SOBRE EL MAR

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Sobre el mar

 

Siempre fui un ignorante de lo femenino, de aquello que piensan, sienten y  expresan las mujeres. Al principio me había parecido poca cosa, apenas una mina más, una de las tantas (tontas) que debería conocer en el curso.

Ana; se llamaba Ana y tenía la extraña virtud de sostener la mirada cuando le hablaban.

Acostumbrado a ignorar a mis compañeras, la tal Ana fue una novedad en mi vida.

 

Decidí observarla, como quien se acerca con un microscopio a un mundo desconocido.

Ana era muy distinta, tenía una insólita virtud, desaparecía delante de todos los que la rodeaban, podrían ser cientos de personas o una, pero ella pasaba desapercibida,  se escondía entre los decorados circunstanciales, o se mimetizaba con el paisaje. Podrían estar sentados a su lado, rodeada de individuos y era capaz de intercambiar saludos o alguna palabra o hasta un beso con una compañera. Guardaba silencio, y en segundos, trasmutaba a otra esfera atemporal.

Comencé a tomar referencias para ubicar el momento exacto, o el gesto que hacía para despegar de la realidad visual y evaporarse. Una tarde, en que la observaba de reojo, cruzó conmigo una mirada cómplice, quizás descubriendo mis pensamientos, y me mostró una parte de su secreto. Noté que aspiraba aire, inflaba su vientre, como cuando respira un bebé, luego retenía, para después exhalar con mucha calma y a un ritmo sostenido. La tercera vez que lo hizo, noté que algo se quebró entre nosotros,  y ella ya no estaba, había desaparecido, se había evaporado en mis propias narices y yo mirando, atónito. Sólo su perfume, una fragancia floral muy tenue, un dulzor que alegraba mi alma, me envolvía. Recordé al flaco Spinetta:

                                         Ana juega con hadas,

                                          tal vez mañana despierte

                                          sobre el mar”.

 

Recién ahí comprendí su juego. Descubrí, en el brillo de sus ojos, las olas del mar que golpeaban contra la costa y vi nubes sobre un cielo celeste y profundos amaneceres diáfanos.  Ana podía, a su antojo, hacerse invisible.

Desde ese día, llegaba temprano al curso, trataba  de cruzármela en los pasillos,  en los recreos, o me quedaba hasta última hora, pero siempre había una sutil muralla que nos separaba.

 

Fue entonces que la seguí. Llegué hasta la parada del colectivo, donde esperaba al suyo y antes de que pudiera acercarme y hablarle, sin darme cuenta siquiera, desapareció. Perdido, sin esperanzas, subí al mismo colectivo en que acostumbraba viajar, pedí un boleto y me senté en el fondo, junto a la ventanilla que daba a la calle. Viajé toda la noche. Por la mañana, subiendo por una escarpada avenida, vi, con mis propios ojos, que estaba frente a la costa, en una ciudad lejana y desconocida.

Las calles comenzaron a poblarse de personas que iban a su trabajo. El sol calentaba, amigable, propicio. En mis manos, un par de libros, un cuaderno de notas y mi lápiz Faber Castell HB. Entonces fue cuando la sentí a Ana muy presente en mi interior. Me acomodé, lo mejor posible, en un banco de la plaza principal y escribí:

                                        “Yo también,

                                         miré la gran ciudad,

                                         desperté sobre el mar, el mar”.

 Luego, respiré profundo y retuve el aire en mis pulmones. Estaba tan feliz, tan liviano como la brisa marina. Me sentía una gaviota planeando sobre las olas. Y desaparecí.

NUNCA TERMINO DE APRENDER

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Nunca termino de aprender

 

 

Indicios, solo me quedan indicios de quizás, o en dónde empezó a derrapar. Y pienso en dónde y estoy pensando en realidad cuándo o mejor dicho, preguntándome cuándo o qué pasó para que hoy lleguemos a donde estamos. Siempre pasan cosas. Mucho mar de fondo, muchas bombas que explotaron en mis manos.

 

Una tarde que venía tranquila, sin nubes. Un anochecer normal con noticiarios en la tele, tantos muertos, tantos choques, pronóstico de buen tiempo. Y es lógico que lo digan, porque desde la ventana veo el cielo límpido y no hay nubes, afuera. Adentro una noche que alargó el calvario de las horas, porque de las veinte a las veintiuna, hay más que una hora cuando uno es el que espera y hay muchos, muchísimos segundos más que aguantar hasta las veintidós, y a las veintitrés ya se excede todo parámetro. Porque es de noche muy tarde y no volviste.

 

Prepararme a cenar solo, en el sillón, frente al aparato que destella, ante mi cuerpo apoltronado y sin poder probar bocado. De repente, pasos que parecen llegar, una breve esperanza, pero siguen de largo taconeando por la calle. Constato por enésima vez que el teléfono tenga tono y lo tiene, pero nadie llama, no, no me importa que alguien llame, quiero que ella esté del otro lado. Tantas posibilidades de avisarme, de decirme algo, lo peor, si se le ocurre, o no, pero ni una palabra, ni una señal de humo,  incomunicado.

Decido irme a la cama y tirarme un rato a descansar, si se puede. La cabeza no puede, no se detiene, las preguntas van y vienen y vuelven cada vez más tortuosas, más complicadas. Me doy vuelta y ocupo un poco de tu lugar, de tu espacio. Toda la cama para mí sólo me queda grande. Estoy a oscuras y pienso que tal vez vuelvas tarde o más tarde aún y puedas tropezarte. Me levanto, llego al palier y dejo la luz encendida.

