YO TENÍA…

Escrito Por: Victor  :  Category: Cuentos

Yo tenía…

 

(“Si viene el cinco”

 de Bernardo Jobson,

continuación atrevida).

 

Cincuenta y ocho segundos después, me quedé mudo. Mis ojos estaban abiertos pero ciegos. Sé que la gente se arremolinaba alrededor y que algo me tocaba la cabeza, hasta que alguien dijo “al suelo…al suelo” y sentí que mi cuerpo se acomodaba pesadamente a lo largo y a lo ancho. Después, dejé de escuchar las voces. En la frente, percibía el aire fresco a intervalos acompasados y mis cabellos se despeinaban. El tiempo no existía; yo creo que tampoco. Todo era frío. Me desataron el nudo de la corbata y desabrocharon los tres primeros botones de la camisa blanca, planchada con esmero por la Charo; esa mina sí que es buena, para el que no la conoce, puede darse idea que es una cabrona, pero para mí, es una “mina gamba”; tiene sus cosas, como todos tenemos lo nuestro, pero es comedida y, en más de un problema, sacó la cara.

Se hicieron cargo de mi saco, primero lo sacudieron y después lo doblaron prolijamente, dejándolo a mi lado. Alcancé a escuchar “Permiso” y “Espacio”. Pensé: aire lo que necesito es aire…un viento fresco que llene mis pulmones de vida Me colocaron sobre algo de tela verde, me imaginé que era verde, lo veía desde arriba, por sobre las cabezas de los que estaban alrededor mío, aunque yo solamente veía sombras.

 

Ahora veo en colores, pude normalizar la visión; lo que me extraña es que no puedo hablar, intento, pero nadie me escucha, porque no se dan vuelta o porque no miran hacia el lado en donde yo estoy. Tengo límites. No puedo salir de un estúpido rectángulo. Tengo límites. Lo mío, continúa siendo un pequeño rectángulo, mal habido, ahora en el Paddock desde donde apenas puedo ver. Lo único que veo, en realidad, es al cinco que llega sudado y boqueando, apurado por la fusta de Gonzalito. Veo la arena que levantan las patas delanteras, la chaquetilla de vivos colores. El rumor de los gritos ahogados y el terremoto incesante de voces, acalladas por el sorpresivo arribo a la meta de mis sueños. Pasa, delante de mis ojos, un mandil con un cinco, rojo, gigante, bordeado de lauros, de glorias futuras y lejanas. Pero nunca deja de pasar. Ahora mismo, está salpicando arena. La fusta baja y sube. Las patas, apenas se entierran, y vuelven a surgir para el próximo paso de ballet. El mismo viento. Idéntica sensación de eternidad. El galope de los caballos retumba en mi cerebro y le da marco al instante perdido en la nada. Llegó la Charo, con un clavel rojo y lo puso en mis pies. El Ronco, con el sombrero en la mano, le mostró el lugar donde dejé de gritar para siempre; creo que a ella se le cayó una lágrima, se santiguó con recogimiento; él imitó el gesto torpemente, dibujando en el aire un cuatro. Después, se fueron callados, y yo, sin poder interferir, concentré mi mirada en el cinco, que no dejaba de pasar ante mis ojos.

 

En un pequeño instante de espacio temporal, volví a sentir mi cuerpo; el corazón aceleró sus latidos y la sangre volvió a fluir por mis venas y pude abrir los ojos y mis manos me obedecieron.

 —Ya se despertó.

—Señor, señor.

—Sí, ya está bien.

Y me aferré al saco de mi traje, como un náufrago a la tabla de salvación, y busqué el vale, la trifecta, en sus bolsillos…

Aquel que lo doblara prolijito, dejándolo a mi lado, también lo había limpiado previamente, y ahora mismo, estaría viajando a Bariloche, en un Caravelle.

 

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