SOLEDAD

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Soledad

 

Corriendo

atravesó la ciudad.

 

La mesa quedó servida,

se endureció el pan.

Las flores danzaban en las cortinas.

La lámpara se colgó de aburrida.

 

Cruzó el río  ( se perdió).

 

La gota siguió

horadando

la bacha de la cocina.

 

 

 Él, cerraba y abría,

Abría y cerraba,

Un sueño sin salida.

DE VIAJE

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

De viaje

 

 

El ómnibus surgió luminoso en la ruta. Aún lejano, desapareció en un recodo para emerger con el sol, sobre sus bruñidos accesorios. No podía visualizar el cartel donde indicaba su destino, pero si tenía suerte se detendría frente al refugio de peatones, aminoró su marcha y lo hizo a pocos metros de los que aguardábamos esperanzados, con los brazos extendidos, haciendo señales. Subí  y luego de pagar mi pasaje caminé pidiendo permiso entre valijas, bolsos y personas acomodándose. Así, llegué hasta el fondo en busca de alguna butaca vacía.  Una joven ocupaba un asiento completo y dormitaba placenteramente. Pedí permiso y me senté a su lado, acomodando como pude la mochila entre mis piernas. Sin mirarme, se acurrucó contra la ventanilla con la cartera sobre sus faldas, cruzó el brazo sujetándola y volvió a adormilarse.

 

Mi acompañante se mueve inquieta y busca en la cartera un celular al que está conectada por el cable del audífono. Lo enciende y contesta muy despacio, apenas escucho que balbucea, mira por la ventanilla, y da el nombre del lugar que estamos atravesando. Ya es de noche. Repite los movimientos en reversa y vuelve a acurrucarse.

 

Separados por el angosto pasillo, observo a una madre inmersa en una escena con sus hijos que piden: sucesivamente, primero, de beber, luego, de comer o viceversa, durante la última media hora. Mis inquietos vecinos pelean por alguna estupidez azucarada. Me fastidia que la madre parece viajar en el mejor de los mundos y no les dirige la palabra, ni los reprende, ni les enseña cómo deben comportarse. Estoy molesto. No puedo dormir, no descanso cómodo en un asiento donde tengo las piernas apretadas.  En menos de media hora, esto no será más que un mal recuerdo.

 

Para estirar las piernas, me paro al lado de mi mochila y busco en su interior un paquete de pastillas, las luces de una estación de servicio iluminan mi rostro. El ómnibus pasó el peaje y se acerca a la ciudad. Ya empiezo a sentir en mi estómago que hay algo que no funciona correctamente. Tomo aire, exhalo, bajo los decibeles de mi angustia, vuelvo a incorporar una bocanada de aire viciado, pensando que es tan puro como el de montaña y recorre mis pulmones, mi sangre, mi corazón… pienso en lugares que me dan paz, en amables anocheceres, en leños trepidando en el fogón del campamento, en el humo de la chimenea, en la luna iluminando el valle. La angustia por la realidad está mucho más cerca que mis quimeras.

 

Mi vecina se inquieta cuando estamos llegando a la avenida circundante, ahora veo su celular, en la pantalla está abrazada a alguien que no distingo, contesta entre dientes, vuelve a dar su paradero y cierra el contacto con aquel que la espera ansioso en la terminal, o cerca de allí, y que tal vez esté sufriendo lo mismo que yo, en esta noche de julio, en que la temperatura descendió abruptamente. Ella se acomoda, gira y puedo ver su hermoso rostro iluminado por las luces de la ciudad. Su figura se engrandece cuando pasa de las sombras a la luz a pleno, sobre su mentón, su nariz respingada, sus finas y cuidadas manos.

El ómnibus no huele a flores, pero siento su perfume con total independencia del medio ambiente, usa Flower by Kenzo, lo reconocí por el dejo a vainilla, característico.

Se despereza. Del porta cosmético de su cartera, saca un lápiz y retoca la fina línea de sus labios, luego un cepillo que despliega y arregla el peinado, dándole volumen, acomoda sus pies en unos zapatos con un altísimo taco aguja, y se prepara para bajar, mirando ansiosa la plataforma treinta y seis de la terminal.

 

Tomo la mochila, consulto el reloj, estoy llegando unos quince minutos tarde a mi cita, el ardor de mi estómago es sintomático. Cuando alcanzo la esquina, miro hacia todas las direcciones y no descubro a la dama que debería estar esperándome. Seguramente se habrá retrasado. Suena mi celular y lo abro. Desde la pantalla luminosa, me sonríe una joven mujer, tengo mi brazo sobre sus hombros y también sonrío, entonces reconozco la clave de su llamado. Es ella, mi compañera de viaje, la que corre presurosa a mis brazos.

 

 

 

 

 

EN BOTELLA

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Me llegó tu mensaje en una botella.
 
Flotó por varios oceanos.


Conoció islas preciosas, amaneceres de puta madre.


Boyando sobre espumas de cielo,

volvió a calles concocidas,
tiernas, templadas de afecto.
 
¡Aleluya! cantaban los ángeles.

Apuremos el vaso,
respondían los hombres de la playa.
 
Una mañana de sol.

Un sol típico de julio, bienvenido
como las buenas noticias.