DE HÚMEDAS MAGDALENAS

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

De Húmedas

Magdalenas

 

Magdalena llegó hasta la puerta de casa el miércoles y llamó insistentemente. Tenía en sus manos un hermoso ramo de flores multicolores. Estuvo esperando que llegara, hasta que aburrida, bajó y se sentó en los escalones de mármol, en esa húmeda y fría tarde de invierno.  Pasada la media hora, de repente, se levantó como si hubiera recordado que tenía algo en el horno y salió corriendo. Mi vecina me lo contó días después. Margarita vio toda la escena y quedó intrigada. Cuando paseaba a Cachivache, mi foxterrier, se me acercó Juan, el esposo, y me confirmó todo lo sucedido. Le expliqué que yo estaba viajando por el interior de la Provincia y no tenía planes de llegar antes del viernes. Lo relatado me perturbó y me propuse llamarla urgentemente por teléfono. Cuando aún estaba destrabando la seguridad de la puerta de calle, escuché la campanilla y me apresuré a atender antes de que el contestador capturase la llamada. Era Maricarmen, una de sus mejores amigas. Me contó todo con lujo de detalles. Pregunté por los motivos, el día, la hora. Todo concordaba con el relato de mis vecinos. Me mordí la lengua de bronca y desesperación. Estaba fuera de mis planes, pero tuve que darme fuerzas y el lunes, en las primeras horas de la tarde, me dirigí con resolución hasta su casa. Tendría que ser amable y no demostrar en mi cara lo que sentía interiormente.

Decidí comprar un ramo en una florería. Mentí que era para un aniversario, rechacé la tarjeta que me ofrecieron con la excusa de que usaría una personal. Aboné los cincuenta pesos y caminé por el centro de la ciudad con las flores en la mano.

 

Es increíble lo que pude registrar en esas cuadras. Las miradas femeninas se enamoraron de mis flores, y más de una me sonrió amablemente, aunque con un  dejo de tristeza, por no ser ellas las destinatarias. Los hombres también me observaban, algunos  envidiando el posible agradecimiento, porque semejante gasto merecía una situación favorable, ninguna dama negaría un pedido de favores. Yo mismo estaba emocionado. Hasta que llegué a la puerta de su departamento y presioné el timbre, esperando que la cámara de seguridad no descubriera la sorpresa. Deseaba mirar sus ojos cuando se topase con mi presente floral. Nadie respondió.

Esperé pacientemente unos minutos e insistí, un sospechoso silencio contestó el llamado. Es imposible, pensé. A esta hora ya volvió de su trabajo y debe estar preparando la cena. En ese exacto momento tuve una  extraña sensación. ¿Podría estar mirándome desde el canal de seguridad, en su pantalla del comedor? ¿Sabría que estaba enterado de todo? ¿Sentiría vergüenza? ¿Una húmeda timidez arrebolaría su rostro y la mantendría estática junto al portero eléctrico, sin poder responder? Silencio. Me alejé muy despacio, dando tiempo a que, si se arrepentía, pudiera atender. Yo escucharía su voz y entonces correría hasta el portero eléctrico y mirando la cámara, podría hablar con ella, le explicaría mi sorpresa y mi tribulación… No hubo respuesta, y me alejé.

 

Es inesperado que, por un simple accidente, dos personas que parecían haber nacido el uno para el otro, se separen para siempre. Por vergüenza, por la maldita sensación de quedar al descubierto, por un pequeño y ridículo accidente cotidiano.

Magdalena fue para mí como un cuento con un final inesperado y doloroso. Una hermosa y joven mujer, que no supo perdonarse un simple acto involuntario y primitivo.

Después de todo, no sería ni la primera ni la última vez que a alguien le suceda. El día de nuestro desencuentro, después de estar sentada más de media hora en el frío del invierno, los afluentes, sin ninguna contención posible, habían desbordado presurosos, mojando con su líquido dorado, los marmóreos escalones de mi casa.

 

COLECTIVOS

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Colectivos

 

 

Un día luminoso de verano subí al colectivo sesenta y cinco en Chacarita para viajar hasta Caseros y  Boedo. Saqué el boleto y me zambullí en el primer asiento libre que había, casi al final, con la ventanilla abierta. Necesitaba aire.

 

Me sentía afortunado, había gente parada y el asiento vacío me esperaba solitario, deseoso por darme descanso y consuelo.

 

La calle, en verano, es muy pesada para cualquier vendedor ambulante que camine por más de cuarenta cuadras. La cosa se complica cuando, además de llevar cara de ¡Felíz Cumpleaños!, tenés que lucir camisa con corbata y la correa del portafolio, lleno de libros y papeles, colgando del hombro. Por la tarde, cuando estás pegando la vuelta, ese costado, te recuerda las llagas que le hizo, la pesada cruz, a Cristo.

