaba, me iba hundiendo aun más en un lodo gelatinoso. Me acompañaban los fantasmas. Creía sentir voces, galopes y aullidos desgarradores. Aquella tierra estaba maldita, se había derramado muchísima sangre inocente y ahora llegaba la hora de la revancha, de cobrar viejas deudas. Mi cabeza funcionaba entre tinieblas, el intenso dolor en mi estómago, los retorcijones, no me habían abandonado y, muy por el contrario, en la última hora, se acentuaban las puntadas dolorosas, que me obligaban a detenerme o a doblarme en medio del camino. Pero para mí, la situación había cambiado radicalmente. Saqué fuerzas de mi nada, y a poco de andar divisé un horizonte amplio y liso. Después de semanas de vagar en el estuario, veía tierra firme, cubierta por brumas o el humo de algo que ardió durante días. El olor a caucho, o a grasa quemada, me retorció el estómago, pero me acercaba. Durante todo este tiempo no había dejado de llover, una lluvia ácida y pegajosa resbalando sobre mi piel como un bálsamo. Alcanzaba  la costa con un par de viejos borceguíes, despanzurrados y con muestras del duro combate acaecido y casi totalmente desnudo.

Los últimos metros fueron terribles,  no llegaba nunca y lo que parecía muy cerca, se alejaba o se desvanecía en medio del humo y el olor a chicharrón. En varias oportunidades tuve que buscar un lugar donde poder afirmarme y esperar a que pasara el mareo y la descompostura intestinal, por la ingestión de agua  contaminada.

Trepé sobre los hierros de un antiguo remolcador y descansé  por un largo tiempo.  El sol ya brillaba a pleno y volvía creíble el paisaje. Había estado caminando por horas, en forma paralelo a la tierra, metiéndome en la desembocadura de un río desconocido. Los últimos metros los hice nadando o caminando, no había forma de avanzar demasiado, mis fuerzas estaban aniquiladas. Un muelle destrozado, hizo que me pudiese aferrar a sus viejas maderas y trepar gateando hasta que pisé nuevamente tierra firme. Fue tan conmovedor, que me abandoné a llorar en una playa ignota.

Volvió a llover, ahora el agua me parecía cálida y reconfortante. Entonces, pude dormir muchas horas seguidas o por lo menos así lo creí, hasta que sentí que alguien me tocaba con un palo y trataba de girarme para distinguir si aún estaba vivo. Lo dejé hacer, sentí que me quitaba los borceguíes, tenía los pies hinchados. De inmediato,  pensé en mi madre, creí que era ella la que había venido a socorrerme. Mis pies libres pudieron mover los dedos, entreabrí con muchísima dificultad el ojo que no estaba tapado por la mugre y advertí que alguien, con el pie mucho más chico que yo, se había calzado mis zapatos y se alejaba con grandes zancadas.                                                                                                                                                                                                                                                                                

Salí del líquido elemento, desnudo y descalzo, como el primer hombre que volvió del destierro.

Había nacido de nuevo.

 

Apuntes III

 

Estaba pisando tierra firme pero mi cuerpo seguía deteriorado; a las intensas puntadas y retorcijones, ahora se le sumaba un dolor de cabeza intolerable; busqué la sombra del resto de unas paredes derrumbadas para descansar. En mis ojos, el exceso de luz solar estaba pagando su precio y me dolían hasta las cavidades internas, un dolor penetrante y tenaz. Aquel papel plegado, había quedado en mis pantalones, o quizás lo usé para higienizarme en una de mis descomposturas, de todas maneras no lo lamenté. Mi única preocupación del momento  era tomar fuerzas  para mantenerme erguido y  volver a caminar. Me sentía  ahogado por el humo irrespirable de aquella ciudad.  En medio de mis delirios se me presentaban los nombres de las personas que aparecían en la lista, personas desconocidas que tiraban de la manga de mi camisa, rostros, mostrándome todos sus dientes  y diciendo “Yo soy Zutano”.

El humo olía cada vez peor, era una nube negra que se asentaba sobre mi cabeza y lo cubría todo, un olor repugnante que me provocaba arcadas. Busqué algún trapo o ropa para cubrir mi desnudez. Por suerte, en su huida, la población había descartado mucho de lo que llevaba, y  pude encontrar un par de prendas aceptables.  No había agua  dulce y  limpia para beber, creía que, de haberlo hecho, mi cuerpo sanaría más rápido. En mis delirios, producto de la insolación, escuchaba a una multitud de alaridos, de gritos de terror, mezclados con el intenso olor a carne quemada. Escondido entre las ruinas de una antigua mansión, pude observar con asombro y un miedo tal que todo mi cuerpo entró en una convulsión imparable, el cuadro dantesco de un par de miserables peleándose por una pierna de alguien, al que habían asado a la parrilla.  Reprimiendo el horror, me escondí  para no ser descubierto. Pero sentía tanta hambre que hasta yo mismo hubiese corrido a unirme a esos antropófagos. Volví a desmayarme, esta vez, de asco. En mi ensoñación, escuchaba gritos de guerra, ciudades sitiadas, sangre derramada y hombres comiéndose a los mismos hombres. “La sangre de tu hermano reclama justicia al cielo”, me repetía, una y otra vez, en medio de la fiebre. Nuevamente, esta tierra estaba reclamando por el ultraje. Volvían las hordas hambrientas a cruzar gritos y maldiciones.

Había perdido la cuenta de los días en que estuve oculto en las sombras, y como no oía sonido alguno, fui asomando muy lento mi cara a la luz del sol, que calentaba furiosamente el desierto o las ruinas de una ciudad que nació a contramano y terminó abortada, como debía.

El fuego había convertido lo poco en nada. Devastado, caminaba en lo que ayer había sido una avenida y doblaba en otra que me parecía conocer, cuando descubrí que el piso estaba cubierto de boletas con nombres como los que yo trataba de descifrar. Las paredes estaban cubiertas de carteles con la foto de un hombre que sonreía.

Una multitud hipnotizada se acercaba caminando hacia una mesa, no había vida en esos ojos,  cada uno llevaba una boleta en sus manos doblaba prolijamente,  la introducían por una ranura y se retiraban caminando.

Un gran contador gigante sumaba, uno por uno, los votos.