LA CASA

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

La casa

 

 

La casa de la calle La Rioja comenzó, drásticamente, a mostrar signos de decrepitud. Al principio, las canillas empezaron a no soportar ni los cambios de cueritos, las roscas se fueron diluyendo y no contenían las gotas que se deslizaban, como por un tobogán, con total libertad, inundando el patio.

Los altos techos, blancos otrora, transmutaron en grises y después, en sombras chinas. Las puertas dejaron de rechinar y sus bornes de bronce rodaron atolondrados por la escalera, piso abajo. Un tiempo de lluvias incesantes logró perforar el techo de la habitación de la abuela y no se encontró mejor remedio que cerrarlo con llave y abandonarlo. El empapelado de flores lilas, transmutadas en hadas de alas marrones, se mimetizaron con el espacio iluminado de rosa viejo por el velador y fueron, de a poco, remontando otros sueños. El techo del dormitorio de Juana craqueló espontáneamente su compostura espacial. Aunque, cuartos eran los que sobraban. Para esos tiempos, ni los hijos, ni los hijos de  los hijos, venían de visita y las tardes se hacían interminables. Ya no necesitaba los lentes ajustados sobre su nariz para leer el diario, ni siquiera los titulares le llamaban la atención.  La última muchacha que trabajó con ellos, había juntado una buena pila de periódicos para regalarlos al primer cartonero que pasó, antes de no volver jamás a la casa, llevándose unas baratijas de oro, que encontró olvidadas en un alhajero. La humedad había ganado la batalla y se enseñoreaba sobre todas las cosas. Así y todo, Don Miguel, como lo conocían en el barrio, se apoltronaba en el viejo sofá del living, todos los días, con los ojos entrecerrados.

 

Durante una semana, una prima de ella había hecho los arreglos para que todo sucediera espontáneamente. Él la vio llegar moviendo los pliegues de sus faldas, guantes blancos, sombrero de paja con un tocado de flores rococó y una mirada ingenua pero fulgurante. De familia conocida y respetable, una joven sana, educada, hablaba resaltando las eses y arrastraba un pequeño tono afrancesado cuando debía pronunciar palabras con doble ere, que le otorgaban una simpática seducción. El trabajo de los celestinos fue perfecto. Don Miguel se enamoró a primera vista. Ella, mucho más joven, encontró en él a un hombre maduro y de buen pasar con quien formar una familia. Perdido irremediablemente en el encanto  de la joven muchacha, fue descubriendo con el tiempo que hacían una pareja perfecta. Salvo por una pequeña e insignificante manía…

 

Juana Matilde Estrada Martínez, dueña de un ángel especial, lo había deslumbrado. Él la seguía, viéndola subir o bajar las largas escaleras, siempre afanada en alguna  importante actividad, en la casona señorial del Parque de los Patricios.

Los dos hijos no se hicieron esperar, llegaron uno tras otro, varón y mujer, según el orden establecido, llenando la casa de voces y sonidos. Miguel pretendía aumentar la familia, hermano de seis rubicundos Rodríguez Antuña, pensaba que su prototipo de familia numerosa era la clave de la felicidad de los padres, y no comprendió nada de lo que un día, su amada Juana, trató de explicarle en cuanto idioma y actitud estuviese a mano.

Al principio, por respeto a la cuarentena de abstención, propia de parturientas, luego pensó en los disgustos de criar a dos niños al mismo tiempo o el trauma posparto o la influencia de la luna en el carácter y comportamiento de su amada.  A los cuatro años, después del  nacimiento de su hija y habiendo agotado todos sus deseos, decidió sentarse en el sillón del living a esperar que la manía desapareciese de su alcoba.

Después, y cuando creyó pertinente asaltar la torre fortificada, encontró tanta resistencia y fue tal su desesperación, que prorrumpió en gritos desaforados, maldiciendo la frialdad de su amada y reclamándole por el infierno en que lo mantenía ardiendo, peor que el peor de los demonios, hijo de Belcebú.

