«CÓMO ME DUELE EL AMOR»

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

 “Cómo me duele el amor”

 

 

Tengo el ojo pegado al pavimento. Siento un ardor terrible en la frente. La sangre brota de mi nariz y cae por mis mejillas. Me duele la nariz, pero es un dolor distinto al de la frente, que inmediatamente se hinchó, como el pómulo, y parte del arco superciliar izquierdo. No estoy mareado, sólo un poco aturdido. Siento un par de manos de hombre que me levantan del suelo como si fuese una pluma, a pesar de mis cien kilos. Estoy parado. Instintivamente, busco mi pañuelo y trato de tapar la herida de la nariz, la sangre resbala en mis manos temblorosas. Me duele el hombro izquierdo, debo haber caído de golpe sobre ese lado. Tengo los ojos cerrados.

 

(ELLA FUE LA QUE TIRÓ A QUEMARROPA).

 

Estoy tratando de sostenerme en pie, sin desmayarme, a pesar del dolor en las costillas. No puedo, siento que me doblo en cámara lenta, o por lo menos me parece que estoy cayendo como una bolsa de papas. Otra vez al suelo, y ahora mi camisa está cubierta de sangre y mi mano trata de tapar el buraco que me hizo la bala con la que me bajaron. Caigo, pero con los ojos abiertos, es una hermosa noche, oscura, fría, tan lejos de casa.  

 

Estoy despierto, aunque todavía no pude abrir los ojos. Escucho las conversaciones de las enfermeras que entran y salen a cada rato, no tengo deseos de mirarlas. Comentan mi gravedad, sin darse cuenta de que estoy despabilado. Huelo a Pervinox.  Por lo que puedo oír, estoy internado, en la terapia intensiva, del hospital Churruca. ¿Es de día o de noche? ¿Y qué hora es? Me abandoné en una nube sin tiempo. Cada tanto vienen y me inyectan morfina o algo parecido porque entro en una pesadilla de luces y monstruos, pero no tengo miedo, creo que perdí hasta la posibilidad de sentir.

 

(FUE EN UNA EMBOSCADA).

 

¿Cuántos días pasaron desde esa noche? Salgo de un sueño y entro en otro, cada tanto sé que me cambian las sábanas porque me mueven, giran mi cuerpo, me higienizan  y vuelven a acomodarme en esa cama que no es la mía y a la que no podré acostumbrarme nunca. Hay demasiada luz. Sueño que pasan volando sobre mi cabeza una bandada de grullas y estoy por cruzar un río lleno de peces carpas de muchísimos colores. Y salto. Jamás llegaré a la otra orilla, porque sigo saltando, eternamente, despegado de las dos orillas y sin destino.

 

—Volvió— me dijo un doctor, mientras llamaba a alguien que yo no conocía. Y vinieron uno, dos, tres y unos cuantos más, que me examinaban con esmero. Abrían mis ojos con sus dedos,  y me iluminaban con un reflector potente, anotaban índices y comparaban cuadros con curvas ascendentes de color rojo o azul.

 —Siga así, y lo pasaremos a un cuarto para usted sólo—dijo otro de los presentes, con anteojos redondos y pelo encanecido. Después, volvieron a sus tareas y yo respiré profundo.

 

(ME TRAICIONARON, ALCANCÉ A GRITAR).

Hasta que un estilete de  dolor en mis costillas, me hizo tomar conciencia del balazo alojado en mi cuerpo. Entonces comprendí. Estaba herido, pero vivo. 

Los doctores se las arreglarían para salvarme. Yo pondría voluntad para caminar y otra vez a la calle, pensé.

—Veo que ya puede ver, sentir y hablar—dijo mi custodio—y se paró a mi lado esperando que lo invitara a sentarse. Suspiré y traté de poner la mejor cara de boludo posible.