 

Creo que actué un poco desesperado al tirarme en el asiento, porque todos se quedaron  mirándome por un buen rato. Murmuraron algo, aunque con los auriculares no pude escuchar nada. Me sentía incómodo, pero traté de adaptarme lo mejor posible. La música y los antojos de sol, hicieron el resto.

 

Particularmente, me agrada viajar con la ventanilla abierta y que el viento refresque mi rostro, o al menos respirar un poco de aire, tan necesario; no soporto el olor a encierro o a los de humanos muy necesitados de desodorantes o perfumes.

Esa era una tarde aplastante y mi olfato percibió el pesado olor a orina, aumentada por la posible infusión de varias cervezas. Un olor típico agrio y molesto, aroma a baño de estación ferroviaria, a Plaza Constitución u Once.

 

Inmerso en mis meditaciones, rocé mi pantalón negro de poliéster y noté que su humedad traspasaba la tela y llegaba a mis asentaderas. Me cambió la cara. De repente, tuve una sospecha mortal. Había algo más que transpiración humana, todo el asiento estaba cubierto de un líquido, que no era amniótico.

 

Me saqué los anteojos, los guardé en su porta lentes. Retiré mis auriculares,  doblé prolijamente el cable y apagué la radio. Sentía hasta la mirada del último pasajero,  sobre mí. Miré mis zapatos, asentados sobre un pequeño lago amarillo. Petrificado, no podía moverme del asiento. Esperé inútilmente que bajaran los que estaban  a mi alrededor, seguían allí clavados, observando con disimulo todo lo que hacía,  estudiando cada uno de mis gestos.

 

El colectivo doblaba y volvía a doblar. Dejaba atrás Avenida La Plata y tomaba Caseros.  En tres, en dos, en una parada, tendría que levantarme. Así, vi cruzar Jujuy, ya muy lejos de mi casa, sin poder ponerme de pie, crucificado.

 

Cuando terminó su recorrido en Constitución, bajé último y me perdí entre la multitud de hordas desesperadas en busca de un tren para llegar a sus hogares.

 

Parado en medio de la avenida, divisé un taxi del que recién descendían pasajeros y colocaba su bandera roja, corrí hasta él y le pedí, cortante, que bajara por Garay hasta Boedo.

 

El chofer, para romper el hielo, lanzó una frase:

 

    ¡Constitución está cada vez peor! ¿Vio cuántos trabas?

 

Le estaba por contestar, cuando se despacho, a boca de jarro, con otra de sus filosóficas afirmaciones:

 

    Imposible vivir, un barrio con un olor a meada de caballo, tremendo.

 

No lo pude soportar, en el primer semáforo rojo le tiré diez pesos y bajé dando un portazo.

 

No necesité escuchar para comprender la puteada que me estaría dedicando.

 

Y me volví caminando.

 

DE COCO

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

De Coco

 

Para las Virginias que

aúllan en los páramos.

 

 

Esa mañana, un día luminoso  con un sol a pleno en otoño, había despertado con una idea determinada en su cabeza.

 

Cuando pensaron en la ubicación de la cocina, calcularon que pudiera verse el camino que llegaba, desde el muelle hasta la entrada de la casa.

Los árboles se movían, acompañando a un suave viento que venía del norte. En el balcón, su “Llamador de Ángeles”, danzaba al unísono con el canto de las pájaros.

Algunas nubes aparecían cargadas de agua, las observó pensando que, posiblemente, siguieran rumbo a la ciudad, porque viajaban, a buena velocidad y muy altas, en un cielo claro.

Cuando cruzó el living, rumbo a la alacena, alcanzó a mirar el barómetro, y confirmó su primera impresión. —Nubes pasajeras, recuérdenle a ella que la amo— dijo, en voz alta.

 

El perro, que estaba sobre su acolchado, la miró pasar entusiasmado en dirección a la cocina y se levantó sacudiendo el lomo; si algo iba a ser  cocinado, él tendría que estar atento.

 

Buscó el bol que le regalara su madre entre sus cacharros y colocó un buen trozo de manteca, a ojo de buen cubero unos cien gramos, que había ablandado con una cuchara de madera.

 

(Ella afirmaba que la madera era uno de los elementos más nobles para usar en la cocina).

 

Sobre  la  mesada, había desplegado un paquete de harina leudante,  la mezcló con la

manteca hasta que se convirtió en una fina arenilla para luego agregarle un huevo.

Mientras se limpiaba las manos en el delantal floreado, uno de sus preferidos, se acercó resueltamente al equipo de audio y volvió a escuchar, por centésima vez, los valses de Strauss. Sus pies ensayaron unos pasos de baile mientras miraba por la ventana.

El tiempo se había asentado, las nubes ya cubrían gran parte del cielo y modificó su propio pronóstico, ahora tenía clara conciencia;  había un setenta por ciento de posibilidades de que, antes del anochecer, llegase alguna garúa.

 

La masa había descansado, la tomó en sus manos y comenzó a estirarla para colocarla en el molde que antes había enmantecado y enharinado. Encendió el horno y lo puso a mínimo como le enseñara su abuela.

