Amor Solitario

Escrito Por: Victor  :  Category: Cuentos

Me había casado para toda la vida. Mi manera de pensar, era el producto de una severa educación familiar y religiosa. Creía firmemente que “el amor” sería para siempre. Lo de Irene me había devastado.

 

La primera semana, extrañaba encontrarme sólo en el departamento, me di cuenta de que había vivido toda la vida acompañado y dependiendo de otros. Entonces, me permití todo lo que había dejado de hacer en años; fui al cine a ver cualquier bodrio, si tenía mucha sangre y tiros, mejor; me revelé contra las películas con contenido social o intelectual (había visto cientos de denuncias políticas; sobre la situación de los pobres de África o de Asia o dramas retorcidos, demasiados). De noche, caminé sin rumbo, tomé varios chops de cerveza helada y con maníes, sentado en los bares de la plaza de San Telmo; y me acostumbré a volver tardísimo a casa, apoyado en las paredes o arrastrando mis pies en el centenario empedrado del barrio. En todo ese tiempo, no encendí la televisión, me olvidé de los noticieros, de los canales intelectuales y aburridísimos. No me volví a sentar a ver la novela de las veintidós, como hacíamos, (para después criticarla ferozmente) porque sabía que, viendo lo mismo que yo, en otra cama, con otro amor, estaba ella.

 

Un compañero de trabajo, seguramente, al verme tan deprimido, pensó que lo mejor era que yo tuviese (como él) una aventura apasionante. Y sutilmente me dio un par de pistas, siempre con mucho respeto y dejando abiertas las puertas para cualquier inquietud, me dijo que, buscando por Internet… Despertó mi curiosidad.

 

Había encontrado la dirección, escondida sutilmente entre otras páginas de la web (aunque es ilegal, no estaban ocultas como para no poder hallarlas).

Tuve muchas dudas al principio, porque jamás había pagado… por afecto, hasta esa noche, en que me sentí tan asqueado de mi mismo. La excusa perfecta era un poco de compañía, algo nuevo en mi vida, ya no quería compromisos a plazos fijos, volver a la vieja rutina de dar para que me den y después el reproche: que por poco o por mucho, que la sofocaba, que la dejaba sola, que me hacía el duro o quince minutos después que era muy blando, que no la tenía en cuenta, que la subestimaba. Y la misma cantinela y las mismas discusiones y el mismo dolor de estómago, la úlcera, que crece en el silencio y entre los labios mordidos por no pelear, por no mandar todo al carajo, por creer que es algo pasajero.

Después de una noche durísima, donde la soledad me atravesaba el alma como un puñal, hastiado, decidí darme otra oportunidad.

 

—¿Por qué no?— me dije

 

Cuando fui a buscarla, —a las diecinueve horas, no venga tarde, porque tengo muchas cosas que hacer, — dijo la voz del otro lado del teléfono, estuve puntualmente.

Y allí, timorato, nervioso, como quien tiene cita con un traficante de armas o con un dealer de drogas, estaba yo: vestido con una campera de jean, pantalón verde safari y mis viejos borceguíes marrones. Pasé a un recibidor sombrío del primer piso, el olor penetrante a humedad, el calor y la poca luz ambiental, hicieron que quisiese salir corriendo. En ese lugar sórdido, la vi por primera vez en mi vida y sentí que ya nada iba a ser igual.

 

            Después de tomar contacto, de cuidar todos los detalles, la llevé a casa.

 

La primera velada que pasamos juntos, durmió acurrucada en mi cama de dos plazas, yo me porté como un caballero y no quise rozarla con mi cuerpo, con los días, fue tomando confianza y ganando lugares, dejando que la acariciara mientras comía. Una noche, soñé que se llamaba Alba, por su piel, por la certidumbre de que con ella comenzaba un nuevo amanecer. Nacida  en el Amazonas, estaba acostumbrada a la sombra y yo ayudé, poniendo en penumbras el cuarto, con las cortinas cerradas.

 

 —Por los vecinos, Alba—le dije— no quiero que sospechen nada, son personas muy metidas y van a empezar con las preguntas, esperando respuestas (incongruentes de mi parte, seguramente) y la noticia correría como un rayo en todo el edificio; hay personas estúpidas especializadas en vigilar la vida de los otros— Creí entender en su silencio, que comprendía la situación y en su desdén, que no le importaba mucho.

 

Aunque no cruzábamos palabras, nos entendíamos a la perfección,  yo respetaba sus mutismos y ella no dejaba de observarme fijamente. Volvía a casa para verla, para estar con ella, para contarle lo que pasaba en el trabajo o cualquier otro tema que me pareciera interesante compartir. Mirábamos la televisión, sentados en el sillón verde. Yo veía todos los partidos de fútbol, que no había podido ver en años, sin problemas. Cenábamos frugalmente y nos acostábamos, ahora extendidos uno al lado del otro, oliendo nuestros cuerpos, respirando el mismo aire.

 

Una noche, sentí su beso húmedo, frágil, poseyéndome para siempre.

 

…………………………………………………………………………………………………………………………….

            El tradicional diario “La Nación” de Buenos Aires analizó lo sucedido desde lo psicológico, en cambio el diario Crónica, 6ª edición, daba cuenta del hecho ocurrido en el barrio de San Telmo,  titulando (como es su costumbre) en letras rojas catástrofe: “BOA SE COME HOMBRE”.

 

 

Deje un comentario