Me quedó mirando directamente a los ojos. Y yo volví a perderme en una nebulosa de color azul uniforme policial. Cansado, apreté los párpados hasta que sentí que alguien se retiraba, mientras  otro venía a sentarse a mi lado, en una vieja silla de hierro, pintada de blanco. No entendía lo que hablaban. Veía sus gestos, el movimiento de sus labios, sus dientes amarillos de tabaco y abandono, pero no lograba razonar coherentemente. Demasiadas palabras juntas. A mí  apenas me alcanzaban un par de gruñidos para comunicarme, o tal vez, medias  palabras.

 

(FUE UN IMPACTO, CALIENTE, DULCE, COMO SUS OJOS).

 

La claridad se filtraba por la ventana, reflejándose en el espejo, y yo me perdía, esa tarde, entre los miles de partículas de polvo que se movían en suspensión, iluminadas fugazmente. 

Cada tanto, alguno de los que velaban mis desvaríos, me secaba la frente o insistían en darme agua, al principio con una gasa humedecida y después con un sorbete, en una toma pequeña y regular. Y yo volvía en mis sueños a ser cubierto por unas plantas rastreras, que me trepaban por las piernas y sujetaban mis brazos alrededor del árbol del conocimiento, del bien y del mal. Temblaba. No podía sujetar mi cuerpo y quería tirarme de la cama, como quien se arroja de un tren a toda marcha, mi cara chocaba con cientos de cardos y cactus de grandes espinas.

 

(JURO QUE POR PURO INSTINTO YO TAMBIÉN LE APUNTÉ A LOS OJOS).

 

Me faltaba el aire, me  ahogaba, en una zanja mugrosa, en medio de la pampa. Los oídos me zumbaban. Tenía frío, el frío mortal, el de la sonrisa. La helada blanca, que se quiebra cuando se pisa en la madrugada, cuando los primeros rayos de sol iluminan el campo y hay miles de gotas de cristal.

 

Lo primero que sentí fue un lejano olor a violetas, muy tenue y dulce. Su pelo rozaba mi piel y me pasaba un paño húmedo por todo mi cuerpo.  Ayudada por alguien que estaba lejos de mi vista, me giraron y acomodaron boca abajo. La humedad recorrió mi nuca y se detuvieron a quitar unos mazacotes de cabellos  pegados con sangre coagulada. Refregó la espalda y llegó a mis partes pudendas con mucho respeto y cuidado. Podía escuchar, a esa altura, la conversación que mantenían entre ellos. Juan y Estela, hablaban de problemas internos y de ciertas actividades, que encontraban muy graciosas, porque no podían contener la risa ni los comentarios groseros. No parecía importarles que estuviera despierto,  hacían el trabajo a su buen saber y entender. Después, cambiaron las sábanas y me volvieron a acomodar de cara al techo. Entonces, conocí la dulce mirada de Estela y recordé.

 

(SUS HERMOSOS OJOS COLOR CIELO).

También ella tenía una mirada especial. —Lo veo mejor—dijo Estela— y me sonrió, mientras me cubría con un cobertor,  que  alguna vez habría sido blanco.

 

La conocí en una noche de redada en el barrio de las prostitutas, por una pelea campal que habían tenido contra el “fiolo” de alguna “trola”. Tuvimos que intervenir con cierto grado de fuerza y separarlos a bastonazos. En aquella refriega llevamos a varios detenidos y en el tumulto estaba acurrucada en el umbral de una casa, llorando, de odio e impotencia. Desde ese día fui su habitué, hasta que la saqué de la calle y nos fuimos a vivir juntos. Usaba un perfume floral de Avon.

En dos semanas habíamos hablado de tantas cosas, que ya éramos almas gemelas en una misma lucha por la vida, por la dignidad de las personas.

Y el amor, que todo lo perdona, que todo lo olvida, trastocó nuestra existencia. Ella realizó su propio exorcismo: cambió todas y cada una de sus prendas de vestir y las tiró a la basura. La llevé a un estilista y volvió a su cabello natural, se cortó las uñas, las pintó de esmalte incoloro, y hasta hablaba de volver a estudiar.

