Retazos

Escrito Por: Victor  :  Category: Cuentos

Retazos

 

Cuando fui a buscar mis medias grises, no pude encontrarlas. Mis zapatillas se las habían comido para siempre. No por mucho trasnochar, ni por poco, encontraré tu blusa girando por mi cuarto. Desde el día en que la sacaste a pasear, cambió el mundo. Yo también tengo pesadillas durante el día, pero cuando llega la noche, no puedo soñar: acostado, agotado. Me cuesta respirar, suspirar, trasnochando.

 

Se que es un juego burdo, de burdel y de bordelesas lisas, acurrucadas en rincones a temperatura ambiente, tristemente ambientadas en las esquinas del cuarto, preparadas para saltar sobre mi.

Yo, que vivo esta vida de prestado.

 

Dicen que soy un buen tipo y que quedó mi sonrisa pegada a la cara del recuerdo. ¡Qué más se puede decir de alguien que no conocimos! Nos cuentan aquellos dichos, que me vieron partir llevando sólo dos valijas, una vacía, que aparentaba ser la de más peso y la otra, apenas con algo para ponerse sobre el alma, pequeñas caricias de otros tantos, que tuvieron la dicha de abrazarme. La cosa es que partí y aquellos que me estaban velando, a esa hora, con las velas encendidas, pudieron iluminarse apenas, unos metros de sombras, nada más. Aunque yo quiera volver, estoy dando vueltas alrededor del trompo de mi calesita. ¿Cuándo sacaré la sortija del derecho a poder bajarme? Cambian la música, giran las luces y el color de las lámparas, por un rato, estoy en el viejo auto de lata azul y otro, agarrado del león de melena o en el asiento lateral de las alas del avión. Sigo esperando que suceda, que algún día haya un corte de luz o tenga la valentía de tirarme del caballo.

 

Mañana, debo recordar levantarme muy temprano. Con tantos mandatos y obligaciones tengo el día perdido, mejor, lo suspendo hasta pasado mañana o hasta ayer (si fuera posible) y sigo lo más campante, acampando a la vera del camino. ¿De-veras? De vereda a vereda, de acera a acera, a cero, a nada, ah… ¡mañas!

 

No había terminado de acomodar lo poco que necesitaba llevar en la valija, cuando comenzaron mis dudas. Primero fueron los calzoncillos…¿serían suficientes?…pero, para responder ésta simple pregunta, debería saber cuantos días iba a estar internado lejos de casa o si podría, eventualmente, lavar o que me laven la ropa. Todo aquello, que al principio se presentaba sencillo, comenzó a complicarse y, como las fichas de un dominó, en hilera, se derrumbaban unas tras otras, siguiendo un orden inevitable y, tal vez, presumible. Todo sucedía según un libreto preestablecido, no por mí, que abría grande los ojos, admirado ante una tontería tan insignificante. Luego, cuando al pie izquierdo lo pasó, a paso cansino, al pie derecho y éste, a la puerta de calle, cerrando con destreza sus trabas, entendí que no podía volver nunca más. Temí convertirme en una estatua de sal y tomé la decisión trascendental y necesaria. Doblé a la izquierda, pensando que lo mejor era ir por la derecha y seguí a tantos cientos que apuraban sus pasos escapándose del centro, como yo. Literalmente, estaba huyendo. Pero ¿de qué? Es posible que me esté perdiendo lo más importante de la vida. Puede ser que anuncien, al fin, la real existencia comprobada del unicornio azul o que el mundo haya entrado en pánico en estos momentos y todo se precipite sobre mi cielorraso…y yo…con la televisión apagada.                                                      

 

¡Todo me cuesta muchísimo! Levanté los ojos al cielo, continuando un largo monólogo con el invisible. Mi reclamo sabe a puteada, pero mis años de educación religiosa, no lo permiten. Desde que abrí los ojos, muy temprano, una serie de contratiempos menores, obstaculizaron mis tareas, tanto, que pensé que el universo todo se había complotado en mi contra. En aquél momento me relajé, pensé que ya estaba todo jugado, porque así como se rompió la punta de mi lápiz, de tanto apretar la vida frente a una hoja blanca a rayas de cuaderno, las cosas tomaron otros rumbos y tuve que volver a empezar; acomodar otra historia.

 

Tengo un problema de ubicuidad, puede ser por la hora, por la vida misma, pero algunas de mis cosas, quedaron para siempre en un ropero de roble de tres puertas y altos espejos deteriorados, mientras otras naufragan en el placard empotrado de éste departamento, que mira al Río de la Plata. Ningún día es igual a otro, como tampoco es el mismo río, ni la misma nube, ni el mismo cielo; todo gira conmovedoramente. El problema de estos abruptos desembarcos, no es desconocer la nueva tierra, sino extrañar aquella que dejé atrás, pero que conservo en mi memoria y en mis manías. Borges, en el “Aleph” (seguro que era ése el libro) escribió una frase que recuerdo haber subrayado, porque en su momento me perforó el cerebro y, ahora que estoy escribiendo, necesito citarla, está en la margen derecha, en la anteúltima página del cuento “El hombre en el umbral” en el que habla de la edificación de la casa y recuerdo ciertamente que decía, que podía estar “edificada en el infierno o en el cielo”; busco el libro por toda la casa, lo recuerdo sobre la cómoda con unos cds de blues, al lado de la lámpara dorada y pantalla verde… en la casa que jamás volveré a recuperar, junto a otras partes de mi vida.

 

He crecido. Cuando, por las mañanas salgo de mis sueños peleando a la realidad que me reclama, temo decir algo inconveniente, no puedo hablar de lo que pienso (en estos momentos). Me envuelvo en la toalla y busco bañarme y despertar, con el agua cayendo en cascada sobre mi cabeza, mientras acomodo los sentimientos. He decretado la no violencia en mi vida, el respeto a los que comparten breves minutos de su vida conmigo, no puedo decir lo que pienso directamente en la cara de las personas, porque alguna vez los incomodaría. La educación del sistema. Las buenas costumbres. Un bozal para los impulsos destructores o el querer salir golpeando puertas o corriendo (si pudiera). Poner la mejor cara de boludo, tragar un remedio amargo envuelto en saliva, hacer ¡glup!; sacrificio. Perder la vista en nimiedades…uno no puede dormir siempre en el gallinero. Rafa, mi perro, está pidiendo agua, mirándome con esos enormes ojos negros; voy a su encuentro y le sirvo un buen vaso de agua helada (le gustan los cubitos, el helado), le acaricio la cabezota cuadrada; está contento y me contagia su alegría. Yo también muevo la cola.

 

4 Responses to “Retazos”

  1. Tichín Sobral Says:

    Qué lo parió que escribís bien!
    Espero que sigas moviendo la cola por mucho tiempo.
    Y nos sigas deleitando con tus cuentos.

  2. ELizabeth Says:

    Bueno Víctor a mi me gusta mucho como escribís, este particurlamente es visceral. Y es cierto si uno huye se pierde «la existencia comprobada del unicornio azul» un beso

  3. Victor Says:

    Me gustó mucho el de CERRADO, clara interpretación de una de las condiciones humanas, nuestro egoísmo que nos lleva a la falta de afecto.
    MUY BIEN VICTOR, seguí para adelante.
    Un abrazo. Fernando Perfetti. Editorial Santa María.

  4. Victor Says:

    Retazos. Victor: El relato es muy imponente. Te muestra en un momento de equilibrio entre el afuera y el adentro. Me parece, y te lo digo desde siempre, que esta es tu escritura, esta es la veta.
    Es bueno encontrarte otra vez.
    Robert…24-02-2009

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