 

Mi cuerpo cayó rendido, se me cerraban los ojos y volvieron a abrirse un par de horas después, cuando el estómago reclamaba un antiácido más un analgésico. Estoy vestido y vencido. El cuerpo sucio. Dormí como el culo. Pasé una noche de mierda y la única solución es darme una ducha con bastante agua caliente. Quedarme un rato bajo el chorro de agua para que me saque la angustia. Después, volverme a vestir de oficinista, buscar una camisa planchada, un pantalón que no haya perdido la raya, zapatos, un saco y los lentes. Lentes oscuros, que impongan respeto y distancia, que nadie sepa si los miro a la cara o si me pierdo en otros ojos buscándola a ella, tan lejana hoy, tan hija de puta. Me muerdo el labio, me como las uñas, me agito y me da escalofríos, todo junto y al mismo tiempo. No aprendo, nunca termino de aprender. Porque ya es otro día y en algún momento tendremos que encontrarnos y hablar y es seguro que no pueda contenerme.

 

Hubiese sido mejor que no le contestase, mejor callar. Hay situaciones que no hay que explicarlas demasiado. Es inútil o peor aún. Esa mañana, después de una excusa, que ni ella misma creía, la interrumpí con una palabra hiriente, ella contestó con otra y otra y subimos los decibeles, y fue hasta previsible que yo golpee una puerta y ella haya contestado con una puteada y que mi mano se estrellase en su boca y ella se vaya puteándome.  

 

Después la vergüenza, porque yo no soy ese, ni ella es esa otra persona, la que ahora debe estar juntando sus cosas para irse para siempre, mientras estoy en el trabajo, maldiciéndome.

EL GATO NO DEJABA DE MIRARME

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

El gato no dejaba de mirarme.

 

Cinco retazos para leer escuchando a Keith Jarrett.

 

1-Será posible que la niña no se acueste temprano y prefiera estar en el sillón, las piernas recogidas, los pies cubiertos con medias blancas de algodón. Tiene en su falda un libro con fotos que no se cansa de mirar. Acomoda los esquineros dorados, anota en el dorso las fechas que recuerda. De las que no conoce los datos investiga cada mínimo detalle que puedan aportarle. Cuando tiene algo concreto, escribe en un cuaderno forrado en papel araña color verde, que guarda en la mesita de luz, celosamente custodiado por el oso de peluche, que traía en la mano, el día en que la encontraron.

 

2-Fue una noche violenta, se escucharon disparos, corridas de sueños, toda la casa se conmovió. Imposible descansar con una carga tan pesada sobre los hombros, pensó y volvió a girar por enésima vez su cuerpo contra la pared. Una pequeña araña trataba de tejer en soledad. Se durmió mirándola. El sueño tuvo mucho que ver con los hilos invisibles del destino. Cuando por fin creyó estar despierto, tomó coraje y abrió muy lento sus ojos. La luz, demasiado fuerte, lo cegaba. Instintivamente se refregó con sus dedos pero fue peor. La claridad lo había deslumbrado, para siempre.

 

3-La mujer subió las escaleras y cuando abrió la puerta que daba a la terraza… alcanzó a ver los zapatos, las medias, algo de la pantorrilla, la vio caer. Al llegar a la baranda le pareció, por un segundo, que la miraba fijamente o que la saludaba, porque movía sus manos saludándola o como queriendo parar el golpe, el estruendo de una mujer cayendo al vacío, llena de espanto.

 

4-Desde su departamento vio que llegaba, o que se retiraba, mirando su ventana.

Vio cuando el camión dobló la esquina. Cuando el chofer enderezó la marcha sobre las vías del antiguo tranvía, que hace tiempo dejó de transitar por aquella calle empedrada, divisó el auto azul que llegaba del norte, a gran velocidad. La noche era clara y permitía una buena visión. La mujer giró sobre sus pies, el cuerpo se dobló, amoldándose al capot, para luego salir despedido. Un ruido seco. Una catarata de frenadas, de bocinas sonando al unísono. Las ventanas se iluminaron. Los vecinos asomados gritaban aterrados y ella simplemente se levantó de entre los hierros retorcidos, pedazos de plásticos y vidrios desparramados en la acera, y así como se asoma el sol por las mañanas, salió volando. Entonces el mundo se llamó a silencio y no hubo ni una palabra que se cayera de la boca del poeta de la ventana.

 

5-

Primero lo sentaron en el piso y no le dirigieron la palabra. Tuvo que abrir los ojos para ver y registrar los giros, las idas y venidas de los dedos, dibujando el entramado de la red. Luego participó al lado de los que lavaban y aprendió a mirar como ellos controlaban cada nudo, uno por uno, con sumo cuidado. Recién entonces Joao, el que tenía los dedos gruesos,  percudidos de sal, le mostró cómo se hacía, cómo con otro hilo se reemplazaban los rotos o gastados. Día tras día, bajo un sol impiadoso o bajo la bendición de la lluvia y cada vez que los barcos pesqueros descargaban su tesoro, recién entonces, estos hombres se adormilaban en cada rombo y lo amaban, como a sus esposas, como a sus propias manos extendidas en un mar generoso. El hombre aprendió a reparar redes.