 

Había comprado varios tamaños de moldes hacía unos años, por la Avenida Corrientes, en “Doña Clara“, un negocio de su antiguo barrio, especializado en artículos para reposteros.

 

Divisó por la ventana que Jacinto, el peón de los Arriola; volvía para su casa silbando, por el angosto camino y apenas la vio en la ventana, levantó su brazo de hombre de campo, para agitarlo con respetuoso cariño, y continuó caminando, rumbo al rancho.

Todavía tendría unos veinte minutos hasta que la cubierta comenzara a dorarse. Desprendió el delantal floreado y aprovechó esos minutos para acomodarse el cabello, repasar el lápiz de labios, cambiarse los zapatos. Luego, se dedicó a preparar las tazas de té de porcelana china. Buscó flores y las colocó en el centro de la mesa.

 

Una vez retirada del horno, dejó que la torta se enfriara en la ventana. La primera capa la cubrió con dulce de leche.

 

Afuera, el aire quedó suspendido por una breve fracción de segundo, el mundo entero inmóvil, hasta que la habitación se iluminó con un fogonazo plateado. Atrás, muy atrás, llegó  el sonido del trueno y más atrás aún,  las gotas de lluvia repiquetearon en el  techo. Por la enorme ventana que daba al jardín, gruesas gotas que se deslizaban como lágrimas en libertad, la música había dejado de sonar.

En la casa, cayó la oscuridad de la tormenta.

 

Para la segunda capa, mezcló cien gramos de coco rallado y ciento cincuenta de azúcar impalpable. Contempló satisfecha su obra.

 

Por unos instantes, sus pensamientos volaron a otros tiempos, hasta que se sobrepuso.

 

El olor característico del coco la envolvía, desde la mesa servida y aguardando.

 

Encendió las velas y se sentó, anhelante. Todo estaba funcionando perfectamente.

Esperó en calma, con una sonrisa dibujada en el rostro.

 

 

STAND-UP COMEDY

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Stand-up Comedy

 

— ¡Buenas noches para todos!

 

Inclusive para mí, que hace más de una hora estoy temblando entre bambalinas.

 

Acá, los que saben, los cancheros, me hicieron tomar un par de tragos fuertes para perder el miedo, y estoy hecho un toro, quería salir ya. Me caminé todo, unos diez kilómetros, en tres metros roñosos. Les gasté las baldosas del teatro.

 

Antes eran negras y blancas, como las de la casa de la gallega.

Mi abuela tenía un patio así.

Yo jugaba a las bolitas.

 

Me compraba un puñado de todos los colores, las guardaba en un frasco transparente y las miraba.

 

Se imaginan que no podía hacerle un agujero a la vieja en medio del patio para poder embocarla y ganarle a mi amigo imaginario.

 

 ¡¡¡Un marmota!!! ¡¡¡Desde chiquitito!!!

 

Soy un pibe que creció en un departamento de la Avenida Juan B. Justo.

 

De chico sobresalí en varias artes.

 

Por ejemplo en el arte del uso de la gomera.

 

La primera vez que pude tener una, la tomé con mi mano derecha.

Era de alambre, porque una gomera de ciudad se hace con alambre grueso, no hay tantos árboles…además son más fuertes.

 

Tomé el cuero, coloqué la piedra en la base de cuero, con la izquierda estiré la goma elástica hasta donde me dio el brazo, solté con furia…sentí el golpe seco.

La piedra impactó en medio de mi ojo.

 

Mis compañeros de colegio se revolcaban en el piso muertos de risa.

Yo también.

Me llevaron al hospital y los tres médicos que me atendieron diagnosticaron al unísono:

¡¡¡Qué boludo!!!

 

O sea que ya tengo acumulados varios años en la materia.

Me la podrían dar por aprobada y a otra cosa, ¿no les parece?

 

“Una nace para sufrir”, decía mi suegra, “Una alegría y miles de dolores”.

Y otras frases poéticas, mientras criaba nueve hijos, entre ellos a mi mujer.

Su tango favorito, el que siempre cantaba cuando estaba distraída, le salía del alma:

“El mundo fue y será una porquería” y me miraba.

 

Mi señora creció en la escuela del optimismo.

 

Cuando nos casamos, los parientes le deseaban un buen divorcio.

 

Cuando nació nuestro primer hijo, sacaban la cuenta con los dedos para saber si me había cagado, o fue de apuro.

 

Los que no me conocían se preguntaban si se había casado conmigo por la plata.

 

Una familia hermosa.

 

Llena de buena onda.

 

Por suerte yo pude leer a Osho, y comprendí lo del vacío interior.

 

Después leí a Stamateas y entendí a la gente tóxica que nos rodea.

 

Ahora estoy leyendo los poemas de Belén Francese, para levantarme el ánimo.

 

Chicos… Hay otros pelotudos, no se crean que soy el único.