 

Fue entonces, cuando la casa empezó a desbarrancar hacia un costado. El revoque de los cuartos que daban sobre la calle Pedro Echagüe fueron a dar por tierra y dejaron desnudos los ladrillos, con una vieja amalgama de barro y arena. Ese fue el comienzo de la rebelión. Explotaban lámparas, los cables de electricidad, bañados en agua, que aparecía sorpresivamente goteando en lugares insólitos, y los pisos de madera, convertidos en trampas para obesos o de pasos descuidados. De los tres baños que funcionaban en épocas de esplendor, se pudo rescatar el del dormitorio. La cocina del fondo pasó a ser depósito de los trastos que los hijos dejaban en la casa paterna y se fueron cerrando con llaves aquellos lugares a los que ya era inútil volver. La casa entera acompañaba los malos humores y los hijos, crecidos en otro ambiente, optaron por marcharse lo antes posible.

 

Miguel y Juana no cambiaron en lo más mínimo, compartían con frialdad y estoicismo una vida de apariencias, hasta que Juana invitó a convivir con ellos a una vieja amiga de la infancia. La casa por un tiempo, volvió a tener sonidos y risas, largas confidencias de amigas entrañables, que compartían hasta altas horas de la madrugada antiguas charlas con café y alguna copa de buen cogñac. El invierno fue apropiado para  quedarse juntas en la mesa de la amplia cocina, mientras Miguel, cansado de estar sentado solo en la sala, se retiraba a su cuarto,  dormía sin compañía y despertaba con un gusto amargo en la boca.

 

Las mujeres,  a cualquier hora de la noche, iban o venían del baño a la sala y pasaban frente a la cama matrimonial de Miguel, ahora desolada.

Él, desarrolló un agudo sentido de la audición, captaba a través de las paredes  las risas y los jugueteos de las amigas, después, cuando el cansancio ganaba los cuerpos  y el silencio reinaba en su casa, recién entonces podía dormir y dejaba de hacer que dormía, vencido también él, por el agotamiento.

Una mañana, se despertó intrigado por el silencio, fue al baño y volvió a su dormitorio como de costumbre, cuando se percató de que Juana estaba acurrucada a los pies de la cama. A partir de esa noche, la amiga de su señora no apareció nunca más y él no se animó a preguntar por su destino. Juana tampoco tocó el tema. Pero su mujer permaneció distante y llorando a escondidas. “Tiempo al tiempo” se dijo para sí Miguel y espero infructuosamente.

 

En menos de un año, Juana moría, se dejó morir, enferma de nada o de todo.

Llegaron parientes olvidados y lejanos a besarlo y a desearle un consuelo inexistente.

Hacía tiempo que, para él, la vida había dejado de latir, como la casa de la calle La Rioja, como él mismo, sentado siempre en un sofá desvencijado, esperando a la señora de las manos frías, antes de que el techo se le caiga en la cabeza.

CARTA CIRCULAR A MIS AMIGOS

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Carta Circular a mis Amigos

 

Queridos Amigos:

                              Seguramente se sorprenderán, al no verme en los lugares donde sabíamos encontrarnos. No, no estoy en bancarrota, ni me gané un importante premio en la lotería, ni estoy preso, confinado en una isla desierta. Tampoco me casé o tengo prohibido transitar por donde antes lo hacía. Ni me divorcié, como suponen los habitué del bar, ni enviudé, ni se murió mi suegra.

 

Algunos comprenderán lo que me está pasando. Aunque no son los únicos que me extrañan o creo que así lo sienten. Mi familia más cercana también tiene esa extraña sensación.

 

Otros opinan que me agarró el “viejazo”, de repente, como quien contrae la “Gripe Aviar”, tan sólo por respirar en un colectivo abarrotado de gérmenes ambulantes. Lo mío, en realidad, es demasiado sencillo, casi una pelotudez  al cuadrado (dirán algunos) y con razón. No obstante, mis sofisticados amigos sociólogos lo entenderán, desde la perspectiva de la crisis de los cuarenta, que ojalá me agarrase de nuevo, aunque sea para sentirme como hace veinte años atrás.

