CANCELACION DE DEUDA

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Cancelación de deuda

 

 

Todavía no lo podía creer. Estaba en la acera con un papel firmado que apretaba contra su pecho, como un tesoro. Superado el miedo a hablar, que anoche no la había dejado dormir. Ya estaba hecho.  No tuvo necesidad de explicar nada.

Sola en el mundo, cruzaba la avenida sin escuchar el ruido de los autos. Una firma sobre varios años de sufrimientos. Unos trazos ilegibles sobre lágrimas, tantas, que habrían formado, seguramente, un lago de cristal.

 

Cuando llegué a casa encontré un aviso de  remate judicial del departamento B.

—“El de Rosa, rematan el departamento de la viuda de Tito”—. Me dolió en el alma.

 

A Rosa la conozco desde siempre, o mejor dicho, ella me conoce desde que nací, porque ya vivía en el edificio antes de mi llegada. Crecí saludándola varias veces al día, por tantos días, de tantos años. Cuando nos íbamos de vacaciones le dejábamos las llaves de casa y ella se encargaba de cuidar las plantas. Mi madre, en varias oportunidades, le había pedido algo que necesitaba con urgencia, y ella siempre tan generosa, acudía con cariño y complicidad.

Como una tía lejana, pero pegada al tabique que nos unía, su casa fue mi refugio en días de broncas familiares. No tuvo hijos y nosotros fuimos para ella su familia. Mi hermana le presentó a su novio antes de traerlo para conocer a mis padres. Rosa era su confidente y consejera. Cuando estudiaba en la facultad recibí una beca y me fui del país por varios años. Mis padres me contaban de Rosa y así, por carta, me enteré, una tarde de invierno, en París, que Tito había muerto y deseé, con todo mi corazón, haber estado para acompañarla.

Busqué un teléfono gratuito, muy a pesar de las telefónicas  que usábamos los latinos para comunicarnos con nuestros hogares, y la llamé. Sentí, a la distancia, que en medio de su dolor, le alegró escucharme. Mi tía verdadera,  hermana de mi madre,  la celaba, porque veía como la abrazábamos y no entendía que estuviese en todas nuestras reuniones familiares.

 

Rosa envejeció, sus cabellos blancos acompañaron los últimos días de mi madre. Con mi vuelta y la llegada de mi novia francesa, nos veíamos menos, dejaba lugar a la nueva realidad que yo vivía. Mi trabajo me llevó a países lejanos por largo tiempo, las plantas de mi madre fueron trasladadas a su casa o a la de mi hermana, yo no las podía cuidar y algunas se fueron secando, marchitas, solitarias.

 

El día en que leí lo del remate, el sentimiento me llevó a la acción. Fue solo una manera de decirle gracias, lo hice por ella y también por mí, por no dejar morir a los malvones de soledad, por las tazas de azúcar que endulzaron mi café con leche, por los bizcochitos, por los caramelos que sacaba de sus bolsillos profundos  de payaso.

 

No hace mucho, yo también pude entender que alguien había cancelado mi deuda para siempre y no dudé.

 

ACTORES DE LA LEGUA

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

Actores de la legua

 

“Es cierto que no sé escribir,

pero escribo de mí mismo”

Juan Carlos Onetti.

 

 

Yo creía que la casa en que vivía era mi casa, hasta que un día, a los diez años, tuvimos que irnos mi mamá, papá y yo, a una pensión de Flores. Llegada a un mundo nuevo poblado de seres extraños, mujeres solitarias, hombres engominados, trabajadores, extranjeros de acentos desconocidos y costumbres sorprendentes. El inspector municipal odiaba las monedas y las tiraba arriba del techo, como años después, una mujer que conocí, juntaba latas de tomate en la terraza de su casa, tapizando sus locuras. La señora mayor que volvía por la mañana despintada, agarrada a las paredes, y hablando con su sombra. Y ellos, la familia de artistas, que viajaban por el país y llegaban con las valijas cargadas de sueños y aplausos. No recuerdo sus nombres, pero él tenía una nariz prominente, que daba risa.

Y yo era entonces un chico de grandes ojos.

 

— ¿Porqué no haces teatro?,  me dijo.

 

La miré a los ojos, dentro de ellos, había un telón de terciopelo rojo. Un camino lejano, de esos que se pierden en el horizonte, en un atardecer.

Qué bonita era, sentada frente a mí, convidándome un mate.

Se había levantado un viento frío y la tarde de verano, convertida abruptamente en otoño, nos daba un respiro, días abrumadores que presagiaban tormentas de furia eléctrica, se apaciguaban y dejaban correr los nuevos aires de reconciliación.

 

—Tenés pasta.

 

—Sí, pastalinda, le dije, y soltó una carcajada liberadora.

