EL FONDO DE MI CIELO

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

El fondo de mi cielo

 

 

Kitaro, en mi mente, desplegando cielos turquesas y verdes marinos; campanas que vibran en la noche un sueño de pájaros trasnochados. Todo funciona correctamente, los ángeles abanican el trono con plumas de ganso. En las calles de mi barrio, un husky siberiano olfatea, busca su rumbo, corre. Mi nariz expele alientos plateados. Demasiado frío. Nada parece ser real, sólo mi deseo. Estoy esperando que llames.

 

Tengo a mi lado el celular, el teléfono de línea, facebook y twitter. Sintonicé una emisora FM con muy buena música. Encendí una varilla de canela. Ordené el escritorio, repasé todo con una franela naranja. La noche fría reclama mi chaleco polar. Acomodé mis lentes y permanezco mirando la pantalla de la computadora. Peces multicolores cruzan entre algas y piedras amarillas, mientras uno, tal vez el más osado, cierra los labios y me regala un beso. La aleta de un tiburón se mueve con displicencia, agitando levemente el agua, sigo sus ondas con atención. El chaleco tiene perfume a limpio. Hace más de una hora que espero alguna señal tuya.

 

Me conecto a Skype, pero no estás y ya no vale la excusa del encuentro casual:

—justo, abro la computadora y veo que estás conectada—

No, no hay señales de vida y yo muero por saber dónde estás hoy, que es sábado por la noche, y te extraña la casa, más vacía que nunca. La confusión dobla en la ventana, se mete en mi alma, silencio.

 

Afuera, hay gritos y susurros. Tempestades. Adentro, los sonidos rebotan contra el viejo traje que duerme sobre una silla, tal vez esperando otro acontecimiento feliz para lucirse. Los pasos volvieron a buscar sus huellas perdidas o borradas en la arena por el viento que llega del mar y no queda, en mi cuerpo, el recuerdo de lo vivido hace tanto tiempo…

 

¿Cómo es posible que el amor, el deseo, la excitación dolorosa del cuerpo posesor o poseído haya desembarcado mucho antes que la memoria? ¿En qué estación del metro de los sentimientos equivocó su rumbo y se perdió en medio del gentío, para desembocar en una calle desconocida?

 

Había un pianista y un piano. Te alejabas. Giros y contra giros. Los pies danzaban solos. Una madre espiaba entre bambalinas, y un coro recitaba “Elegía para el Olvido”.

De vez en cuando me cercioraba de que tuviese tono el teléfono del destino.

Pero de nada sirvió.

Hacía muchísimos compases que yo había perdido el ritmo.

UN MUNDO DE BICICLETAS

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Un mundo de bicicletas

Sandman: Hombre de arena

Que dulces sean mis sueños

Ésta noche.

 

Salté de la cama con los ojos aún cerrados. Traté de abrirlos mientras buscaba las zapatillas para calzarme y salir al corredor. La mañana se presentaba calurosa, el sol brillaba a pleno e iluminaba los postigos de madera de un día seis de enero.

En medio del patio, los reyes magos habían dejado una bicicleta rodado veintiséis, con olor a nuevo. No lo podía creer. La había pedido en los últimos cuatro años y ahora estaba apenas sostenida por una pequeña barra de metal plateada. Caminé a su alrededor. Del manubrio, colgaban un par de guantes de box, rojos y negros. Los tomé, quise poner mis manos dentro, pero no pude. En su interior, encontré una serie de autitos de carrera…

 

No podía correr, ni gritar. No sabía con qué jugar primero.

 

Papá sujetó el manubrio para que pudiera montar la bicicleta, accioné el timbre, la rueda se movió despacio por el patio de casa, ante la aprobación de mi madre y su familia. Aunque el brazo de mi padre me daba seguridad, temblaba. Quería salir solo, pedalear por la avenida Juan B. Justo, erguido, mirando hacia el frente, rumbo a la avenida Nazca, y seguir siempre derecho, hasta los parques de Palermo. En el momento en que pude calzar el segundo pie en la puntera del pedal, el peso de mi cuerpo inclinó peligrosamente la estabilidad de la bicicleta y comprendí, por la cara que puso papá, que sería un arduo asunto el de largarme un día por las calles. Después arremetí con los guantes de box contra mi tío, que plantado como Prada  me usaba de puchinball.  Hasta que me entusiasmé con los coches de carrera, como el de Gálvez, que tenía un taller mecánico en el barrio, y me quedé jugando en el suelo, una carrera interminable.

 

Soy un hombre de arena, hijo de un sueño de otra persona, que a su vez fue soñado por otra, y esta otra, por otro.  Así hasta la eternidad de un tiempo sin tiempo. Y yo soñaré a mi vez y al que le toque deberá soñar su propio sueño perpetuo. De un punto a otro, hasta dibujar una larga línea, sin suspenso, sin comas, sin punto final.

 

Estoy viajando en un cuerpo que apenas me sostiene. Subo. Bajo. Transcurro.

 

Mañana me levantaré como siempre. Después de desayunar y bañarme, tendré que salir a la calle. Dejar el refugio atómico. Hay miles de francotiradores apostados en los techos vecinos, o viajando en colectivos, amordazados.

Nada cambió demasiado desde el principio de los tiempos, ni nada significativo va a ocurrir en las próximas generaciones.

Los mismos gustos, idénticas contrariedades.

 

Todavía no se manejarme en la bicicleta de la vida.

Ahora comprendo que lo mío jamás podrían haber sido los guantes de box.

Aún hoy, sigo jugando al solitario con los autitos, y Pink Floyd amanece en mi mente:

“On of these day”.

Creo que yo también podré soñar eternidades, pero no hoy.