Arraial do Cabo

Escrito Por: Victor  :  Category: Cuentos

Desde lo alto del morro, teníamos un balcón  natural, sobre “Praia dos Anjos”. Nos hallábamos en una antigua barraca de pescadores, bautizada por Vinicius (en una de sus poesías) como “Casa Amarela”, construida hace muchos años con viejos tablones de quebracho, con restos de barcos anclados o maderas recuperadas del mar, ahora convertido en nuestra “Pousada”. Habíamos llegado el domingo  a   Arraial do Cabo, y no conocíamos, todavía, los movimientos ni los sonidos propios del lugar, cuando  nos despertaron gritos angustiados.

Eran las seis horas quince minutos de la mañana, aunque descolocados por la luminosidad del cielo, pensábamos que era mucho más tarde. Nuestra instintiva curiosidad hizo que prestáramos mayor atención. Las exclamaciones provenían de la playa y se elevaban con claridad, voces gruesas, de hombres:

 

–Joao, pra mi, Joao, ¡amigo! Joao, Joao a mi…

 

Me calcé aceleradamente las ojotas, mientras María terminó de ponerse el corpiño de la malla, saqué la tranca de madera y abrimos presurosos la ventana.

 

Los candidatos extendían sus manos haciendo flamear los cartones amarillos que los acreditaban como operarios de carga y descarga; los ojos de todos buscaban los de Joao y las voces se alzaban reforzando el gesto; se empujaban entre ellos por trabajo, por llevar un poco de pan para sus casas. El capataz buscaba hombres esforzados y sumisos que no estuviesen a esa hora con signos de alcohol en sus cuerpos, aceptaba las tarjetas de algunos e ignoraba la de otros. Finalizada la selección, éstos lo seguían dócilmente, les abrían el portón y entraban en silencio al puerto para cargar los barcos anclados que venían en busca de sal. Los rechazados se sentaban a la sombra a esperar la llegada de algún otro caporal que quisiera contratarlos. Uno se acurrucó en la pequeña tarima que antes había ocupado Joao, y se durmió. Otros compartían un cigarrillo entre varios, o charlaban en voz queda, mirando resignados al mar, pero sin perder la esperanza.

 

Tuvimos que decodificar la escena que contemplábamos para poder entender lo que pasaba. Recordé una imagen similar, en el evangelio de Mateo, capítulo 20, que había descripto hace más de dos mil años la escena de los jornaleros, en un poblado de Judea. Allí también los desocupados permanecían en el lugar esperando ser buscados en la plaza de un pueblo para trabajar en el campo.  

 

En una ciudad como Buenos Aires, María jamás había visto obreros pidiendo a gritos que un encargado los contrate. Yo en cambio conocía la plazoleta de Caballito donde las muchachas, que se ofrecen por horas para limpieza, se reúnen deseando que lleguen las patronas a contratarlas, o en el bajo Flores, donde desocupados Bolivianos, que viven en la villa miseria, llegan hasta la avenida Cobo, al encuentro de los empleadores Coreanos que buscan operarios para sus talleres de costura. Esa misma mañana nos desayunábamos en Latinoamérica.

 

Ella dejaba atrás la seguridad de la casa paterna y sus comodidades, yo extrañaría caminar por la avenida Corrientes, perderme en las librerías de usados buscando joyas perdidas, sentarme en bares a leer, a divagar con amigos por horas…

El sol brillante de Arraial do Cabo, iluminaba el cuarto.

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