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Abril 08, 2010
La casa
La casa de la calle La Rioja comenzó, drásticamente, a mostrar signos de decrepitud. Al principio, las canillas empezaron a no soportar ni los cambios de cueritos, las roscas se fueron diluyendo y no contenían las gotas que se deslizaban, como por un tobogán, con total libertad, inundando el patio.
Los altos techos, blancos otrora, transmutaron en grises y después, en sombras chinas. Las puertas dejaron de rechinar y sus bornes de bronce rodaron atolondrados por la escalera, piso abajo. Un tiempo de lluvias incesantes logró perforar el techo de la habitación de la abuela y no se encontró mejor remedio que cerrarlo con llave y abandonarlo. El empapelado de flores lilas, transmutadas en hadas de alas marrones, se mimetizaron con el espacio iluminado de rosa viejo por el velador y fueron, de a poco, remontando otros sueños. El techo del dormitorio de Juana craqueló espontáneamente su compostura espacial. Aunque, cuartos eran los que sobraban. Para esos tiempos, ni los hijos, ni los hijos de los hijos, venían de visita y las tardes se hacían interminables. Ya no necesitaba los lentes ajustados sobre su nariz para leer el diario, ni siquiera los titulares le llamaban la atención. La última muchacha que trabajó con ellos, había juntado una buena pila de periódicos para regalarlos al primer cartonero que pasó, antes de no volver jamás a la casa, llevándose unas baratijas de oro, que encontró olvidadas en un alhajero. La humedad había ganado la batalla y se enseñoreaba sobre todas las cosas. Así y todo, Don Miguel, como lo conocían en el barrio, se apoltronaba en el viejo sofá del living, todos los días, con los ojos entrecerrados.
Durante una semana, una prima de ella había hecho los arreglos para que todo sucediera espontáneamente. Él la vio llegar moviendo los pliegues de sus faldas, guantes blancos, sombrero de paja con un tocado de flores rococó y una mirada ingenua pero fulgurante. De familia conocida y respetable, una joven sana, educada, hablaba resaltando las eses y arrastraba un pequeño tono afrancesado cuando debía pronunciar palabras con doble ere, que le otorgaban una simpática seducción. El trabajo de los celestinos fue perfecto. Don Miguel se enamoró a primera vista. Ella, mucho más joven, encontró en él a un hombre maduro y de buen pasar con quien formar una familia. Perdido irremediablemente en el encanto de la joven muchacha, fue descubriendo con el tiempo que hacían una pareja perfecta. Salvo por una pequeña e insignificante manía…
Juana Matilde Estrada Martínez, dueña de un ángel especial, lo había deslumbrado. Él la seguía, viéndola subir o bajar las largas escaleras, siempre afanada en alguna importante actividad, en la casona señorial del Parque de los Patricios.
Los dos hijos no se hicieron esperar, llegaron uno tras otro, varón y mujer, según el orden establecido, llenando la casa de voces y sonidos. Miguel pretendía aumentar la familia, hermano de seis rubicundos Rodríguez Antuña, pensaba que su prototipo de familia numerosa era la clave de la felicidad de los padres, y no comprendió nada de lo que un día, su amada Juana, trató de explicarle en cuanto idioma y actitud estuviese a mano.
Al principio, por respeto a la cuarentena de abstención, propia de parturientas, luego pensó en los disgustos de criar a dos niños al mismo tiempo o el trauma posparto o la influencia de la luna en el carácter y comportamiento de su amada. A los cuatro años, después del nacimiento de su hija y habiendo agotado todos sus deseos, decidió sentarse en el sillón del living a esperar que la manía desapareciese de su alcoba.
Después, y cuando creyó pertinente asaltar la torre fortificada, encontró tanta resistencia y fue tal su desesperación, que prorrumpió en gritos desaforados, maldiciendo la frialdad de su amada y reclamándole por el infierno en que lo mantenía ardiendo, peor que el peor de los demonios, hijo de Belcebú.
Fue entonces, cuando la casa empezó a desbarrancar hacia un costado. El revoque de los cuartos que daban sobre la calle Pedro Echagüe fueron a dar por tierra y dejaron desnudos los ladrillos, con una vieja amalgama de barro y arena. Ese fue el comienzo de la rebelión. Explotaban lámparas, los cables de electricidad, bañados en agua, que aparecía sorpresivamente goteando en lugares insólitos, y los pisos de madera, convertidos en trampas para obesos o de pasos descuidados. De los tres baños que funcionaban en épocas de esplendor, se pudo rescatar el del dormitorio. La cocina del fondo pasó a ser depósito de los trastos que los hijos dejaban en la casa paterna y se fueron cerrando con llaves aquellos lugares a los que ya era inútil volver. La casa entera acompañaba los malos humores y los hijos, crecidos en otro ambiente, optaron por marcharse lo antes posible.
Miguel y Juana no cambiaron en lo más mínimo, compartían con frialdad y estoicismo una vida de apariencias, hasta que Juana invitó a convivir con ellos a una vieja amiga de la infancia. La casa por un tiempo, volvió a tener sonidos y risas, largas confidencias de amigas entrañables, que compartían hasta altas horas de la madrugada antiguas charlas con café y alguna copa de buen cogñac. El invierno fue apropiado para quedarse juntas en la mesa de la amplia cocina, mientras Miguel, cansado de estar sentado solo en la sala, se retiraba a su cuarto, dormía sin compañía y despertaba con un gusto amargo en la boca.
Las mujeres, a cualquier hora de la noche, iban o venían del baño a la sala y pasaban frente a la cama matrimonial de Miguel, ahora desolada.
Él, desarrolló un agudo sentido de la audición, captaba a través de las paredes las risas y los jugueteos de las amigas, después, cuando el cansancio ganaba los cuerpos y el silencio reinaba en su casa, recién entonces podía dormir y dejaba de hacer que dormía, vencido también él, por el agotamiento.
Una mañana, se despertó intrigado por el silencio, fue al baño y volvió a su dormitorio como de costumbre, cuando se percató de que Juana estaba acurrucada a los pies de la cama. A partir de esa noche, la amiga de su señora no apareció nunca más y él no se animó a preguntar por su destino. Juana tampoco tocó el tema. Pero su mujer permaneció distante y llorando a escondidas. “Tiempo al tiempo” se dijo para sí Miguel y espero infructuosamente.
En menos de un año, Juana moría, se dejó morir, enferma de nada o de todo.
Llegaron parientes olvidados y lejanos a besarlo y a desearle un consuelo inexistente.
Hacía tiempo que, para él, la vida había dejado de latir, como la casa de la calle La Rioja, como él mismo, sentado siempre en un sofá desvencijado, esperando a la señora de las manos frías, antes de que el techo se le caiga en la cabeza.