¿Podría ser la andropausia?— pregunto— y ni yo mismo sé que responderme.

 

La cuestión es que todo arrancó con una pequeña indisposición emocional, que es muy parecida al espanto, o al asco, o al hartazgo, o a la abulia, o a la desesperación y me repercutió en todo el cuerpo (¿astral incluido?).

 

Cuando era joven, solía despertarme al amanecer con la televisión encendida. Durante mis horas de pesadillas, había recibido cientos de extraños sonidos y juegos hipnóticos de rayas negras y blancas, taladrando mi cerebro, o lo que quedase de él, desde la gris pantalla titilante. Me levantaba a tientas y volvía con un botellón de agua helada. (Me hubiera gustado derramarla en mi cabeza y en todo mi cuerpo y, como en los sueños publicitarios, vivir en un loft y tener una rubia despampanante que gimiese, con solo verme llegar sin camisa, apenas cubierta con una sábana de seda negra).

 

Aquello que quedó en blanco no fue la pantalla de mi televisor, sino fueron mis ganas de escribir o de leer, harto ya de darme cuenta, que jamás podría hacerlo como  Cheever o Spanbauer.

 

Entonces, algo me succionó el cerebro. Primero fue abrir una compuerta que ya sabía de riesgo, me lo había advertido Mario Levrero en la Novela Luminosa. A él le sucedió igual. Esa maldita noche, amparado por la oscuridad de mi estudio y el sonido alucinante de Bob Marley, cantando a la Babilonia de mis días aciagos, me tomé el atrevimiento de dejar que se abriese una brecha en mi fortaleza. Y es sabido que, el enemigo, donde puede poner un pie, pone también un puntal y hace derrumbar,  con el tiempo,  toda muralla fortificada o no, da lo mismo, caer cae y así, silenciosamente, dejé entrar al adversario a mi templo santo.

 

Mientras,  yo,  engañado trataba de acomodar un diez rojo y debajo un nueve negro de pique y una y otra vez, ganaba y perdía, sin poder despegarme de la silla hasta las tres de la mañana.

Eso trajo la revancha y luego la revancha de la revancha y no hubo marcha atrás y se fueron alineando los colores entremezclados, revueltos y caprichosos, dándome pequeños gozos entre cientos de estruendosos fracasos, a los que seguía el deseo interno de la venganza a toda costa.

El sueño cambió la manera de vivir mis días y al caer el sol, me arrebataba el espíritu de las barajas, de las brujas bajas, y me escaleraban el alma en un descenso encaracolado o encarcelado.

 

Fue así, que no contesté los mails que ustedes todavía me mandaban y sin leer borraba para siempre y los perdía de mi memoria. El deleet, fue la tecla más usada en esos momentos de mi vida, o de lo que quedaba de ella, hasta que algunos se fueron cansando y dejaron de tenerme en cuenta.

 

Un día, atroz día, se cortó la luz en casi toda la ciudad, después de un diluvio que arrasó con conductos y calles llenas de basura. A la luz de las velas, me encontré puteando a la vida, sentado frente a una máquina muerta de la peor muerte, que no es la silla eléctrica, sino la silla sin luz. La computadora, totalmente apagada, y en silencio.

Me quedé sentado, velándola hasta que el sueño y los ojos rojos de llanto me llevaron a la cama.

—Otro día así no puedo soportarlo—lo dije y repetí hasta que se me hizo carne.

 

Desde esa jornada, tomé la firme decisión de un hombre sexagenario y responsable…escribirles a todos ustedes esta “Carta Circular” para explicarles el porqué.

 

Me mudo. No hace falta que vengan a despedirse, ni a saludarme.

Me voy a otro lugar, al norte, bien al norte, donde me explicaron que es casi imposible que sucedan este tipo de imprevistos, un país donde existen garantías personales y comunitarias y donde, mínimamente, me aseguraron, no hay cortes brutales, como los de este pueblo. Y donde pueda terminar de jugar, cuantas veces quiera, al “Solitario”.