 

La idea está. Ella se atreve y él se suelta. Dan vueltas como perros buscándose la cola, hasta que se funden en un abrazo que abarca al mundo, no son sólo brazos, son mundos, vidas que se encuentran. Sobre la mesa, las fichas del Scrabel, formando palabras complejas, rebuscadas, con tal de poner una X o una Z, contumaz.

 

El único problema es que no somos inocentes.

No podemos jugar porque no nos permitimos decirnos en la cara lo que sentimos, ella es muy educada, y yo, un domesticado león herbívoro de pelo corto.

 

Edelmiro está delicado. Ya falta menos que antes. Recién ahora comprendo a mi abuelo, que empezaba a leer La Nación por la página de noticias fúnebres y tachaba de su agenda a algún conocido, que había salido de gira. Inclinarse frente al público, luego levantarse y sonreír, con todos los dientes, tirar besos a la Pullman, agradecer y escaparse del pueblo lo antes posible. Otra vez la ruta, la rutina de llegar, anunciar con altavoces, esperar que haya personas que puedan pagar unos pocos pesos y sentarse frente a nosotros para aplaudir. Como ahora abuelo, como ahora, tal cual.

DE NIÑOS Y VENTANAS

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

DE NIÑOS Y VENTANAS

 

Hay niños que se distraen mirando por las ventanas.

 

 

Cansado de mirar la pared, que tenía demasiado cerca de sus ojos, torció el cuello hasta el mismo límite de la sospecha, el resto lo hizo su ojo derecho. Primero reconoció el escritorio y sobre él, la hermosa talla de briosos caballos, que tanto le llamaban la atención. Pensó que corrían muy cerca del mar, dejando sus huellas en la arena húmeda, hasta que una lágrima le nubló la vista y cerró los ojos con rabia.

 

Hay alumnos que se distraen mirando por las ventanas del salón de clase.

 

Por cómo retumbaban los pasos en el largo corredor, supuso que era el profesor quien subía por la escalera. Que luego doblaría a la derecha, y casi al instante, estaría girando el picaporte del salón. En tres pasos todo habría terminado, para bien o para mal.

Dejó el cuaderno de notas  en el cajón del escritorio, luego de corregir el uno de su calificación con un prolijo siete, cuando escuchó el primer paso y antes de que resonara el segundo, alcanzó a cerrarlo y trató de llegar a la puerta. Cuando el tercer paso resonó muy cerca, se dio cuenta de que no había dónde esconderse y tembló de miedo. Imaginó la cara de su madre reclamándole, el gesto airado del profesor y en sus oídos resonó la burla de sus compañeros y la risa de todos los niños del colegio.

 

Uno de los alumnos del tercer piso vio algo extraño volando en la ventana y se levantó de un salto, ante el asombro de sus compañeros.

 

Cuando el profesor giró la perilla de la puerta del salón de clase, observó el desorden y la ventana abierta. La corriente de aire azotó la puerta, que se cerró con un estruendo no acostumbrado en una de las mejores escuelas de la ciudad.

 

Los que miraban distraídos por las ventanas vieron pasar volando, ante sus ojos, una lámpara. El grito de los alumnos del segundo, un pisapapeles de bronce labrado, el estupor de los del primero, un tintero con dos caballos tallados en madera y el golpe contra el pavimento, claro sonido seco del impacto, y papeles, como mariposas, hicieron que el profesor corriese hacia la ventana.

 

En todas las ventanas del colegio había alumnos mirando, mientras otros, que corrieron escaleras abajo eran frenados por los celadores o profesores, que llamaban a silencio y que tampoco se explicaban cómo había empezado aquel alboroto.

 

Mientras dos celadores lo arrastraban a la rectoría, gritaba — ¡Los odio, los voy a matar a todos!—. Él no pudo entender el revuelo que había armado, la sorpresa del alumnado o la inquietud del rector, ni la inmutable cara de su profesor, asomado a la ventana.

Algunos alumnos temblaban, recordando que ayer mismo se habían reído de él  por la penitencia que tuvo que cumplir, de cara a la pared, con las orejas de burro.

 

Mientras una hormiga obrera, tozudamente, cruzaba el patio con una hoja de laurel aferrada entre sus patas, como todos los días en que sabía, que llegaba la tormenta.

autorretrato

Escrito Por: Victor  :  Categoría: Cuentos

AUTORRETRATO

 

autorretratosonrie

 

VICTOR,

UN COSMOS…

 

ENCARDINADO

A ESTE CUERPO

SUJETO CON ALAMBRES

OJOS DE NIÑO

CALEIDOSCOPIO

 

RASTREADOR

DE PASO CANSINO

DE AURORAS LEJANAS

DE SUEÑOS

ROBADOS

 

BUCEADOR

IRREVERENTE

PRETENCIOSO

ENCARAMADO

AL ÁRBOL

DE LA VIDA

 

UN BRUTO DIAMANTE LOCO

QUE A VECES

 BRILLA