Me sorprendía diariamente con los manjares, sencillos pero sabrosos que elaboraba, ayudada por el libro de Doña Petrona C. de Gandulfo.  Sucedían cosas que yo me negaba a ver. En algunos momentos había en sus gestos cierta tristeza, antiguos dolores, pequeños desgarros silenciados. Entonces se encerraba en el baño y creo que lloraba amargamente, luego salía con nuevas fuerzas y mostraba su mejor humor aunque en sus ojos rojos quedase un dejo de desesperación.

 

 

(PORQUE ESTABA PERDIDAMENTE ENAMORADO).

 

Me comprometí a volver temprano a la casa, cambié de hábitos, resigné mi carrera.

La represalia, en la fuerza, se notó cuando me transfirieron a la peor comisaría del distrito y tuve que volver a empezar desde el más bajo de los escalones. Y no me importó el desprecio ni la murmuración; por su luz, porque el redimido había sido yo, el hombre que volvió de una vida sin sentido, del valle de la oscuridad.

 

Volví a dormir y a soñar que descendía por una escalera caracol, golpeando mi cabeza en cada escalón, sin poder detenerme, sin descanso. Me faltaba el aire y corría sin avanzar…”Esa mujer me está matando, me ha espinado el corazón”. Subía de a dos o tres peldaños, buscando llegar a algún sitio, para caer de espaldas y seguir girando hacia un lugar sin fondo. Saltaba entre dos mundos, pero me quedaba sin referente y me hundía en el desasosiego, por lo que había visto, lo intuí desde el principio, pero quise ignorarlo.

Hasta que un día llegué de imprevisto y quedó al descubierto el entramado. La presencia de alguien huyendo desnudo en la oscuridad, el desorden del cuarto, los brazos inyectados. Discutimos acaloradamente. En lugar de asumir que era por la puta droga y pedir ayuda, se escudó en el peor de los silencios, hasta que le pegué un golpe de puño en medio del rostro. Desde el suelo se levantó con los ojos inyectados de odio y se abalanzó sobre mí.  Luego,  sentí el fuerte ardor en el pecho.

 

(PERO NINGUNA TRAICIÓN SE PERDONA).

 

Totalmente transpirado y todavía con retorcijones, abrí los ojos…La noche; el silencio. Seguía acostado en una cama helada, debatiéndome entre la vida y la muerte. Llevaba aún, una bala alojada en mis costillas, otra me había rozado la sien, el brazo y la mano, maltrechos,  mis dedos triturados por las ruedas de un auto. Cada vez que despertaba, sentía arder en mi interior, el deseo mortal de la venganza. Tenía que cumplir mi venganza personal y no me daría por vencido así nomás. Ellos, los que trafican con el alma de las personas, lo sabían, tanto como yo.

 

En la habitación, se había instalado un escribiente y el oficial a cargo comenzó a hacerme las preguntas de rutina. Nombre y apellido. Número de documento. Cargo policial. Afectado a la comisaría… a cargo de… Actuación, expediente, legajo, números, números, números…                                                                                                                           

Había sido una tragedia inútil. La antigua maldición.  Porque todos saben,  sin decirlo, desde que entran en la Escuela, que un policía no debe enamorarse de una prostituta. Pero… “Hay razones que la razón no entiende”.

 

(MENOS LAS DEL CORAZÓN).

 

El agente que tenía asignado, ya íntimo, después de tantos días de cuidarme y permanecer  a mi lado, leyendo el Olé, me sonreía, asintiendo. De pronto, percibí que todo el entorno comprendía mis sentimientos. Y hasta diría que me felicitaban por el balazo que le había acertado, a la muy puta,  en medio de los ojos.

En la ventana: estrellas lejanas y frías. Estoy sólo.

 

(CÓMO ME DUELE EL AMOR).